Vía El Destape – Durante 35 años la existencia del texto fue un secreto. Su autenticidad recién fue reconocida en 2008, después de un largo pleito. Pensamiento autónomo, antimilitarista y anticlerical de una revolucionaria, que puede leerse como un llamado a la inmoderación frente al cepo consensual.
Es sabido, aunque poco recordado, que el cadáver de Evita fue secuestrado, ultrajado y desaparecido durante 16 años, en una siniestra saga que involucró a altos oficiales del Ejército Argentino, a la orden religiosa de los paulinos y al propio Papa Pío XII, como engranajes de una operación secreta que comenzó a develarse en 1970, cuando el ex dictador Pedro Aramburu admitió que los restos se encontraban enterrados en Milán, último y fallido recurso para evitar ser ejecutado por Montoneros en Timote.
Tal vez se conozca menos, pero durante el tiempo que el cadáver de Evita estuvo sepultado en Italia, una sábana lo recubrió cual sudario cristiano. Hace poco, ese lienzo fue comprado por un desconocido en una subasta londinense, después de una serie de peripecias que lo llevaron del acervo sucesorio de Perón hasta la sede del Partido Comunista de la Argentina, en avenida Entre Ríos, lugar al que acudió el albacea de Isabel, Mario Rotundo, a mediados de los ’90 para depositar “el santo sudario de Evita” durante algunos años en custodia -tal como consigna la maestra de periodistas Stella Calloni en su libro “Mujeres de fuego”- para que el gobierno menemista no lo robara.
Si hay una inmortalidad agitada, sin duda el trágico privilegio le corresponde a Eva Perón. Morir a la edad de Cristo no concluyó el rodaje de su vida intensa. Si alguien vive a través de la memoria de los demás, siete décadas después de su partida física, podría decirse que Eva no tiene paz. Las movidas políticas, artísticas y hasta comerciales siempre la invocan en condicional del indicativo. Nunca fue. Siempre “sería” tal cosa o la otra. Montonera o serie de Natalia Oreiro. Pero nunca deja de ser algo; eso que promete la muerte a los que abandonan este mundo, a ella no le tocó en suerte. Ni por asomo.
