El índice volvió a superar el 3% y acumuló diez meses sin bajas. El Gobierno intentó justificar el dato con factores externos y estacionales, pero sus propias definiciones dejaron expuestas contradicciones y debilitaron su diagnóstico.
El 3,4% de inflación de marzo marcó algo más que un mal número. Confirmó que el proceso inflacionario no encontró un freno y dejó en evidencia la fragilidad del discurso oficial. El dato no solo superó las previsiones del mercado, también rompió el techo simbólico que el propio Gobierno intentó instalar en torno al 3%.
La serie resultó elocuente. Diez meses consecutivos sin descensos consolidaron una dinámica que desmintió cualquier idea de desaceleración sostenida. A pesar del ajuste, la caída del consumo y el ancla fiscal, los precios siguieron en alza.

El Gobierno buscó explicar el salto con una combinación de factores. El argumento incluyó el impacto del petróleo, el inicio de clases y las actualizaciones tarifarias. El propio ministro Luis Caputo había anticipado que el índice se ubicaría “arriba del 3%” por un “shock” vinculado a los combustibles. Esa justificación se alineó con el mensaje difundido en redes oficiales, que atribuyó parte de la suba a la guerra en Medio Oriente y a la corrección de precios relativos.
Sin embargo, los datos duros mostraron otra cosa. Los precios regulados avanzaron 5,1% y empujaron el índice, pero la inflación núcleo se ubicó en 3,2%, casi al mismo nivel que el índice general. Esa cifra dejó en claro que la inercia siguió activa más allá de los factores puntuales. No se trató solo de un shock externo.
El intento oficial por relativizar el número sumó inconsistencias. En el mismo mensaje donde se habló de impactos internacionales, se destacó una supuesta estabilidad del componente subyacente. “Esto indica que, más allá de shocks puntuales, el componente subyacente de la inflación se mantuvo estable”. Pero ese “equilibrio” se ubicó en niveles altos. La estabilidad en torno al 2,5% o 3% mensual implicó una inflación anual incompatible con cualquier esquema de normalización.
Javier Milei reforzó esa línea. En su exposición ante empresarios, buscó transmitir calma y sostuvo: “Hacia adelante va a bajar”. También afirmó: “Estamos convencidos de que hacia adelante, la inflación va a bajar” y pidió “paciencia” y “no desesperarse”. El problema no estuvo en el tono, sino en el contraste con la realidad. El Presidente insistió en una baja futura mientras los datos confirmaron una suba presente.
El punto más débil apareció en la explicación conceptual. Milei aseguró: “La política monetaria no cambió, esto no es inflación, es que pegó un salto el nivel de precios pero la inflación de largo converge a la internacional”. La frase generó ruido inmediato. Negar el carácter inflacionario de un aumento generalizado de precios expuso una contradicción básica en el diagnóstico oficial.
El Gobierno también apeló a factores políticos. Milei sostuvo: “El Congreso pasó más de 40 leyes intentando romper el equilibrio fiscal. No lo lograron”. En esa línea, vinculó las tensiones a una supuesta corrida y a una caída en la demanda de dinero. El argumento buscó desplazar responsabilidades. Sin embargo, no logró explicar por qué la inflación se mantuvo en niveles elevados durante casi un año completo.
Los números de marzo mostraron además una composición clara. Educación subió 12,1% y lideró el ranking. Transporte avanzó 4,1% por el impacto de los combustibles. Vivienda y tarifas registraron 3,7%. Alimentos trepó 3,4% y volvió a tener el mayor peso en el índice. La combinación de tarifas, servicios y bienes básicos desmintió la idea de un fenómeno aislado.
El mensaje oficial intentó destacar algunos alivios. Se mencionó una desaceleración en la canasta básica alimentaria y en la canasta total. Pero ese dato no alcanzó para compensar el cuadro general. La inflación siguió alta y generalizada, con impacto directo en el poder adquisitivo.
El trasfondo dejó un problema político para el Gobierno. La narrativa de una baja inminente perdió sustento frente a una serie que mostró persistencia. Las explicaciones apelaron a factores externos, estacionales y heredados. Pero el propio diseño del programa económico quedó bajo cuestionamiento.
Marzo no fue un mes aislado. Fue la confirmación de una tendencia. El 3,4% no solo rompió un techo: expuso un relato que ya no logró sostenerse frente a los datos.
