Obama ha defraudado a muchos de aquellos progresistas que vieron en él el verdadero cambio; la desigualdad ha seguido un proceso rampante durante su gobierno.
El legado del presidente Barack Obama, al que muchos añorarán en breve, sea cual sea el resultado del 8 de noviembre, ofrece un aspecto que resulta incuestionable incluso desde el bando de los republicanos. Y es mucho decir. Obama es un presidente sin escándalos. Honesto.
El tiempo pondrá las cosas en su sitio en el redactado de su testamento. Que su paso por la Casa Blanca no invite a las conspiraciones, a pesar de que lo intentaron con supuestos romances con Beyoncé, su inventada nacionalidad keniata o su presunto credo musulmán, no significa que su herencia esté limpia de polvo y paja.
Más allá de la retirada de las tropas de Irak y Afganistán, su audacia internacional ha estado marcada por sus golpes ocultos, llámense Cuba o Irak. Frente a esto, el contrapeso lo ofrecen el uso de los mortíferos drones, esos aviones no pilotados que matan como si fuera un vídeo juego y que indignan a los que los sufren, o las deportaciones de inmigrantes indocumentados.
Aunque parezca cínico, estos parecen asuntos inherentes al destino del gobernante de la nación que asume el papel de apaga fuegos en todo el mundo. Todo es discutible y opinable.
Pero en lo que pocos o ninguno se podían esperar en el 2008, cuando Obama causó furor con su invitación al cambio y su bandera del “yes we can”, si se puede, es que el gran factor crítico a su gestión, como se ha demostrado en esta larga campaña electoral, serían dos factores internos que él se propuso resolver o aminorar o, cuando menos, intentarlo.
Se asocian a dos nombres. Uno es Occupy Wall Street, que surgió contra la avaricia de las corporaciones y las finanzas, y el otro responde por Black Lives Matter, el nuevo movimiento de los derechos civiles de los afroamericanos auspiciado por la brutalidad policial contra los negros. Uno y otro tienen en un tronco común, la creciente desigualdad social, que castiga a los más desfavorecidos. Y estos son los negros, aunque haya blancos que se sientan desnortados tras haber perdido el tren del reciclaje laboral.
Con diferentes interpretaciones, la desigualdad social ha marcado las primarias y la campaña en general. Sólo así se entiende la irrupción de la revolución política del senador Bernie Sanders, que ha arrastrado a la candidata demócrata, Hillary Clinton, a posturas progresistas que ella jamás había planteado.
Incluso el republicano Donald Trump, desde el otro extremo, ha encontrado su principal eco entre esos blancos de mediana edad y carentes de estudios –los que no equivale a decir que los conservadores de toda la vida no estén con él-, por su curioso discurso anti globalización –él, que vive de lo global-, su promesa de cerrar fronteras industriales, su lucha contra la inmigración que abarata salarios y su reconversión en defensor de los trabajadores patrios.
Durante los debates de las primarias, no ya desde el bando republicano, al que se le supone la animadversión como el valor al soldado, sino desde el lado demócrata, el que recibía los mamporrazos en la pugna entre Clinton y Sanders era Barack Obama.
Occupy arrancó una tarde gris de septiembre del 2011, en concreto el día 17. Al albur de los movimientos de indignados de Grecia y España, unos pocos activistas ocuparon Zuccotti Park, muy cerca del famoso parquet bursátil de Nueva York. A pesar de cierta euforia, en aquel arranque había cuatro y el cabo, por mucho que luego se quiera magnificar la historia.
Sin embargo, la represiva actuación de la policía de la ciudad una semana después, con una detención masiva en el puente de Brooklyn y el uso desaforado del gas nervioso, provocó titulares y encendió la sensibilidad de aquellos manifestantes de los sesenta que ahora disfrutaban de una vida mesocrática en el Upper West Side de Manhattan. Recuperaron el pancartismo y la juventud.
Este movimiento encontró su argumento con una frase que se ingenió el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz. “Nadie puede negar que hay una gran división en América que separa a los muy ricos, a menudo descritos como el 1%, y el resto”, sostuvo este experto.
Stiglitz publicó un articulo en Vanity Fair, en el 2011, titulado “Del 1%, para el 1%, por el 1%”. De esta frase surgió el lema que arrasó en Occupy: “somos el 99%”. Cierto que esto sucedió antes de la reelección de Obama, pero en el 2012 él seguía siendo mucho Obama dentro del partido para atacarle.
Sin embargo, una vez que al presidente no le quedaba más destino que dejar la Casa Blanca, Sanders recogió el testigo. Obama había defraudado las expectativas de muchos de aquellos progresistas que vieron en él el verdadero camino el cambio. La desigualdad había seguido un proceso rampante durante su gobierno.
Obama recuerda en todo momento que su gestión arrancó en plena gran recesión, con los bancos, el sector inmobiliario y la industria del automóvil, tres fundamentos básicos de la economía estadounidense en el borde del colapso, y que ocho años después, el paro está en el 5%, los bancos funcionan, se venden coches como nunca, se vuelve a construir y la gasolina tiene precio del siglo XX. Su gestión se ha basado en la inversión, totalmente opuesta a los recortes europeos.
Y, a pesar de todo, su supuesta sucesora, el establishment de los Clinton, ha tenido que virar hacia la izquierda al “sentir el Bern”, la ola de renovación que ha impulsado el veterano senador. El político más abuelo ha cautivado a los adolescentes de la política.
Por si esto era poco, en el verano del 2014, la muerte a tiros del joven Michael Brown, a manos de un policía blanco, convirtió a Ferguson, la ciudad de Misuri donde sucedió, en un grito de guerra. Cuando salió elegido Obama se habló de la era post racista. Llegaba a la Casa Blanca el primer presidente negro en la historia de Estados Unidos, el país de los esclavos.
Ferguson, al que le han dado continuidad otras muchas ciudades, desnudo el lenguaje de la corrección política. Se acabó la hipocresía. La segregación continúa vigente. Cuando cierran las oficinas del área de Wall Street, los ricos tiburones de las finanzas van a sus apartamentos del Upper East de Manhattan o de las nuevas torres para millonarios del corredor de la calle 57, o se suben en el helicóptero y vuelan a sus mansiones de Long Island.
Los empleados de la limpieza o los pinches de cocina se suben al metro y pegan una cabezadita mientras hacen un largo trecho a Queesn o el Brooklyn menos literario, eso si no se van a hacer unas horas extras en otro subempleo con salario esclavitud.
Se ha demostrado que los uniformados tienen una querencia especial por los negros. Insana. Ha habido varios difuntos, tras encuentros con la policía, que han despertado comentarios elocuentes de los políticos. La expresión “si no fuera negro estaría vivo” ha salido de boca de no pocos gobernadores o alcaldes blancos.
Más o menos el mensaje de Stiglitz, el dinero se lo llevan unos pocos y pagan los pobres. La factura aún sube más si la piel es de color negro. Como la de Obama.
