La ciudad que lo vio salir de una cancha llorando, de la que se fue diciendo que la selección no era para él. Y con la decisión de dar un paso al costado.
New York City, ahí donde los defenestradores de Leo, creían haber ganado esa absurda partida. Poco tiempo después, Messi volvió a ponerse la 10 de la selección.
Al ser consultado sobre qué lo había hecho regresar, dijo : “la vida no es solo ganar, hay obstáculos y hay que pelearla. Hay muchos pibes que me miran, y me gusta que puedan ver que quiero seguir intentando.”
Desde su lenguaje poco florido, pero genuino, de cierta manera mostró un gesto de conciencia en su legado.
Sabe que lo miran, que inspira, que emociona.
Eso es muy difícil de manejar. Muchas veces somos presos de nuestras propias emociones, imaginen lo difícil de llevar adelante el hecho de comprender las emociones de los demás.
Algo relacionado con esto, me preguntaba ayer, en ocasión del partido amistoso entre Argentina y Jamaica, cuando Messi regresaba a New York con la camiseta de la selección.
Mucha gente, la mayoría argentina, llegó al estadio desde distintos rincones de Estados Unidos. La posibilidad de ver a Messi en vivo era tentadora. Siempre moviliza. Sobre todo si vivís lejos y los símbolos nacionales se convierten en semejante vaivén sentimental.
Aún en ese escenario, las noticias no eran alentadoras: estaba en duda su participación por un estado gripal.
El partido lo inició en el banco de suplentes, de todas maneras había expectativa por disfrutarlo un rato en el campo de juego. Gran parte de los habitantes de esas tribunas colmadas, estaban allí para verlo a él. Quizá era la primera vez que lo verían, tal vez haya sido la única vez que lo verán.
El momento llegó, Leo saltó a la cancha en el segundo tiempo, en medio de aplausos y murmullos entre sonrisas y ansiedad.
¿Messi realmente tiene conciencia de las emociones de los demás, o simplemente le sale, y ¿esto de jugar y emocionar espectadores es la única forma que tiene de entender el mundo?
No se realmente cual sea la respuesta. Lo cierto es que una vez más, el público que pagó la entrada para verlo, lo vio. Y se fue campante, con dos goles de Leo grabados en sus retinas, y una anécdota más para contar, sobre la bella noche en que Messi volvió a la Gran Manzana. Sin lágrimas, a puro talento, despertando una nueva ilusión.
