El forzado acuerdo entre el PRO y la Unión Cívica Radical que comandan Mauricio Macri y Ernesto Sanz está muy lejos de formar parte de un remake de la Alianza que gobernó Fernando de la Rúa.
El forzado acuerdo entre el PRO y la Unión Cívica Radical que comandan Mauricio Macri y Ernesto Sanz está muy lejos de formar parte de un remake de la Alianza que gobernó Fernando de la Rúa.
El acuerdo entre el radicalismo y el triste Frepaso (Carlos Chacho Alvárez+ Graciela Fernández Meijide) que gerenció al país entre diciembre de 1999 y diciembre de 2001 era una sumatoria de sujetos sin identidad que alcanzaron un poder político vaciado con el fin de ponerle el broche a una situación de crisis socioeconómica espiralizada que, sin dudas, formó parte de un proceso de transición.
La Alianza fue un rejunte que jamás tuvo un plan propio, ni siquiera se planteó como una alternativa sino como una continuidad moribunda de la Convertibilidad, dentro de un esquema de apropiación de la riqueza y de los excedentes que ya no era funcional al propio establishment económico.
En cambio, el diseño liderado superficialmente por Macri forma parte de un esquema mucho más complejo y articulado que incluye una telaraña de organizaciones empresariales, políticas y mediáticas que tienen objetivos claros y apuntan, esencialmente, a transformarse en un continuador más sistematizado de la corriente neoliberal que empezó a gestarse antes del golpe de Estado de 1976.
Desde el punto de vista de la difusión, la idea de asociar el acuerdo PRO-UCR con la Alianza de Fernando de la Rúa puede servir al propósito de tratar de comparar la frágil relación que existe entre los dos partidos y sus consecuencias a la hora de gobernar políticamente al país.
Es decir, transmitir a la población la sensación de cómo podría finalizar una ruptura entre los dos socios formales y la posibilidad de que se repita un desastre socioeconómico-institucional como el del 2001-02.
Sin embargo, querer mostrar a las dos alianzas como símiles puede llevar a minimizar la verdadera guerra política que está en marcha hace ya unos años.
En otras palabras, parece correcto plantearlo como una estrategia de marketing dirigida a alertar a un sector de la población pero no se debe perder de vista la magnitud del problema real.
Hasta ahora todos los planes económicos, en distintos estadios de los procesos políticos neoliberales que integraron los últimos 40 años de la historia argentina, estuvieron encabezados por especialistas colocados de forma quirúrgica en el Ministerio de Economía por los grupos económicos. Incluso, Domingo Cavallo, polifuncionario de gobiernos democráticos y autoritarios, que ayer respaldó públicamente el proyecto nacional PRO, siempre resultó un escribano prolijo. Pero no más que eso.
Sin embargo, “Macri –como explica la economista kirchnerista Fernanda Vallejos– no llega al poder como un hombre de la política sino como una persona del riñón del poder fáctico, que se conoce como establishment.”
La prueba más fehaciente de ello es la cena que el PRO organizó con empresarios para apoyar la candidatura de Mauricio en la que, al menos de forma teórica, había que pagar $ 50 mil por cubierto para comer con su nuevo líder. Se recaudaron $ 130 millones y no faltaron ninguno de los hombres de negocios que aguardan la salida del kirchnerismo para quedarse con un pedazo de la Argentina.
Sin embargo, existen 100 señales más en el mismo sentido. Por ejemplo, las facilidades con las que se mueve en el escenario político, Convergencia Empresarial, un grupo selecto de primeros ejecutivos, de las principales compañías nacionales y multinacionales, que operan sin tapujos contra un gobierno electo democráticamente. Convergencia trabaja en la práctica para debilitar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, pero también para enseñarles al resto que su candidato es Macri.
En este contexto, el referente del Frente Renovador, Sergio Massa va a terminar declinando su candidatura (o transformándola en testimonial) o agachando la cabeza y resignándose a ocupar un lugar decorativo como postulante para gerenciar la provincia de Buenos Aires, el distrito potencialmente más conflictivo en el caso de caso de que Macri se imponga y avance con su brutal ajuste socioeconómico.
El poder económico, en definitiva, empieza a darse cuenta que no basta con colocar monigotes sino que es indispensable poner al frente del país a un empresario, un hombre que no titubee a la hora de eliminar derechos de los ciudadanos de a pie y de crear nuevos beneficios para los patrones.
No es un dato insignificante porque también se observa así que dentro del establishment, existe consenso en que Mauricio Macri es la persona ideal para representarlos. Un hipotético triunfo de Macri implicaría en los hechos que el Estado argentino, como ocurrió durante la última dictadura militar, quedaría en manos de las corporaciones, que ya han demostrado las facilidades que tiene para subordinar a la justicia. Con el Ejecutivo y el Poder Judicial en sus manos, la nueva alianza de la derecha corporativa tendrá vía libre para llevar adelante una nueva arquitectura socioeconómica que transformaría al país en una verdadera incubadora para el poder económico-financiero internacional. Las preocupaciones de algunos sectores por la inmediata devaluación , con la consiguiente evaporación del poder de compra real, que ya prometen el macrismo y todos los representantes políticos y expertos del establishment económico, será sólo una minuta de un plan integral que avanzará sobre todos los derechos políticos, económicos, cívicos-sociales constituídos. Parece excesivo, pero piense usted que el Macrismo podría llegar al poder con un bagaje de aprendizaje de cuatro décadas de historia política reciente (que incluyó una férrea dictadura y la fiesta menemista-delaruista), instituciones políticas y civiles débiles y permisivas, amparados por el voto de los ciudadanos y todo el poder de fuego de los principales grupos mediáticos del país. Este leading case argentino también podría romper el delicado equilibrio político que existe en Latinoamérica y traspolarse a otros países con el respaldo, siempre disponible, de los Estados Unidos, hambrientos por hacerse del poder en Venezuela, Ecuador y Bolivia, e interesados en terminar de deshilachar el boceto social que aún funciona en Brasil. No se trata de generar temor, sino de despertar conciencia sobre la importancia de sostener el modelo socioeconómico que históricamente sobrevive en la Argentina.
Hoy, el kirchnerismo más puro es la única alternativa política que aparece con la fortaleza necesaria para frenar una larga primavera neoliberal y sostener este sistema que, con sus fortalezas y debilidades, flamea en la Argentina. Sin embargo, en un marco donde el fin de mandato de Cristina licúa, en parte, la continuidad integral de un proyecto, tampoco alcanza con encerrarse en el caparazón de una tortuga. Resulta indispensable formar un frente (no una alianza) encabezada por el candidato K más fidedigno, que incluya a todos los grupos políticos, económicos y sociales, que serán a todas luces los principales damnificados de un hipotético gobierno corporativo encabezado por Mauricio.
