Tras un conflicto que llegó a la Justicia, el radicalismo provincial buscó ordenar su conducción, pero la disputa interna siguió activa. Con elecciones convocadas para junio, creció la presión por evitar una nueva confrontación.
La crisis interna de la Unión Cívica Radical en la provincia de Buenos Aires no encontró un punto de cierre. Luego de un enfrentamiento que escaló hasta tribunales y derivó en una conducción provisoria para evitar una intervención por mandatos vencidos, el partido mantuvo abiertas sus diferencias.
En ese escenario, sectores que hasta hace poco tiempo se ubicaban en veredas opuestas sellaron un entendimiento inesperado. El abadismo y Evolución coincidieron en adelantar la elección partidaria y fijaron el 7 de junio como fecha. La Justicia avaló esa decisión. El calendario avanzó y dejó poco margen para un acuerdo político antes del cierre de listas, previsto para el 7 de mayo.
Si no hubo consenso de último momento, el espacio que encabezó Miguel Fernández quedó en condiciones de competir en las urnas frente a una coalición integrada por dirigentes cercanos a Maximiliano Abad, junto a Pablo Domenichini, Gustavo Posse y Daniel Salvador.
Desde el sector alineado con Abad insistieron en la necesidad de evitar una nueva disputa. “Vamos a hacer todo el esfuerzo que sea necesario para lograr una lista de unidad. Los intendentes nos están pidiendo eso, no los queremos meter ahora en otra interna”, señalaron en medio de las negociaciones.
La fragmentación no solo atravesó la vida partidaria. También impactó en la dinámica legislativa. Tras la merma de representación en las elecciones de 2025, el radicalismo quedó dividido en dos bloques tanto en Diputados como en el Senado.
En la Cámara baja, una de las bancadas respondió a Abad y tuvo como referente a Diego Garciarena, acompañado por Matías Civale y Silvina Vaccarezza. En paralelo, el otro sector quedó bajo la conducción de Alejandra Lordén, junto a Valentín Miranda y Priscila Minnaard, dirigentes cercanos a Fernández.
El Senado provincial mostró una dispersión similar. Natalia Quintana, alineada con el espacio de Fernández, se incorporó a un bloque ajeno al radicalismo tradicional. Por su parte, Nerina Neumann, identificada con el abadismo, optó por conformar un monobloque propio.
La disputa interna condicionó tanto la estrategia electoral como el funcionamiento legislativo del partido, en un contexto donde la dirigencia intentó evitar un nuevo enfrentamiento. El desenlace quedó atado a la posibilidad de alcanzar una lista única, una alternativa que hasta el cierre del plazo permaneció en duda.
