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Las puertas giratorias del PJ
Opinion

Seguidores del kirchnerismo a los que no se les llegó a avisar del cambio de partitura se sorprenden e incomodan. Carlos Menem y Ramón Saadi fueron redimidos por la Casa Rosada. Dos símbolos del desprestigio político mayor, quizá los mayores símbolos, volvieron al lado bueno del universo; se acoplaron al "proyecto". No medió arrepentimiento ni revisión crítica de su actuación histórica; tampoco, comentario alguno sobre la plasticidad de los materiales. Menem guardó silencio. Saadi se permitió espolvorear algo de jactancia.

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13 mayo, 2011 157

Toda la vida, el peronismo amalgamó principios y liturgia con pragmatismo descarnado. Movimientista de alma, sus puertas siempre fueron giratorias. En un país donde, como nunca, los votos se cuentan de a uno, Menem y Saadi eran necesarios -aritmética electoral y senatorial- para que el apellido Kirchner pudiera lograr lo que el riojano más obcecado no pudo, el tercer mandato nacional continuado. De allí la hospitalidad. Pero ¿los Kirchner no habían construido su silueta progresista con el postulado de que venían a higienizar el peronismo, a renovar la política?

La campaña presidencial 2007 hacía eje en el accesorio que traía la senadora primera dama: la calidad institucional. Una y otra vez, los Kirchner se proclamaron propietarios de convicciones irreductibles que no iban a abandonar. Quizá por eso tejieron acuerdos con radicales en varias provincias (Catamarca, por ejemplo), en contra de las oxidadas ortodoxias locales de su partido y despotricaron hasta el cansancio contra los (ajenos) años 90 y ese neoliberalismo con el que Menem había "intrusado" al peronismo. Menem, nos dijeron, representaba todo lo peor. La única vez que un presidente argentino concurrió al Senado, marca de Néstor Kirchner, resultaría inolvidable, pero no porque el motivo fuese todavía más curioso que la visita misma -presenciar los juramentos de su esposa y de su hermana como senadoras nacionales-, sino porque dejó consagrada desde la primera investidura la descalificación más vulgar que se le haya hecho a Menem (un coleccionista de descalificaciones), aquella que lo tilda de mufa, teatralizada en ese acto con procacidad barrial.

Inevitablemente -perdón por el lugar común-, las vueltas de Menem y Saadi al redil nos retrotraen a Marx. No a Karl, sino a Groucho: "Estos son mis principios -bien pudo haber repetido Cristina Kirchner antes de aprobar que se operasen en Catamarca y La Rioja las redenciones-; y si no les gusta, tengo otros". Ahora bien, no es exacto decir que Menem y Saadi pasaron de execrables a excelsos en un santiamén.

"¡Mienten los medios cuando hacen de esto una noticia! ¡Mienten cuando dicen que nosotros pactamos ahora con Menem y con Saadi!", me espetó un kirchnerista ofuscado con la prensa, que es el estado natural de los kirchneristas. "¡No hubo ningún pacto!"

Tenía razón. Esto se parece poco a Yalta. Como senadores, Saadi y Menem venían colaborando con el gobierno nacional desde 2008 y 2009, respectivamente, con ausencias, abstenciones, apoyos francos y también ocasionales quiebres de su alineamiento. La novedad es que sus estrategias electorales provinciales también salieron de la cocina al gusto del gobierno nacional, lo que no fue una casualidad sino el fruto de negociaciones labradas con anticipación y esmero.

Después de Borocotó, el kirchnerismo aprendió que a las conversiones conviene hacerlas por deslizamiento y no como si se arrancara una curita, sobre todo cuando el precio del cooptado es bastante más importante que un café con leche en el despacho presidencial, y cuando no se trata de recién llegados, sino de zorros viejos.

Menem, el presidente patilludo que saltó de la revolución productiva a la tercerización del Ministerio de Economía en manos de Bunge & Born, no sólo se convirtió a sí mismo varias veces, sino que también convirtió el peso en dólar; los ex montoneros, en funcionarios burgueses; la familia Alsogaray, en abanderada de la causa, y el grueso del peronismo -los dos Kirchner incluidos-, en una mansa platea que convalidaba cada acrobacia doctrinaria del dueño de la década.

De menor estatura histórica, Ramón Saadi acredita en todo caso mayor alcurnia peronista como hijo del único político que consiguió engañar a Perón. En 1947, Vicente Leónidas Saadi hizo cumbre en la picardía política cuando logró ser catapultado al Senado por la Legislatura catamarqueña, luego de ordenarle por teléfono al gobernador Pacífico Rodríguez, imitando la voz de Perón, que apoyara únicamente "al joven Saadi". Perón se resignó ante el hecho consumado y también toleró que Saadi volviera a Catamarca para hacerse elegir gobernador, pero a los cuatro meses le intervino la provincia y lo mandó preso. El motivo central de la intervención: nepotismo. Los Saadi eran siete -una hermana de don Vicente, casualmente, es la madre de la gobernadora recién elegida, Lucía Corpacci- y toda la descendencia (sanguínea y política) tomó la costumbre de ganarse el pan en puestos del Estado. En un momento, llegaron a contabilizarse 78 miembros de la familia con cargos oficiales.

El patriarca se recuperó tantas veces como pareció vencido y, pese al decreto de Perón, Catamarca siguió siendo por décadas un feudo familiar. Con su habilidad impar, el viejo Saadi -que presidía la Comisión de Acuerdos cada vez que volvía a su banca del Congreso- conseguía ser el protagonista, prescindir de pruritos ideológicos para acercar aliados, diezmar al antisaadismo y tomar la energía de sus rivales, un know-how que más tarde hizo escuela en otras provincias: La Rioja, Santa Cruz.

Así como Menem, en 1973, cuando asumió por primera vez la gobernación, juntó en La Rioja codo con codo al conservador Vicente Solano Lima, al lopezreguista Jorge Conti, a monseñor Angelelli y a un par de comandantes montoneros, Vicente Saadi se columpiaba sin estresarse con los apoyos de Mario Firmenich y Herminio Iglesias. Su recordado debate por televisión con el canciller Dante Caputo, el de las nubes de Ubeda, sucedió cuando la izquierda peronista lo tenía por protector político y mecenas (le había puesto el diario Sur, cuyo administrador no era otro que Angel Luque, padre de uno de los condenados por el crimen de María Soledad Morales, recientemente fallecido); detrás de cámaras, asesoraba a Saadi la actual ministra de Seguridad, Nilda Garré.

En 1990, cuando Menem le intervino Catamarca al hijo Ramón debido al clima generado por la reacción social frente al asesinato de María Soledad y por las obstrucciones del saadismo a la Justicia, el patriarca ya no estaba. Había muerto en 1988, horas después de la interna presidencial que encumbró la fórmula Menem-Duhalde. Su ausencia canceló la hegemonía. La intervención federal le traspasó el poder al Frente Cívico y Social, que gobernaría por 20 años pilotado por radicales y -aunque más no fuera por una cuestión demográfica- enriquecido con ex saadistas, el biotipo político más abundante de la región. Ex saadistas, podríamos precisar, de variado saadismo residual en sangre. Por eso, a los catamarqueños no les asombró en 2007 que la infectóloga Lucía Corpacci resultara la vicegobernadora del radical Brizuela del Moral, ni que ella, una Saadi ligada a la era feudal más por sus parientes que por su propio pasado, fuera la cara peronista del híbrido oficial. Tampoco sorprendió que una vez peleada con su compañero de fórmula (el clic se produjo por las retenciones), la Presidenta la escogiera para desalojar del poder a los radicales K que se habían sacado la K, sus antiguos socios. Una virtuosa, además, de doble entrada, ya que Corpacci está emparentada con la familia regenta de su actual adscripción partidista, los Kirchner. Su marido es sobrino de "Bombón" Mercado, ex esposo de Alicia Kirchner, que es la cuñada de la Presidenta.

Ramón Saadi, quien con sutileza de último minuto puso un granito de arena para que su prima ganase (por sólo 6000 votos), pudo, por fin, purgar en un tinglado triunfal sus explicaciones del caso María Soledad. Dijo que fue un crimen pasional, algo equivalente a explicar que María Antonieta murió porque su cuello era demasiado blando, pero nadie del kirchnerismo se mosqueó. Si hubo una operación mediática -Saadi dice que el caso María Soledad fue la primera-, no hay problema. Ya llega el kirchnerismo para redistribuir la justicia y poner orden en la historia. No debe faltar mucho para nos expliquen que el ilustre senador Menem fue víctima, como tantos, de una demonización de los medios.

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