Tres textos firmados por Raúl Alfonsín, Presidente de la República 1983-1989; José Ignacio López, periodista, vocero presidencial durante aquellos años; y Julio César Cleto Cobos, Vicepresidente de la Nación. Imperdible Galería de Imágenes con personajes de la época participando en los comicios, entre ellos Jorge Videla y Martínez de Hoz depositando el voto en la urna.
Publicado en Diario Perfil.
El 30 de octubre de 1983, el radical Raúl Alfonsín se impuso por más de diez puntos al peronista Italo Luder en las elecciones que marcaron el fin de la dictadura militar y el inicio de una democracia que está por cumplir 25 años. Testimonios de los principales protagonistas de aquellos comicios, encabezados por Alfonsín, acompañados de las opiniones de figuras actuales de la política como el vicepresidente Julio Cobos. Aquella histórica victoria representó también la primera caída del Justicialismo en comicios libres y sin proscripciones.
UN SISTEMA CONSOLIDADO, PERO CON SUEÑOS INCONCLUSOS
A 25 años de nuestra democracia, una especie de conjuro inicial para muchos gobiernos de facto de la región, el camino aún está por hacerse “y se hace al andar”, parafraseando a Machado.
América latina es, formalmente, democrática.
En otros términos, se ha logrado afianzar la República, a través de la división de poderes, las elecciones periódicas y el Estado de Derecho.
Han desaparecido los riesgos de golpes militares, aunque han surgido otros, como el narcotráfico, “con sus secuelas de poder paralelo, violencia, corrupción y destrucción de la economía formal”.
También resulta evidente la disminución de la capacidad de decisión autónoma y el debilitamiento de los partidos políticos.
De ahí que “un primer desafío de la democracia latinoamericana es encontrar soluciones políticas a sus problemas políticos.”
Hay que buscar nuevas maneras de canalizar la participación, y la construcción de acuerdos políticos, en el marco de una situación caracterizada por una creciente “globalización de las influencias” y una “transnacionalización de los problemas”.
Asimismo, América latina debería encarar si es posible en común la tarea de desarrollar la capacidad de decidir su propio destino.
¿Pero cómo adquirir la fortaleza necesaria?
En cada uno de nuestros países es necesario concretar una auténtica cohesión nacional.
Para lograrlo, es imprescindible plasmar, en una convocatoria a la convergencia política, social y económica, un programa esencialmente transformador y emancipador, que supere los esquemas cerrados de quienes persisten en analizar la situación presente, desde enfoques dogmáticos anclados en la dependencia, y evitar al mismo tiempo caer en un nacionalismo nostálgico, reaccionario o anacrónico.
Un segundo desafío es encontrar soluciones a la desigualdad, la pobreza y la exclusión.
Prevalece en el mundo el neoliberalismo.
Las conquistas sociales que permitieron dignificar el trabajo humano y otorgaron a los ciudadanos la posibilidad de vivir de su tarea y, a la vez, sentirse miembros de un proyecto nacional con un futuro previsible, han sido en gran parte avasalladas.
Bajo la consigna de “un Estado mínimo”, que fue presentado en sociedad como un ejemplo de eficiencia, antiburocratismo y progreso, el fundamentalismo economicista eliminó de un plumazo aquellos derechos y dejó inermes a millones de personas que sólo aspiraban a vivir con dignidad. El bien común, como valor intrínseco de la democracia, fue abatido por un dios pagano llamado “mercado salvaje”.
Enflaquecido por el neoliberalismo, el Estado ha quedado a merced de poderes fácticos que le imponen sus condiciones sectoriales y que terminan devorándolo.
Si antes era un Estado obeso, ahora es un Estado endeble.
El fundamento ideológico del neoliberalismo es que éste es un paso necesario para alcanzar el crecimiento económico y finalmente el bienestar general. Como si se tratara de leyes económicas naturales, inamovibles, que no se pueden modificar.
Pero someter el presente o el futuro previsible a fines tan distantes como improbables conduce inevitablemente a formas crueles de sacrificio humano.
Una sociedad está constituida por eslabones de solidaridad, integración, creatividad, pluralismo, conocimiento y otros valores que no pueden ser vulnerados sin correr el grave riesgo de la desintegración social, que no es otra cosa que la pérdida de pertenencia a una sociedad, a su cultura, y a su propio tiempo.
Los argentinos festejamos 25 años de democracia, pero también de sueños inconclusos, de insuficiente solidaridad y de inexistente consenso.
Por Raúl Alfonsin, Presidente de la República (1983-1989).
DISTINTO BASTÓN, LA MISMA PRÉDICA
Tiene un bastón entre sus manos, más temblorosas. También lo tenía, lo tuvo, en sus manos firmes y tan limpias como ahora por más de un lustro después de aquel histórico último domingo de octubre del inolvidable 1983.
Distinto bastón, la misma prédica: el dirigente debe “orientar y abrir caminos, generar consensos, convocar al emprendimiento colectivo, sumar inteligencias y voluntades, asumir con responsabilidad la carga de las decisiones”.
El bastón de ahora debe usarlo para sostenerse, para incorporarse. El otro, el presidencial, el de las grandes ceremonias, ¡cuántas veces, cuántas noches de tensión y vigilia, lo vi en sus manos mientras cavilaba, mientras me confiaba su silencio, su ir y venir por la casona de Olivos, o por el despacho de los presidentes! Tomaba el bastón, lo blandía a veces; jugueteaba otras. Preludio de una decisión, en ocasiones.
Distinto bastón, la misma prédica. Expresión y síntesis, si puede haberla, de mi emoción el primer día de este mes cuando vi y escuché a Raúl Alfonsín en el Salón de los Bustos de la Casa Rosada.
Un cuarto de siglo atrás, otro octubre, él llevaba meses de prédica recitando el Preámbulo en una inolvidable campaña y a mí me esperaba una gran sorpresa sino la mayor de la vida. Con más de veinte años en el periodismo iniciado y desplegado en La Nación por casi quince, escribía los comentarios políticos de la agencia DyN, secundaba a Magdalena Ruiz Guiñazú en radio Continental, tenía a cargo el Panorama Religioso y colaboraba en Clarín y participaba del noticiero de cierre de Canal 13.
Año de ilusión creciente, de entusiasmos desbordantes. Un largo y trágico período de muerte y desolación, la dictadura, en el que había desembocado el desvarío de la dirigencia argentina, agigantaba esa primavera que estallaría en la fiesta del 30 de octubre. ¡La alegría de la libertad, de votar!
Cuatro días después asomó la noticia inesperada: “Están pensando llamarte para que seas el vocero del presidente”.
Sorpresa mayúscula: no tenía con Alfonsín ninguna relación especial que no fuera la de un columnista político, ni tampoco él me había hecho jamás insinuación alguna que me precaviera.
Pronto se cumplirán 25 años de aquel 10 de noviembre cuando David Ratto, mucho más que el creador del RA, del saludo de Alfonsín y de la inolvidable campaña, me acompañó hasta la quinta de Alfredo Odorisio, en Boulogne, de la que salí estrenando mi función.
Aquella fecha, la de aquel primer asado en la quinta de Boulogne, ya figuraba en nuestro calendario familiar: en la madrugada del 10 de noviembre de 1976 una bomba había destruido parte de mi casa en José Mármol, y gracias a Dios, mi madre y mis cinco hijos que allí estaban salieron indemnes (con mi esposa, Lita, viajaba esa noche a Roma enviado por La Opinión).
Las biografías de muchos argentinos, la mayoría, están cruzadas también por la violencia, el dolor, la pérdida. Y por eso, aque-lla recuperación de la democracia nos conmovió a todos por igual y la compartimos sin diferencias en nuestras memorias.
Y esto es lo que notablemente ha cambiado en este cuarto de siglo: “No hubo ni habrá aquí más presidentes de facto”, dijo Alfonsín en el Salón de los Bustos hace menos de un mes.
Impulsado por este recuerdo que me enorgullece permítanme que por un momento retome mi rol de portavoz y diga con el presidente Alfonsín: “Tenemos una democracia real, tangible, pero coja e incompleta y, por lo tanto, insatisfactoria: es una democracia que no ha cumplido aún con algunos de sus principios fundamentales, que no ha construido aún un piso sólido que albergue e incluya a los desamparados y excluidos… La intolerancia, la violencia, el maniqueísmo, la compartimentación de la sociedad, la indisponibilidad para el diálogo, la negociación, el acuerdo o el compromiso han sido maneras de ser y de pensar que echaron raíces a lo largo de generaciones en nuestra historia y constituyen todavía hoy, una de las principales rémoras y déficits con las que carga nuestra democracia”.
Por José Ignacio López. Periodista, vocero presidencial durante el gobierno de Raúl Alfonsín.
EL VALOR DE LA DEMOCRACIA
Los valores democráticos, la templanza, la fuerza moral de Raúl Alfonsín fueron, son y serán verdaderos ejemplos y virtudes guías para todos los argentinos.
Recuerdo aquel momento con gran emoción. Tenía 28 años y era la primera vez que participaba en una elección. Con grandes expectativas, junto a mi esposa Cristina y mi hijo recién nacido Agustín, fuimos a escuchar las palabras del entonces candidato, Raúl Alfonsín, que realizaba un acto en Sarmiento y San Martín, en Mendoza.
El día de la elección fue una mezcla de sensaciones, seguimos todo lo que sucedía en la casa de mis padres. Veníamos de un proceso militar que había cometido atrocidades y de vivir una guerra lamentable; sabíamos que estábamos frente a una oportunidad histórica. Y creo que la gente no se equivocó en la elección y gracias a ese acierto hoy debemos, en gran parte, a Raúl Alfonsín estos 25 años de consolidación democrática.
Una vez en el gobierno, reconstruir y fortalecer la democracia fue la ardua labor encarada por el presidente, llevada a cabo con firmeza cívica, con paciencia yrigoyeniana y con la fortaleza propia de un hombre que entrega todo por su patria. Durante su gestión no escasearon los problemas: crisis financiera, paros generales y el poder omnipresente de sectores militares fueron duros escollos a sortear.
Debió enfrentar la incomprensión de grupos corporativos, que priorizaron intereses sectoriales y mezquinos por sobre los intereses republicanos. Alfonsín, en una muestra única de coraje y deber cívico, defendió la memoria y castigó las violaciones a los derechos humanos impulsando un proceso judicial a las Juntas. Y esta valiente acción la llevó a cabo sin parcialidades, sin darle un color partidario ni capitalizarlo políticamente; sólo buscando la justicia que el país requería.
Esta es la gran obra de un ciudadano que supo honrar el cargo de presidente; un demócrata de fuste, leal y sincero.
El expresó unas sabias palabras hace pocos días: “La política implica diferencias, adversarios, pero no es sólo conflicto, también es construcción”. Esta es una enseñanza que debemos poner en práctica para construir un país más federal, más justo y más soberano.
Por Julio Cesar Cleto Cobos. Vicepresidente de la Nación.
Fuente: Diario Perfil
