Por Diego Avancini, concejal de Tigre
Hoy tiene 34 años, es argentino. Tenía un trabajo, proyectos y una vida por delante. Como tantos jóvenes de su generación alguna vez creyó que estudiar, trabajar y esforzarse alcanzaba para construir un futuro.
Hasta que un día se quedó sin trabajo. La empresa en la que trabajaba cerró sus puertas y se fue del país. Buscó otra oportunidad, no la encontró fácilmente. Volvió a intentar y volvió a encontrarse con una realidad que muchos jóvenes argentinos conocen demasiado bien: trabajos que no alcanzan, oportunidades que desaparecen y un futuro que parece alejarse cada vez más.
Entonces tomó una decisión difícil de entender para quienes lo querían. Una de esas decisiones que nadie imagina que puede tomar un joven argentino de apenas 30 años.
Se fue a Ucrania; no como turista, no para conocer Europa. Se fue como voluntario para combatir en una guerra que no era la suya.
A miles de kilómetros de Argentina; lejos de su familia, de sus amigos, de todo lo que conocía. Como él, otros jóvenes argentinos también tomaron ese camino. Algunos impulsados por convicciones, otros por la búsqueda de un propósito. Otros quizás por la necesidad de encontrar un lugar donde sentirse útiles, cuando en su propio país sentían que ese lugar ya no existía.
Cada uno tendrá sus razones, cada uno tendrá su historia y no corresponde juzgarlos desde la comodidad de quienes nunca estuvimos allí. Porque detrás de cada uniforme hay una persona y detrás de cada persona hay una historia.
Hasta que llega la guerra. Y la guerra no pregunta cuántos años tenés, no pregunta qué soñabas hacer con tu vida, no pregunta de dónde venís, no pregunta qué esperabas encontrar. La guerra simplemente llega.
Ayer, ese joven fue alcanzado por un ataque de morteros rusos. Una explosión cambió su vida en segundos. Fue gravemente herido y tuvo que ser evacuado del campo de batalla.
Hoy está internado, vivo; pero perdió media pierna y parte de un pie. Ahora espera una prótesis. Tendrá que atravesar operaciones, rehabilitación, dolor, días difíciles. Tendrá que aprender nuevamente a caminar y, quizás más difícil todavía, tendrá que aprender a imaginar cómo será su vida a partir de ahora.
Porque una guerra puede terminar para un soldado cuando abandona el campo de batalla, pero las heridas de una guerra muchas veces continúan mucho después. Continúan en el cuerpo, en la memoria, en los sueños, en las noches, en las familias.
Porque detrás de cada joven que combate hay alguien que espera, alguien que mira un teléfono, alguien que aguarda una noticia, alguien que necesita escuchar dos palabras: “Está vivo”.
Y cuando esa noticia finalmente llega, puede traer alivio y, al mismo tiempo, un dolor imposible de explicar.
Porque estar vivo no significa que nada haya pasado; estar vivo significa, muchas veces, tener que empezar de nuevo.
Este joven tendrá que hacerlo. Con 34 años, con una parte de su cuerpo que ya no está, con una prótesis que algún día reemplazará aquello que perdió y con la enorme tarea de reconstruir su vida.
Pero hay algo que ninguna guerra debería poder quitarle: el futuro. Todavía tiene mucho por vivir, muchos abrazos por recibir, muchos lugares por conocer, muchas cosas por hacer y, sobre todo, tiene que volver a casa.
Quizás algún día pueda mirar hacia atrás y entender qué lo llevó hasta allí. Quizás pueda explicar por qué un joven argentino decidió cruzar el océano para pelear una guerra ajena. Quizás encuentre respuestas. Quizás no.
Pero hay una pregunta que queda flotando mucho más cerca de nosotros: ¿Qué lleva a un joven que apenas tenía 30 años, nacido en Argentina, a sentir que su futuro puede estar en una guerra a miles de kilómetros de su país?
Es una pregunta que merece ser hecha. No para juzgar, no para buscar culpables fáciles, sino para pensar.
Porque cuando un joven pierde su trabajo, cuando busca una oportunidad y no la encuentra, cuando siente que su país no puede ofrecerle un camino, algo se rompe mucho antes de que llegue a una trinchera.
Quizás como sociedad deberíamos preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente para que nuestros jóvenes quieran quedarse. Para que puedan trabajar, para que puedan progresar, para que puedan formar una familia, para que puedan construir su futuro en la tierra donde nacieron.
Porque un país no debe acostumbrarse a que sus jóvenes se vayan. Mucho menos a que tengan que irse a buscar un sentido a una guerra.
Hoy, ese joven está en un hospital. Está luchando. Y mientras espera su prótesis, hay una sola cosa que importa: Que vuelva, que vuelva a casa, que vuelva a caminar, que vuelva a abrazar a los suyos, que vuelva a tener una vida.
Porque detrás de esta historia no hay una cifra, no hay una estadística, no hay un soldado más. Hay un joven argentino de 34 años, un joven que perdió su trabajo, un joven que se fue buscando un futuro, un joven que terminó en una guerra, un joven que ayer perdió media pierna y parte de un pie, un joven que hoy pelea por volver a caminar.
Ese joven…
es mi hijo.
