A pesar del anuncio oficial del 4 de diciembre, el Ejecutivo no convocará al Congreso para debatir ningún proyecto en lo que queda del año. La falta de acuerdos, las internas del peronismo y el silencio del oficialismo alimentan el conflicto político y profundizan la parálisis legislativa
El Gobierno nacional vuelve a dinamitar los puentes con la oposición al cancelar, sin aviso formal, las sesiones extraordinarias prometidas para diciembre. La falta de acuerdos, la soberbia del oficialismo y una oposición cada vez más irritada convierten al Congreso en un campo de batalla congelado. Mientras los bloques opositores denuncian maniobras dilatorias y acusan al Gobierno de temer el debate, las internas peronistas entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof suman más leña al fuego. La rosca política se endurece y el país queda rehén de una gestión que anuncia mucho, pero ejecuta poco.
“Hasta hoy, miércoles a las 12.08, no están los acuerdos que nos indiquen un temario para tratar en sesiones extraordinarias”. Con esa declaración, el jefe de Gabinete, Guillermo Francos, dejó al descubierto ayer al mediodía lo que la oposición ya venía sospechando con creciente irritación: el Gobierno, pese a lo anunciado por su vocero presidencial, decidió no convocar al Congreso para debatir absolutamente nada en lo que resta de diciembre.
La inacción es notoria y el malestar crece. Entre el lunes y el martes, los pasillos de la Cámara de Diputados parecían desiertos. Sin debates en comisiones, sin reuniones de bloque y, sobre todo, sin señales claras del oficialismo, los legisladores optaron por quedarse en sus provincias, haciendo política local y cultivando sus territorios, mientras en el Congreso la parálisis es total.
La ausencia de comunicación por parte del oficialismo es un gesto que alimenta el enojo de los jefes de bloque. Tanto los opositores dialoguistas como los más duros se sienten ignorados. Nadie ha sido contactado para discutir el prometido proyecto de regulación de fueros. “Es todo humo”, disparó con furia un referente dialoguista, revelando el nivel de frustración que se respira en las bancas de la oposición.
Mientras el Senado se prepara para una sesión especial que definirá el destino de Edgardo Kueider —detenido en Paraguay tras intentar cruzar la frontera con USD 200 mil sin declarar—, en Diputados el panorama es desolador. La posibilidad de que el oficialismo abra el recinto parece una quimera. La falta de voluntad política es evidente y solo los más ilusos creen que algo podría moverse en febrero. El resto ya da por hecho que el regreso será en marzo.
“No tienen los votos para eliminar las PASO, que es el único proyecto que realmente les importa. ¿Para qué van a abrir el recinto? Yo no lo haría”, afirmó sin rodeos un referente peronista. Además, dentro del bloque Unión por la Patria, las tensiones son insalvables. “Hay tantas realidades como distritos”, admitió un diputado del centro del país. Mientras algunos reconocen que las PASO son una herramienta valiosa en provincias donde el peronismo es oposición, los gobernadores oficialistas prefieren evitar internas a toda costa.
La desconfianza crece. La falta de consensos y la parálisis legislativa no solo exponen al Gobierno, sino que lo muestran como un jugador temeroso que elige no arriesgarse. El “humo” sigue llenando el aire, mientras el país espera definiciones que no llegan y la rosca política se torna cada vez más espesa.
Desde el comienzo, los voceros del oficialismo confiaron ciegamente en que los gobernadores se convertirían en sus aliados para dividir a los bloques opositores. Sin embargo, esa esperanza se estrelló contra una realidad más dura de lo previsto: una reforma electoral necesita 129 votos afirmativos, y sin una porción significativa del peronismo, alcanzar esa mayoría agravada es imposible. Mientras el oficialismo hace malabares, el peronismo parece más enfocado en sus propios problemas. La interna entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof los tiene sumergidos en un debate estratégico: ¿desdoblar o unificar las elecciones bonaerenses con las nacionales?
Este escenario caótico debilita aún más las posibilidades del Gobierno. Por su parte, los sectores dialoguistas y algunos gobernadores reclaman con creciente impaciencia que se trate el Presupuesto 2025 y se amplíe el temario para incluir proyectos que llevan tiempo postergados, como Ficha Limpia o la Democratización Sindical. En un clima de frustración, ciertos diputados dejaron trascender —en un tono amenazante— que estaban evaluando no dar quórum para debatir “la agenda del Gobierno” si no se daba un gesto claro de apertura desde el oficialismo. Pero, como la convocatoria nunca pasó de los anuncios vacíos, las advertencias quedaron como meras bravuconadas.
El 4 de diciembre, Manuel Adorni, vocero presidencial, había asegurado a través de las redes sociales que el Poder Ejecutivo llamaría a sesiones extraordinarias del 5 al 27 de diciembre. Se habló de un temario que prometía mucho: limitar los fueros parlamentarios para facilitar la detención de legisladores sin condena firme, eliminar las PASO, modificar el régimen de financiamiento de los partidos políticos, aprobar una ley anti-mafia promovida por Patricia Bullrich, habilitar el juicio en ausencia y autorizar los viajes presidenciales al exterior.
Pero todo quedó en papel mojado. La sesión extraordinaria es un espejismo y el oficialismo, atrapado en su falta de votos, parece más decidido a atrincherarse que a negociar. La ausencia de un gesto real hacia los bloques opositores profundiza el vacío en el Congreso y suma más incertidumbre a una gestión que promete, pero no concreta. La rosca política se enreda, mientras el Gobierno pierde tiempo y credibilidad en un juego de anuncios que nadie se toma en serio.
