Por Diego Avancini
(concejal de Tigre)
En la historia militar, hay momentos donde no solo se enfrentan ejércitos, sino también concepciones del mundo. Durante la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, el General Robert E. Lee se destacó como un brillante estratega de batallas puntuales, con una impronta defensiva y una notable capacidad para maximizar recursos escasos. En contraste, el General Ulysses S. Grant comprendió algo más profundo: que la guerra moderna ya no se definía por victorias aisladas, sino por la capacidad de sostener un esfuerzo prolongado, de desgaste, donde el factor decisivo sería la acumulación de poder material, logístico y humano; es decir, de recursos sostenidos en el tiempo.
Grant, a diferencia de sus predecesores, no se obsesionó con la perfección táctica en cada enfrentamiento. Aun cuando sufría derrotas en el campo de batalla, nunca retrocedía en términos estratégicos. Su premisa era clara: avanzar de manera constante, sostener la presión y erosionar de forma sistemática al enemigo hasta neutralizar por completo su capacidad de combate. Cada batalla, incluso las perdidas, debilitaba progresivamente al ejército confederado, que no tenía capacidad de reposición equivalente. Así, la guerra se resolvió no por una maniobra brillante final, sino por la inexorabilidad de un proceso de desgaste donde uno de los bandos, simplemente, dejó de poder sostenerse.
Ese mismo patrón, con las diferencias propias de tiempo, tecnología y contexto, puede observarse hoy en el conflicto entre Rusia y Ucrania. Bajo el liderazgo de Vladimir Putin, la estrategia rusa parece inscribirse más en la lógica de Grant que en la de Lee: una guerra larga, de desgaste, donde el objetivo no es una victoria inmediata y espectacular, sino agotar la capacidad de resistencia del enemigo y, sobre todo, de su red de apoyos. En este esquema, cada día de conflicto no es un fracaso, sino parte de una ecuación mayor donde pesan la demografía, la industria, la energía y la resiliencia política.
Si trasladamos esta lectura al plano argentino podemos comprender la dinámica de poder en juego. En nuestro país, la grieta política ha sido durante años un sistema de confrontación permanente; si se quiere, con reglas implícitas. Sin embargo, lo que hoy emerge en medio, es algo distinto: una disputa interna, descarnada, dentro de un espacio que llegó al poder con una promesa clara de ruptura con las lógicas tradicionales, con la “casta” política. Y en esa disputa, comienzan a quedar expuestas tensiones que no son meramente tácticas, sino profundamente identitarias.
Y es precisamente desde el compromiso con ese proyecto de cambio que corresponde hacer una advertencia responsable. Quienes integramos y defendemos sin especulaciones a La Libertad Avanza sabemos que la fortaleza del espacio no radica solo en su potencia electoral, como lo demostró la sociedad cuando decidió acompañar este cambio; sino en la coherencia entre sus ideas, el accionar de sus dirigentes y su práctica política. No se trata de cuestionar ni de señalar nombres propios, sino de comprender que toda dinámica de desgaste interno, toda confusión de roles o desviación de principios termina afectando al conjunto.
Porque, así como en toda estrategia de largo plazo los recursos importan, también importa la identidad. Y esa identidad, la que impulsó Javier Milei y la que millones de argentinos acompañaron en las urnas, no puede diluirse en lógicas que se parecen demasiado a aquello que vinimos a cambiar. Defender al espacio también implica cuidar su rumbo, preservar sus valores y evitar que el desgaste, en lugar de debilitar a los de enfrente, termine erosionando desde adentro aquello que la sociedad eligió fortalecer.
La historia enseña que las guerras, y por extensión, los procesos políticos, no se pierden solo por la fuerza del adversario, sino también por las propias contradicciones internas. Y cuando un proyecto mantiene claridad en sus convicciones, orden en su conducción y coherencia en su acción, el desgaste deja de ser un riesgo y se transforma en una ventaja estratégica. Pero cuando esa coherencia se resquebraja, el problema deja de estar afuera: empieza a gestarse adentro. Y en ese punto, ya no hace falta que nadie nos derrote, alcanza con seguir avanzando en la dirección equivocada. Y en política, eso siempre se paga.
