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La degradación de lo humano
Opinion

Por Ezequiel Adamovsky.

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13 mayo, 2024

Un video, de los tantos que circulan por redes, me llamó la atención. Un periodista entrevistaba gente al azar en la calle. Una chica, vendedora de una panadería porteña, declara que no le importa lo que les pase a los jubilados, si pasan o no hambre. No es su problema. “Mientras vos estés bien no te importa, individualismo puro…”, indaga el periodista, azorado. “Exacto”, responde ella con una amplia sonrisa. Dándolo por obvio, le pregunta si había votado a Milei. Adivinen la respuesta.

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Lo que me llamó la atención del intercambio no fue tanto que no le importase el padecimiento ajeno, sino la cara de orgullo con la que se plantaba en su derecho a ese egoísmo. En las redes sociales abundan ese tipo de manifestaciones de desinterés o peor, de crueldad. Por todas partes la gente que apoya este gobierno festeja cada víctima de sus políticas. Festejan cuando alguien postea que se quedó sin trabajo. Si el despedido se suicida, festejan más: “¡Un ñoqui menos, vamos!” Festejan si una conocida feminista anuncia que se va del país porque ya no aguanta las amenazas que recibe. “Andate y no vuelvas”. Festejan que no se envíe alimentos a la gente con hambre. Festejan si ven imágenes de la policía reprimiendo a quien pide comida para los comedores. “¡Muéranse, negros de mierda!”. No es que justifiquen al gobierno a pesar de los padecimientos que genera: el espectáculo de esos padecimientos les causa un placer siniestro.

La ultraderecha hoy exacerba el egoísmo violento, pero es justo decir que es también consecuencia de decisiones muy anteriores. Desde hace más de doscientos años vivimos en un experimento social inédito. Al menos en los países que llamamos “occidentales”, la ideología que dio legitimidad al capitalismo, el liberalismo, plantea que el individuo es la base de la sociedad y que el individualismo es una virtud. Si cada uno se dedica a buscar su propio beneficio de manera totalmente egoísta, sin pensar en nada más, sin mirar al prójimo, de alguna manera todos estaremos mejor. Esa es la pedagogía en la que nos educan desde hace ya dos siglos (apenas un instante en la historia de la humanidad). Vista comparativamente, es una proposición extrañísima. No hubo sociedad ni civilización anterior que se fundara en una idea semejante. Todas tuvieron códigos éticos que colocaban a la comunidad –y no al individuo– en el lugar central. Algunas dieron a los individuos más prerrogativas y libertades, otras menos, pero ninguna los colocó por encima del “nosotros”, de lo común. Estamos presenciando el experimento inédito de una sociedad que pretende fundarse sobre una ética para la que no existe, casi, otra lógica que la del beneficio individual. Si te sirve a vos está bien. ¿Lesiona al prójimo? No es mi problema. ¿Nos afecta como comunidad? ¿Comunidad? ¿Qué es eso?

Visto en perspectiva histórica, es en verdad algo muy raro. Las sociedades humanas han intentado siempre, al contrario, balancear lo individual y lo colectivo poniendo algún límite al deseo de cada uno y buscando que las personas respondan por sus acciones frente a los demás. En la Antigüedad, los griegos enseñaban las cuatro “virtudes cardinales”: la templanza, la justicia, la prudencia, la fortaleza. Salvo acaso la última, las otras tres apuntan al modo ético de relacionarse con los demás. En los países budistas se enseña a los niños el karma y la “ley de causa y efecto”: se les hace saber que todo lo que hacen produce consecuencias y que pagarán en otra vida los daños que causen a los demás. El cristianismo y otras varias religiones tienen infiernos y paraísos que castigan o premian en el más allá las conductas en el más acá. Judíos y cristianos comparten los Diez mandamientos, a los que los segundos agregaron el mandato de Jesús de amar al prójimo como a uno mismo. Nada menos. Fuera de las religiones, diversas filosofías, los socialistas, anarquistas y otras ideologías tuvieron también sus códigos morales. Para bien o para mal, los nacionalismos enseñaron que el “nosotros” nacional podía requerir, a veces, sacrificios y renunciamientos individuales. Ya sé (por favor no me lo expliquen) que las religiones, los nacionalismos y las identidades políticas de todo tipo (incluyendo el liberalismo) fueron también excusa para atrocidades de todo tipo. Estoy hablando sus códigos éticos, de lo que predican en tiempos de paz, “normales”.

Imaginar que el mero egoísmo puede ser la base de una buena sociedad es ciertamente una novedad. Si los efectos degradantes de esa prédica no se hicieron sentir con toda su fuerza de manera inmediata, es porque en estos doscientos años coexistieron con códigos morales, religiosos o laicos, que nos enseñaban a ser buenos unos con otros, a preocuparnos por los demás. Pero la fuerza de esos códigos ha ido menguando bajo la rueda del capitalismo, que avanza de manera inexorable. La lógica individualizante del mercado y de la tecnología que promueve el capital (en particular las redes sociales y la economía de plataformas), sobreestimula el yo y nos escamotea la presencia real de los demás, convertidos en avatares virtuales que pueden entrar o salir de nuestras vidas con un click. Aquel que no se pueda eliminar con un click, el prójimo real que afecta mi vida individual, se vuelve una amenaza. Piquetero, terrorista, planero, sindicalista, empleado público, feminista, desempleado, jubilado, indio, negro, zurdo, pobre con su colchón en la calle: fuera de mi camino, fuera de mi campo visual. Dejen de poner obstáculos a mi libertad. Dejen de afear mi mundo. Es hora de terminar con todos ustedes de una vez y para siempre. Que no quede ninguna figura del “nosotros”, solo una colección de yoes en competencia.

Mientras esta lógica avanza ¿Quién les está enseñando a los niños a ser buenos, solidarios, comprensivos? ¿Quién los invita a sentirse parte de algún “nosotros” afectivamente conectado? La publicidad les enseña a consumir y a distinguirse de los demás. Los empleadores los acostumbran a competir con sus compañeros para conseguir un trabajo. Los videojuegos les proponen jugar a matar todo el día. Las redes sociales los empujan a fabricar una imagen personal fantasiosa de éxito permanente y a agredir gratuitamente a los demás. Los influencers les dicen que estudiar no tiene sentido y que tienen que ganar dinero fácil (si hace falta, como decía Ramiro Marra, esquilmando a sus propios padres y abuelos). Javier Milei, presidente de la Nación, les enseña que Al Capone, mafioso, proxeneta, responsable directo del asesinato de más de 100 personas, era “un héroe” que solo deseaba ganar dinero sin que el Estado lo moleste. Su actitud “emprendedora”, su voluntad de erigir su “yo” sin ahorrarle daños a los demás, lava todos sus crímenes. Un héroe.

En medio de todo este ruido, les pregunto nuevamente: ¿Quién está enseñando a los niños a ser buenos? Lo pregunto en serio (la candidez es táctica). La escuela casi no se ocupa de eso, porque se supone que es tarea de las familias. ¿Pero qué mensajes reciben los niños en casas habitadas por adultos rotos? ¿Qué le estará enseñando a sus hijos, si los tiene, aquella vendedora de panadería orgullosa de desentenderse del prójimo?

De nuestra capacidad para plantearnos esa pregunta dependerá lo que nos depare el futuro. La coyuntura en la que estamos va a pasar. Este gobierno va a terminar. La crueldad y la degradación de lo humano que nos deja seguramente serán más difíciles de superar.

Escrito para elDiarioAr.

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