En el entorno del presidente Javier Milei insistieron en que el alineamiento geopolítico con Estados Unidos marcó el rumbo de la política exterior argentina frente a la crisis venezolana. Esa definición ordenó decisiones y silencios. La Casa Rosada redujo las declaraciones públicas para no interferir en las negociaciones que Washington puso en marcha tras la caída de Nicolás Maduro.
Según fuentes oficiales, el Ejecutivo evitó cualquier gesto que pudiera tensar el vínculo con la administración de Donald Trump. En ese marco, una figura de la mesa política libertaria negó de manera tajante versiones que circularon en las últimas horas sobre supuestas gestiones de Milei para impulsar a Edmundo González Urrutia. “Es falso”, afirmaron.
En Balcarce 50 evaluaron que la situación en Venezuela presentó un nivel de complejidad que limitó las salidas rápidas. “La estructura del régimen sigue vigente”, sostuvo una fuente presidencial. En la misma línea, descartó una convocatoria inmediata a elecciones: “llamar a elecciones sería un delirio porque no podría haber un proceso viable”.
Pese a ese diagnóstico, Milei respaldó públicamente a González Urrutia tras el operativo que terminó con la captura de Maduro. El Presidente lo reconoció como mandatario electo y remarcó que “ganó las elecciones, tiene un mandato por cumplir y es el Presidente electo”. Sin embargo, esa definición duró poco como eje central de la estrategia internacional.
Desde Washington llegó una señal clara. Trump relativizó el rol tanto de González Urrutia como de María Corina Machado para esta etapa. Sobre la dirigente opositora fue explícito: “Creo que sería muy difícil para ella ser la líder”. Luego agregó: “No cuenta con el apoyo ni el respeto del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto”.
Tras esa postura, la Casa Rosada alineó su análisis con el diagnóstico estadounidense. Funcionarios cercanos a Milei advirtieron que una designación apresurada podía derivar en un escenario de anomia política. En ese esquema, González Urrutia y Machado quedaron ubicados en un plano posterior, como actores de un diálogo futuro.
En paralelo, Trump resolvió trabajar con Delcy Rodríguez, quien asumió la presidencia tras la salida de Maduro. En la Casa Blanca se consolidó la idea de que un respaldo explícito a la oposición podía agravar la inestabilidad interna. Un informe de la CIA reforzó esa conclusión al advertir sobre el riesgo de una mayor intervención militar estadounidense.
Esa advertencia también la trasladó Marco Rubio. El secretario de Estado le señaló al presidente norteamericano que “apoyar abiertamente a la oposición complicaría la transición y agravaría el escenario interno”, según reconstruyeron fuentes oficiales.
El foco estratégico de Estados Unidos pasó por otro carril. La prioridad de Trump se concentró en garantizar el acceso al petróleo venezolano, por encima de la agenda democrática. Rubio explicó que Washington impondrá una “cuarentena” militar sobre las exportaciones de crudo como herramienta de presión sobre el nuevo liderazgo en Caracas.
En ese tablero, el Gobierno argentino optó por acompañar sin fisuras la hoja de ruta estadounidense. El silencio, la prudencia y el alineamiento total definieron la postura de Milei frente a un escenario regional que aún prometió semanas de alta tensión.