La gestión del escándalo se inició en la Casa Rosada con un libreto definido, pero se desdibujó tras la irrupción de los Menem. En el oficialismo señalan a los riojanos como responsables del desorden y advierten: “Hacen lo que quieren”.
A casi una semana del inicio de la crisis más delicada para el espacio libertario, detonada por los audios que revelan presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), en el Gobierno ya no existe una estrategia homogénea para enfrentar el escándalo. En lugar de un mensaje coordinado, distintos sectores oficialistas —muchas veces en tensión entre sí— improvisan discursos contradictorios, cambian el relato con el correr de las horas y señalan culpables en múltiples direcciones.
Mientras tanto, Javier Milei y Karina Milei continuaron con su agenda de gestión y campaña sin pronunciarse sobre el tema. Ese silencio, sumado a las disputas entre el grupo que responde al asesor Santiago Caputo y los Menem, terminó de profundizar el desconcierto interno y dejó al oficialismo sin un relato unificado.
El ala cercana a Caputo, encargada habitualmente de manejar situaciones de crisis, había definido hasta el fin de semana una estrategia basada en esperar la intervención judicial y, en paralelo, no cuestionar la autenticidad de los audios ni su contenido. “Sería inverosímil”, argumentaban el sábado.
En cambio, los Menem prefirieron sembrar dudas sobre la veracidad de las grabaciones atribuidas al titular de la ANDIS, Diego Spagnuolo. Más tarde, sostuvieron que todo era una “operación”, aunque no precisaron quiénes serían los responsables. En los primeros intercambios incluso habían sugerido afirmar que los audios eran falsos y habían sido manipulados o creados con inteligencia artificial.
Tras ese cambio de postura, Caputo continuó al frente de la parte operativa de la auditoría en la ANDIS. Ayer trascendió desde el Gobierno que planean modificar el sistema de contrataciones y trasladar el organismo a la órbita de Salud, bajo la conducción del ministro Mario Lugones, hombre cercano al consultor. Sin embargo, la conducción integral de la estrategia política y comunicacional ya no recae plenamente en sus manos.
También hubo modificaciones en los voceros. Inicialmente se había decidido que el jefe de Gabinete, Guillermo Francos, centralizara el mensaje y diera la cara en representación del Ejecutivo. Pero entre sábado y domingo se resolvió, con aval de Karina Milei, que los propios implicados —Lule Menem y, en consecuencia, Martín Menem— salieran a defenderse y a respaldar a la secretaria de la Presidencia, aunque sin apegarse a un libreto unificado. “Hacen lo que quieren”, se quejaron en un despacho oficial.
En los pasillos de la Casa Rosada, algunos funcionarios críticos de los riojanos deslizaron la expectativa de que Lule Menem renunciara. En el entorno del subsecretario de Gestión Institucional evitaron responder, mientras que cerca de Martín Menem aseguraban que estaba enfocado en su tarea legislativa, pese a los rumores que lo ubican fuera de la presidencia de la Cámara de Diputados a partir de diciembre, cuando se renueven las autoridades.
La ausencia de un liderazgo claro —conducción que se reparte, por acción u omisión, entre Javier y Karina Milei— alimentó un mosaico de versiones sobre un mismo episodio. Según las fuentes consultadas, algunos optaban por la prudencia hasta la actuación judicial, otros afirmaban que el audio era manipulado y un tercer grupo lo consideraba genuino, aunque con falsedades en su contenido. En paralelo, los dardos se dirigieron hacia figuras tan disímiles como la vicepresidenta Victoria Villarruel, la ex diputada libertaria Marcela Pagano o la oposición kirchnerista. En declaraciones públicas, los Menem hablaron de una maniobra política, sin señalar responsables concretos.
Incluso el propio mensaje gubernamental fue mutando y, en ocasiones, contradiciéndose con las mismas palabras. Francos había afirmado en su primera intervención que no ponía las manos en el fuego por nadie, mientras que Martín Menem remarcó en dos oportunidades que sí lo hacía por su tío Lule y por Karina Milei. Esa contraposición se leyó dentro y fuera del oficialismo como un enfrentamiento soterrado entre sectores, algo que ambos bandos niegan, pero que alimenta las tensiones en medio de la tormenta política.
