El jujeño llegó tarde a la práctica del sábado y el Cholo no lo puso ni de suplente ante Banfield. El jugador, furioso, se escapó de la concentración.
Ariel Ortega y Diego Simeone sumaron un nuevo capítulo a su pelea, y la relación entre el ídolo y el técnico de River ya es tan tirante que, parece, sólo habrá lugar para uno en el futuro.
En la mañana del sábado, Simeone le ordenó al jujeño que se retirara del entrenamiento porque, una vez más, Ortega había llegado tarde. El detonante habría sido el estado físico del enganche y capitán de River. Se habló de una recaída en su lucha contra el alcohol, luego desmentida por el propio Ortega, pero confirmada por otras fuentes del club. Y harto de Ortega hace rato, Simeone lo mandó a la concentración y no lo dejó terminar la práctica junto al plantel.
En la mañana de ayer, el último emblema millonario se encontró con una sorpresa: no estaba ni citado entre los 18 que jugarían como titulares o estarían sentados en el banco de suplentes. Ahí, en plena concentración del Monumental, el Burrito explotó, abandonó la concentración y eligió los medios para hacer su descargo: “Me voy de River por culpa del cuerpo técnico”, sentenció. “Se habla mucho de una nueva recaída y no fue así. Se habla mucho de Ortega y nadie dice lo que pasa del otro lado. No me voy porque quiero sino porque me tengo que ir”, expresó en América. Y remató: “Estoy cansado de que me forreen”. Sus palabras retumbaron en los hinchas y quedó claro de qué lado estaban cuando en las tribunas de la cancha de Banfield entonaron el clásico “¡Orteeega, Orteeeega!”.
El presidente del club, José María Aguilar, quiso mediar entre ambos: “Estamos contentos por el campeonato, pero éste (por el conflicto) es un momento poco feliz. Todos queremos que Ortega se quede en River, no tiene precio y haremos lo posible para retenerlo. Es un ídolo indiscutido de River, por encima de cualquier cuestión extrafutbolística”, aseguró, en un guiño a la tribuna. Presidente y jugador se reunirán en los próximos días. ¿Qué dirá Simeone? Por lo pronto, ayer, después del 3-2 a Banfield, cuando la horda de periodistas se le acercó para preguntarle por la enésima polémica con Ortega, Simeone no dijo ni mu.
La relación técnico-jugador está rota hace rato. Desde que Simeone aterrizó en Núñez, Ortega pasó de ser protagonista principal a actor secundario. Sólo hacía algunos “bolos”, y la excusa oficial era su estado físico. Pero el fútbol de River en la temporada comenzó a escasear. Y Simeone recurrió a él. Era jugar con fuego. Quemarse o resurgir.
Ortega renovó su idilio con el Monumental, fue figura clave para que River saliera campeón y el presidente le ofreció prolongar el contrato hasta 2011. Ante esta decisión de su jefe, Simeone sólo atinó a pedirle “responsabilidad” al jugador. El técnico no supo, ni pudo, sacarse de encima a un jugador que considera conflictivo, pero que a la vez tiene demasiado peso específico en las tribunas.
Si la cuerda llegara a tensarse al extremo, Aguilar tendría que decidir entre Simeone –el técnico que le devolvió algo de paz– y Ortega, el jugador símbolo que levanta a la tribuna, el último gran ídolo nacido en las entrañas del Monumental. “Aspiro a que este entredicho se pueda solucionar cuanto antes y Ortega esté en el comienzo de la pretemporada. Yo hablo mucho con Ariel”, vaticinó Aguilar, en su rol de mediador. Pero las partes no parecen querer firmar la pipa de la paz y, por las dudas, a Ortega lo sondean de otros equipos –Verón lo pidió para Estudiantes– y Simeone sabe que tiene todos los boletos para entrenar en Atlético de Madrid dentro de poco. Sólo falta decidir quién de los dos se irá primero de River.
HINCHAS Y JUGADORES FESTEJARON CON UNA CARAVANA
Los festejos por el campeonato de River se trasladaron del sur del conurbano –donde el equipo jugó contra Banfield– hasta el centro porteño. Una caravana de autos, encabezada por un ómnibus descapotado en que viajaban los jugadores comenzó en Independencia y 9 de Julio. Rodeó el Obelisco, siguió por Libertador, pasó por su intersección con Tagle –donde se encontraba la antigua cancha de madera– y terminó en el Monumental.
