Por Carlos Pagni.
La Argentina viene de atravesar —o tal vez todavía está atravesando- una gran crisis de representación. Se trata de un gran desacuerdo, un malentendido entre la sociedad y la dirigencia política. Para la mayoría de los analistas de opinión pública, esta crisis comenzó en la segunda mitad del año 2020, muy probablemente asociada al encierro impuesto por la pandemia. Es fácil pensar que esta sensación de desazón respecto de las prestaciones de la dirigencia política y del Estado estuvo vinculada a ese gran trauma: una sociedad encerrada, expuesta a la posibilidad de la enfermedad y de la muerte. Además, esta crisis se monta sobre un largo periodo de estancamiento económico y, en su tramo más reciente, no solo inflación, sino una inflación altísima.
Podemos comparar esta situación con crisis anteriores en el país. Hubo una crisis de representación de dimensiones similares en 2001, asociada a un periodo no solo de estancamiento, sino de larga recesión que abarcó desde 1998 hasta 2003. A partir de entonces, comenzó un proceso de recuperación que coincidió con la llegada de Néstor Kirchner al poder y la aparición de un nuevo liderazgo. Kirchner emergió de un proceso electoral muy endeble, en una situación extraordinariamente frágil: llegó al poder con apenas el 22% de los votos. A pesar de contar con un importante elenco de gobernadores e intendentes peronistas en el conurbano, aún no era el líder de esa formación; en ese momento, ese rol correspondía a Duhalde. Es importante recordar que muchos de esos dirigentes peronistas habían apoyado a Menem en la primera vuelta electoral, no a Kirchner. En este contexto de gran crisis económica, marcado además por un profundo distanciamiento entre la sociedad y su dirigencia, surge un presidente débil cuyo mandato coincide con el inicio de un periodo de recuperación. A partir de allí, se consolida un nuevo liderazgo y un nuevo ciclo de poder alrededor de Néstor Kirchner.
¿Lo que estamos viviendo hoy tiene similitudes con aquello? Las comparaciones históricas entusiasman por sus semejanzas, pero pronto surgen las diferencias. Las comparaciones, en general, sirven más para identificar diferencias que repeticiones. Sin embargo, es válido preguntarse si el liderazgo de Javier Milei está insinuando —y esta es la pregunta clave hacia el próximo año con las elecciones— la aparición de un nuevo ciclo político. ¿Se está constituyendo un nuevo centro de poder alrededor de Milei después de un largo periodo de descomposición política, desazón y deterioro de la vida material, marcado por la alta inflación?
Recordemos que diciembre del año pasado tuvo un 25% de inflación mensual, y todo 2023 cerró con un 214% de inflación. Para analizar esta cuestión, el Índice de Confianza en el Gobierno es un número clave. Este dato, publicado por la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella, muestra una recuperación en la medición más reciente. El mes pasado ya había dado positivo. Hoy muestra una variación de 9,86%. Este índice, que mide de 0 a 5, se ubicó en 2,66, por encima de la mitad, con una mejora significativa respecto al mes anterior.
Al comparar, vemos que el promedio del mandato de Néstor Kirchner fue de 2,49. Para Cristina Kirchner, el promedio de su primer mandato fue de 1,71, por debajo del de su esposo. Mauricio Macri registró 2,27 en promedio, mientras que Alberto Fernández alcanzó apenas 1,69. Milei, hasta ahora, tiene un promedio de 2,52, superando el registro de Néstor Kirchner y marcando una recuperación notable, aunque en un periodo muchísimo más corto.
Otra encuesta interesante es la realizada por Mora Jozami con su consultora Casa 3, que analiza la aprobación presidencial desde enero hasta noviembre del primer año de gobierno. Comparando, vemos que Cristina Kirchner, en su segundo mandato (enero a noviembre de 2012), cayó del 64% al 47%. Macri, en su primer año, descendió del 67% al 57%. Alberto Fernández, en el año de la pandemia, bajó del 67% al 63%. En contraste, Milei es el único que sube, del 45% en enero de 2024 al 48% en noviembre de este mismo año.
Este fenómeno es extraño. Aunque Milei tiene el menor porcentaje inicial de aceptación (ninguno de los otros líderes arrancó con menos del 60%), su evolución es positiva. Mientras los demás enfrentaron caídas significativas (Cristina perdió 17 puntos y Macri, 10), Milei logró un crecimiento en su base de apoyo.
¿A qué se debe esto? Es difícil identificar una razón clara. Muy difícil. Pero si uno analiza las variables que determinan la adhesión o el rechazo de la sociedad a un gobierno —que, en última instancia, también determinan el voto—, hay muchísimos factores que influyen. Sin embargo, hay uno que, en general, explica mejor el comportamiento de la sociedad frente a un gobierno o un líder: el salario real, es decir, el poder adquisitivo. O, para ponerlo en otros términos, la relación entre los salarios nominales y la inflación.
Aquí parece estar la clave para entender el éxito de Milei, que deriva en este interrogante: ¿está surgiendo un nuevo ciclo de poder que pone fin a la crisis anterior? Habrá que seguir haciéndose esta pregunta hasta las elecciones.
La consultora Ex Quanti, que mide según datos del Indec pero con mayor frecuencia, analizó en un reciente trabajo el número de gente que trabaja en blanco pero es pobre. En el primer trimestre de 2024, el porcentaje de asalariados registrados por debajo de la línea de pobreza era del 29,2%. Ahora, ese número bajó al 26,5%. Este dato es relevante por dos razones. Primero, refleja que tener un empleo formal ya no garantiza una buena calidad de vida. Segundo, muestra una ligera mejora: la cantidad de asalariados pobres disminuye.
Otro estudio de la misma consultora pone la lupa sobre los ocupados pobres en todo el país: personas con empleo, pero cuyos ingresos no alcanzan para cubrir las necesidades básicas. Este indicador, que estaba en el 44,6%, descendió tres puntos.
Fuente: La Nación.
