“Yo ya no pertenezco a ningún ismo” dice una línea de canción de Rodolfito Páez.
Por Fab Spina
El fútbol se puede observar, se puede vivir, se puede pensar, se puede filosofar.
Es tan grande el arraigo que tiene en nuestra tierra este juego/deporte, que todos tenemos la impunidad de hablar de él, con rostro adusto y un desmedido desparpajo de profundidad, o con la liviandad más instintiva e inconsciente de la inercia.
Los equipos de Guardiola exhiben cortesía por la pelota y la belleza del juego, cuestión que en el debate de cliché argentino se vincula con una de las veredas de la gran grieta. Pero simultáneamente es un trabajador intenso y un detallista planificador táctico, ítems que en el filtro argento-futbolero se asocian a la vereda opuesta.
Ante tanta etiqueta pendular, entrado el 2021, a pesar de venir desde las entrañas de uno de los discursos, finalmente Guardiola parece caminar un escalón arriba de las disputas binarias.
En 2008, el catalán recién recibido de entrenador, con 36 años y calvicie incipiente, pero con más apariencia de jugador que de DT, tras un fugaz paso por el Barza B, se convierte en el entrenador del primer equipo. Y en ese primer trabajo al mando de un equipo de primera, arranca a lo grande: es nada menos que, el forjador del gran Barça, que para muchos fue el mejor equipo de la historia.
Poco más de una década después de ello, los equipos de Guardiola hace rato que ya no juegan como jugaba aquel Barza. No sólo cambian los nombres, cambian los sistemas, cambian las formas, cambian las velocidades.
Guardiola es un contínuo evolucionar de ideas.
A la vez, sus cambios no le impiden afianzarse en un cimiento que también lo define: el respeto por el balón.
Pep elige que sus equipos traten bien a la pelota. Que la quieran. Que se la pasen entre compañeros.
Quizá por tener en cuenta ese sentido estético, el materialismo resultadista podrá acusarlo de romántico. Guardiola, escucha las acusaciones, y pocas veces responde.
Entre las respuestas, recuerdo una: “mi equipo habla en la cancha.”
Le dijo a Mou el día del “…puto amo”
Al otro día Barcelona le ganó al Madrid la semi de Champions 2011.
Pasaron 10 años de aquello. Sus equipos siguen respondiendo en la cancha.
Y en general lo hacen de buena manera. Hace más de 10 años que no deja de cosechar títulos, es el DT de elite más ganador, por lejos, en el nuevo milenio. El más ganador, dejando claro además, que ganar no es lo único importante.
Ahí la grieta argenta pone el grito en el cielo. Pero no me daré lugar aquí para agitar las fronteras de esa discusión. Durante muchas décadas de fútbol pseudo-moderno, las “verdades” en pugna eran: ganar, o jugar bien, o jugar lindo. Sólo había lugar para elegir una de ellas, a lo sumo dos.
Guardiola es la comprobación, en el nuevo milenio, de lo absurdo de esa elección forzada. Sus equipos mostraron, y muestran, que se puede jugar bien, se puede jugar lindo, y además se puede ganar haciendo todo eso a la vez.
Hablábamos de la existencia del catálogo filosófico futbolero, que tiende a la etiqueta: Menottismo, Bilardismo, Bielsismo, en España incluso en estos momentos se habla bastante de Cholismo. Pero no existe la palabra Guardiolismo -o al menos no tiene entidad-.
Pep a lo Páez, por presente, por alcance y por el desarrollo de su contenido: no se limita a ningún ismo.
No profesa el culto de que para ganar hay que sufrir. Es un trabajador meticuloso, pero se desliga del hiper-entrenamiento como herramienta indispensable.
Sus equipos no concentran. Se juntan al mediodía, comen juntos y salen a la cancha. Así se manejaba aquel gran Barça, así se sigue manejando el City última generación.
Apela a confiar en la profesionalidad de los integrantes de sus planteles.
Y que no por ello, por ejemplo, tengan que dejar de ser youtubers, si alguno de ellos lo desea. Tal el caso de nuestro conocido Kun Agüero, gerente general de la argentinidad al palo hablando en english language.
Detalles que forman el universo en el que hoy se mueve el futbol de elite, un universo al que Josep Guardiola ha contribuido a darle forma.
Equipos ordenados, pero con margen para la creatividad. Planteles disciplinados, pero sin mano dura y con un claro perfil de cercanía con sus dirigidos.
“El día que me tenga que enojar con mis jugadores para que me entiendan, es cuando dejaré de ser entrenador”, dijo en varias oportunidades.
Observamos el pasado domingo, el cierre de la Premier League -la mejor liga del planeta fútbol- donde su Manchester City se ha consagrado campeón holgado, siendo claramente mejor que todos los demás. Pero escribimos estas líneas antes de saber si Pep podrá levantar su tercera Champions, cuya final jugará el próximo sábado.
“…para comprender a Guardiola, tenemos que aislarnos del ruido, incluso del que provoca el resultado, y aceptar que su impacto cultural, guste o no, ha sido decisivo: solo así se explica que a su paso genere una oposición tan beligerante o un amor tan incondicional. Así como los mediocres son los únicos que aspiran a la unanimidad, los genios acostumbran a acumular tantos aduladores como críticos.” Decía la revista Panenka en 2016, épocas de Guardiola hablando en alemán.
Copas ya tiene, títulos ya tiene. En la estadística posiblemente sea el de mejores números de la vertiginosa actualidad.
Pero eso en estas líneas decido ponerlo en el rincón irrelevante.
Lo relevante es la grandeza de tantos años en constante evolución. Hace 10 años estaba en la cresta de la ola. Hoy sigue surfeando la espuma de la cima.
En tiempos de futbol televisado como única opción posible, en tiempos de ceño fruncido y temores varios, lo relevante, para mí como espectador, es que este tío diseñó el equipo que jugó el futbol de más alto vuelo de la temporada, y además me hizo disfrutar al mirarlo.
