El viernes por la noche, el teatro Broadway fue escenario de La Misa del Gordo Dan, un espectáculo encabezado por Daniel Parisini, alias Gordo Dan, un pediatra devenido influencer libertario. Más de 1.200 personas asistieron a este evento que, lejos de ser un simple show humorístico, parece haberse consolidado como una herramienta de propaganda del oficialismo liderado por Javier Milei.
Con un discurso que mezcla humor ácido y consignas políticas, el show plantea preguntas incómodas: ¿Es esto una nueva forma de militancia? ¿O un intento de adoctrinamiento camuflado como entretenimiento?
El teatro se llenó de militantes de La Libertad Avanza, influencers y aliados del Gobierno. Entre ellos se destacaron figuras clave como Santiago Caputo, principal consejero presidencial, y Macarena Alifraco, secretaria de Medios. También estuvieron Agustín Romo y el enigmático Juan Pablo Carreira, conocido como Juan Doe en redes sociales.
El público, compuesto en su mayoría por jóvenes, agitaba banderas libertarias y cantaba consignas mientras aguardaba la entrada de Parisini. Sin embargo, la masividad del evento contrasta con las dudas sobre su financiamiento: ¿Es La Misa del Gordo Dan realmente un fenómeno independiente o una pieza más del engranaje oficialista?
EL GORDO ES LO MÁS GRANDE QUÉ HAY pic.twitter.com/8J3j58ueL3
— Milei SheIby (@TommyShelby_30) December 15, 2024
Vestido con una camiseta de Robocop, Parisini inició el show con una entrada teatral al ritmo de una versión remixada del «himno libertario», mientras el público lo ovacionaba. A lo largo de la noche, el influencer lanzó ataques a periodistas críticos, parodió a figuras opositoras y defendió con vehemencia las políticas de Milei.
El humor, aunque efectivo para mantener al público enganchado, estuvo cargado de mensajes ideológicos. La consigna fue clara: “Esto no es un show, es una batalla cultural contra el colectivismo”.
Pasaron pocos minutos de las 22 del viernes cuando Parisini decide poner toda la carne en el asador. Interactúa con el público y transmite el audio de un oyente. La voz que se escucha es la de Romo, jefe del bloque de LLA en Buenos Aires y entusiasta promotor del “Gordo Dan”. De hecho, actuó hace años como el nexo de Parisini con Caputo en las oficinas de Bull Market, la empresa de Ramiro Marra, quien había sido el gran scouting de influencers libertarios antes de que fuera desterrado por Karina Milei.
“Ah, y el que se mueve es gay”, remata Romo. Apenas termina la frase, las cámaras enfocan al público con un paneo. Todos sobreactúan una postura rígida. No vuela una mosca en el ambiente. Parisini y sus secuaces monitorean desde el escenario las expresiones. Ante el mínimo suspiro de un joven, el “Gordo Dan” echa una mirada enfática y se exaspera. Señala con el dedo índice a ese plateista: “¡Se movió! ¡Puto, puto, puto!”». El público, enloquecido, aplaude y vitorea, reafirmando el ritual humillante que se perpetúa ante la indiferencia general.
En su afán de conectar con los jóvenes, Parisini no escatimó en ridiculizar a quienes piensan distinto, una estrategia que deja entrever la intención de polarizar más que de argumentar.
Desde su debut, La Misa del Gordo Dan se posicionó como un fenómeno comunicacional que trasciende el humor. Emitido por el canal Carajo, cercano al oficialismo, el programa se ha convertido en una plataforma para amplificar las ideas libertarias y atacar a sus detractores.
Los números son impactantes: miles de espectadores en vivo y millones de reproducciones en redes sociales. Sin embargo, el éxito mediático no disipa las dudas sobre su propósito: más que un producto cultural, parece una herramienta diseñada para movilizar y consolidar la base libertaria.
El vínculo de Parisini con figuras del círculo íntimo de Milei, como Caputo y Alifraco, refuerza las sospechas de que La Misa es parte de una estrategia oficialista financiada para mantener la narrativa libertaria en la agenda pública.
¿Entretenimiento o adoctrinamiento?
La apuesta de La Libertad Avanza por espectáculos como este plantea serios interrogantes. Bajo la fachada de un humor irreverente, el show refuerza un discurso que ridiculiza al disenso y polariza el debate público.
El uso de términos como “batalla cultural” y la exaltación de figuras del oficialismo dejan en evidencia el trasfondo político del evento. ¿Estamos ante una nueva forma de militancia digital o ante un intento de manipulación cultural?
Para muchos, lo que ocurrió en el Broadway no fue solo un espectáculo, sino un reflejo preocupante de cómo el poder utiliza el entretenimiento para adoctrinar y consolidar su hegemonía discursiva.
Al finalizar el evento, Parisini sentenció: “Esto recién comienza. La batalla cultural es nuestra y vamos a ganarla”. Una frase que refleja el tono beligerante del movimiento libertario, pero que también abre interrogantes sobre los límites entre la política y la cultura.
