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Dura carta de José Ottavis para contar su historia personal
Nacional

El diputado provincial, hoy en el medio de una crisis política dentro del bloque del Frente para la Victoria bonaerense, difundió una carta titulada “Los documentos de la verdad”, donde cuenta su historia personal y familiar junto a Laura Elías y su hijo. En el texto se difunden documentos judiciales y estudios médicos para sostener la versión que se difunde en su página web.

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11 marzo, 2016 0

José Ottavis atraviesa un difícil momento político en el bloque del Frente para la Victoria en la Cámara de Diputados bonaerense. Hace pocos días renunció a la presidencia de la bancada. Periodísticamente se apunto a las diferencias a la hora de encarar la discusión por el Presupuesto, al frío que existe con legisladores que responden a los intendentes, e incluso algunos aludieron a una orden directa de la ex Presidenta y de Máximo Kirchner fruto de una desacuerdo con la mediática relación que construye el referente de La Cámpora con la vedette Victoria Xipolitakis. Pero Ottavis diputado alegó que tenía problemas personales que no le permitían desarrollar la tarea con absoluta atención.

Ahora, el diputado provincial redobló la apuesta e hizo público sus problemas personales. Desde hace años los medios apuntan a la vida privada de Ottavis y difunden las múltiples denuncias realizadas por su ex esposa, Laura Elías. El legislador redobló la apuesta y en su página web, www.joseottavis.com, contó su versión de los hechos. La carta se llama “Los documentos de la verdad”, porque pone a disposición todos los expedientes judiciales, médicos, psiquiátricos, académicos, e incluso algunos archivos mediáticos, al alcance del lector. Un duro texto que permite conocer la versión de los hechos que los medios nunca quisieron difundir.

“LOS DOCUMENTOS DE LA VERDAD”

-Prólogo:

Soy diputado provincial por el Frente para la Victoria, militante político, pero sobre todo, padre.

En los últimos años se habló mucho de mi rol como marido, como padre, pero también sobre la vida de mi hijo. Mi ex mujer realizó denuncias de todo tipo, desde violencia de género hasta el secuestro de mi hijo, y los medios las multiplicaron sin pausa.

Hasta hoy, mantuve la verdad en privado, en el círculo más cercano de familia y amigos, porque eso era lo mejor para mi hijo.

Hoy mi hijo tiene 12 años y, como todo chico de su edad, está en contacto con los medios de forma cotidiana. Cada vez que su madre aparece hablando de él o de mí, revive situaciones traumáticas, sus amigos en el colegio y en el club le preguntan por todo lo que escuchan y él se pone muy mal. Como padre, no quiero que siga pasando por eso. No es justo.

Por eso, hoy decidí contar la verdad de lo que pasó en nuestra vida. Lo hablé mucho con él. Implica revelar situaciones muy dolorosas de sus primeros años, y también de mi vida personal. Pero lo hago con la misma convicción que me guió hasta hoy: es lo mejor para resguardar el interés de mi hijo.

Quiero agradecer a la justicia que pudo ver lo que pasaba y actuó para proteger a mi hijo. Quiero agradecer también a los periodistas y dirigentes de todos los partidos que me brindaron la posibilidad, en privado, de contarles la verdad y mostrarles el expediente.

Hoy pongo a disposición los documentos que forman parte de los expedientes, para que además de mi relato sobre lo que ocurrió cada uno pueda ver los hechos apoyados en documentos judiciales.

Les pido por favor a todos que después de haber leído todos los documentos se tomen un momento para pensar en cómo repercuten en un chico de 12 años las mentiras que se han dicho todos estos años. Ojalá a partir de hoy podamos dejar todo este asunto en el único lugar donde se tiene que tratar: la vida privada y la justicia de familia.

01 LA RELACIÓN

Era el año 2001. Yo tenía 21 años, estudiaba Ciencia Política y trabajaba con mi padre.

Al mismo tiempo militaba en la APDH con Canca Gullo y en una Biblioteca Popular de Martínez. Allí fue donde conocí a Laura Elías, la bibliotecaria. Fue todo muy confuso, muy rápido, muy de juventud. Apenas nos conocimos, nos fuimos a vivir juntos. Mi familia y mis amigos no estaban muy convencidos de nuestra relación, pero yo estaba demasiado desesperado por formar una familia como para escuchar las advertencias de nadie.

Tanto así, que el 17 de octubre de ese año nos casamos en la parroquia de La Cava, con el padre Aníbal Filipini.

Ella tenía ocho años más que yo. Era una mujer que se mostraba inteligente. Licenciada en Letras con Orientación en Lenguas y Literaturas Clásicas; discípula de Beatriz Sarlo, Daniel Link y David Viñas, entre otros. Me contaba historias de su militancia en el MST, junto a Vilma Ripoll y Juan Carlos Giordano; y anécdotas de su rol fundamental sobre Hebe de Bonafini.

De a poco algunas cosas, pequeñas señales, empezaron a no cerrar con la imagen que ella me había relatado de sí misma.

También se empezó a mostrar terriblemente obsesiva con algunos temas, y a veces tomaba decisiones que iban en contra de su propio bienestar, como si quisiera hacerse daño.

Poco a poco, esas señales se fueron haciendo más claras. Una vez apareció en el departamento de la calle Directorio con su cabeza completamente rapada. Contó que la habían secuestrado junto con mi hijo, y que la habían pelado a modo de advertencia, por su importante rol político.

No hubo ningún indicio de que una cosa así hubiera sucedido en realidad.
Así y todo, me convencí de que ella estuviera pasando solamente por un mal momento. Yo estaba tan desesperado por conformar mi propia familia, que incluso llegué a alejarme de la mía.

Al poco tiempo Laura quedó embarazada. Sufrió una diabetes estacional de embarazo que la obligó a quedarse en casa mientras yo salía todo el día a trabajar. Como es de esperarse, nada de esto ayudó a su situación emocional. Sus ocasionales mentiras comenzaron a dar lugar a una agresividad latente que se hacía cada vez más fuerte.

Ni siquiera el nacimiento de nuestro hijo supuso una tregua. Intentábamos construir nuestra familia, le imaginamos un futuro. Pero sus episodios de agresión se hicieron cada vez más habituales y más intensos. Esas señales de violencia, que hasta entonces habían estado dirigidas casi siempre hacia ella misma, se extendieron hacia mí. A veces golpeaba su propia cabeza contra las paredes hasta sangrar, revoleaba cosas, me tiraba golpes...

Me obligó a que nos mudáramos varias veces, con el argumento de que era perseguida por su importante rol político: de Once a San Miguel, de San Miguel a Palermo. De Palermo nos volvimos a mudar a Caballito, para luego ir a Mármol, y finalmente terminar en Villa Adelina, su casa familiar.

La situación era muy compleja, y yo no actué de la mejor manera. En lugar de enfrentar el problema, busqué evadirme, intentando estar cada vez más ocupado laboralmente. Mi compromiso con la militancia era total, y me dediqué casi al cien por ciento a trabajar y a viajar para la construcción política.

Cuando sentí que la relación no daba para más, le dije a Laura que quería separarme y me fui de casa. La decisión no fue fácil: era el año 2007, mi hijo tenía cuatro años. Por supuesto, seguí viéndolo todas las semanas.

02 COMIENZA LA PESADILLA

Entre el 2007 y el 2008 nos divorciamos de común acuerdo. No hubo conflictos durante todo el proceso. No hubo denuncias de ningún tipo, ni planteos parecidos a nada de lo que surgió después. Logramos un mutuo acuerdo de tenencia compartida. Mi hijo pasaría conmigo de jueves a domingo, y con ella de lunes a jueves.

Ese mismo año conocí a otra mujer. Me enamoré y al tiempo nos fuimos a vivir juntos. Mi hijo forjó con ella una relación muy especial, y de a poco comenzamos a ver todo más claro. No le hablé a Laura de mi nueva situación personal. Creo que sin darme cuenta, temía su reacción.

Lo que hizo Laura al enterarse, me demostró que mis temores estaban fundados.

Yo estaba en un encuentro con mi pareja en Carhué, Provincia de Buenos Aires, cuando recibí su llamada. Se la escuchaba muy nerviosa, y me dijo (recuerdo las palabras a la perfección): “Me voy a matar, y voy a matar a nuestro hijo.”

Fuera de mí, me comuniqué urgente con su familia, y emprendí el regreso rápidamente.

Los primeros en llegar fueron su tío y su tía, que encontraron una ambulancia estacionada en la puerta. Laura estaba intoxicada, sin conocimiento: se había tomado una sobredosis de pastillas. En otra habitación, completamente solo, se había quedado mi hijo.

Cuidé de mi hijo el mes que ella pasó en el psiquiátrico. Por aquel entonces los pacientes podían abandonar su tratamiento a voluntad. Ella escapó en medio de una situación violenta de la clínica.

03 VIOLENCIA FAMILIAR

Los siguientes dos años se sucedieron en tranquilidad. Cada uno tenía a nuestro hijo en su casa tres días y medio a la semana. Poco a poco, como sucedió siempre en esta historia, se fue develando una realidad más oscura, que nadie esperaba.

Las llamadas del colegio de Vicente López se fueron haciendo más habituales. Mi hijo tenía actitudes violentas contra compañeros, y también contra sí mismo. Los jueves que lo iba a buscar, me lo encontraba flaco, pálido, mal vestido. Y no quería volver a la casa de la madre.

Laura y mi hijo convivían con varios perros. Un día, uno de ellos atacó a mi hijo, mordiéndole la cara. La marca del ataque la tiene hasta el día de hoy.

En otra ocasión llamaron del colegio para que Laura retire a mi hijo. Al saber que venía su madre a buscarlo se puso muy nervioso; se aferró a las rejas del colegio y se puso a llorar diciendo “Con mi mamá no, que me quiere matar”.

Entonces tuve que tomar una decisión. No fue una decisión fácil. Nadie quiere alejar a un hijo de su madre. Pero era lo único que podía hacer en ese momento si quería protegerlo. Todo lo que hice y hago desde entonces, incluso escribir esto, lo hago porque nada me importa más que protegerlo.

Es la primera denuncia que se hizo en la Justicia. Laura Elias nunca hizo una denuncia judicial por violencia de género, como se dice. Todas sus denuncias fueron siempre en los medios. La denuncia judicial por violencia la hice yo, para proteger a mi hijo de esa pesadilla a la que él no quería volver.

04 EL RESCATE

Desde ese día luché por obtener la tenencia de mi hijo. Al poco tiempo, una jueza dictó una medida cautelar a nuestro favor. Mi hijo sólo podría recibir visitas de su madre, siempre y cuando estuviera presente una trabajadora social acompañantes, y sin la posibilidad de pernocte.

Mi hijo comenzó terapia y nuevos horrores salieron a la luz. De a poco en las charlas se fue revelando que él era maltratado y agredido por su madre, que como castigo lo obligaba a tomar duchas frías que podían durar horas, que le pegaba y lo amenazaba.

Enterarme de esto fue el peor momento que atravesé en mi vida. La sola idea de la violencia entrando en el ámbito de la vida de mi hijo, o en mi vida, me llenó de angustia. Y me reafirmó en mi tarea de rescate: tenía que alejarlo para siempre de esa agresividad.

Laura apeló el dictamen de la jueza, pero la Cámara, compuesta por tres jueces, confirmó que existía un peligro real para mi hijo. El defensor de menores apoyó la defensa, sumó todos los testimonios al expediente, incluyendo los informes psicológicos y los del colegio.

Bajo mi cuidado, y para mi tranquilidad, noté cómo mi hijo iba mejorando de a poco.

Mientras tanto, Laura también comenzó a luchar, a su manera. Para empezar, llamó a la psicóloga de mi hijo por teléfono y la amenazó, diciendo que conocía los nombres de sus hijas.

Finalmente se acordó, luego de extensas consultas, y con la asistencia de nuestros abogados y la intervención del Defensor de Menores, una terapia de revinculación previa a las visitas, proponiéndose a Escrabel (la Asociación Civil de Salud Mental) con ese objetivo.

Mi psicodiagnóstico reveló que yo era una persona “un tanto ansiosa y algo egocéntrica”, pero el de ella fue lapidario; “Exhibiendo un gran manto de ansiedad y violencia. Se aconseja con urgencia evaluación y tratamiento psiquiátrico y psicológico”.

En Escrabel finalmente se recomendó la suspensión de la terapia hasta tanto Laura se sujete a tratamientos psicológicos y psiquiátricos, para poder trabajar con la revinculación; algo con lo que hasta la fecha nunca cumplió.

La única forma en que puede volver a verlo, es enfrentándose a un tratamiento psiquiátrico con seriedad.

Mi hijo me pidió no ir más a Escrabel. Temía que lo obligaran a encontrarse con su madre.

05 LAS DENUNCIAS PÚBLICAS

A pesar de que durante todos estos años Laura Elías nunca había dicho nada en mi contra, cuando fui electo como diputado comenzaron sus denuncias.

Es importante que resalte algo clave: esas denuncias que ella empezó a hacer, fueron denuncias públicas, o denuncias judiciales que eran prontamente archivadas, o sobreseídas a mi favor. Lo importante no era lo que pasaba en los tribunales, sino el efecto que podían causar en los medios de comunicación que quisieran replicarlas. Principalmente La Nación, Clarín, Perfil, y los canales televisivos afines.

En septiembre de 2012, Laura, que no tenía la guardia de mi hijo y no podía verlo a no ser que demostrara estar en tratamiento, apareció en la puerta del colegio. Mi hijo intentó ir para otro lado, escapando, pero ella lo agarró del brazo. Mi chofer, encargado de recibirlo, lo ayudó a separarse. Apenas se vio libre, mi hijo corrió hacia el interior del colegio y buscó refugio entre sus maestras. Laura lo persiguió, y se enfrentó a ellas con agresividad, tanto verbal como física.

En el informe que presentó el colegio está todo perfectamente detallado: mi hijo se resistía gritando contra la madre, Laura lo agarraba de la ropa y lo zarandeaba. Al fin, Laura abandonó el colegio, dejando a mi hijo muy mal emocionalmente.

Ese mismo día, Laura presentó una denuncia policial, declarando que mi chofer la había golpeado. Su historia fue levantada, entre otros, por el diario La Nación, con un artículo publicado el 28 de septiembre del 2012.

Por supuesto, cuando la justicia pudo tomar testimonio de las maestras que habían sido testigos del hecho y las autoridades del colegio, dictaron el sobreseimiento.

Está claro que se dio cuenta de que mi tarea en la política le ofrecía una nueva forma de hacerme daño. Golpeó muchas puertas y algunas se le abrieron. Comenzó a moverse en ambientes políticos también, que la veían como una excelente oportunidad para atacar a mi espacio político.

Una de las personas con las que se vio envuelta fue la Legisladora Graciela Ocaña. Es durante este tiempo que Laura realiza una denuncia en la que asegura que la amenacé con una pintada en su casa, que decía: “Matar a una puta y a una hormiga sale nada.” (Clarín, 9 de agosto de 2012, entre otros medios). ¿Cuál es el apodo de la Legisladora, que demuestra que en la mente de Laura ocurría una confusión de términos y personajes? Hormiguita.

A partir de entonces, a cada actividad que realizaba que elevaba mi perfil político, le seguía, religiosamente, una denuncia mediática.

Y a pesar de que existe una restricción de acercamiento, y que Laura no se puede acercar a menos de 300 metros de mi hijo (para evitar que vuelva a sufrir una situación como la del colegio), ella insiste con denuncias y demandas falsas: la más reciente es una denuncia por impedimento de contacto.

Cualquiera puede entender que si mi hijo sufría todas estas situaciones con ella, si el régimen de visitas a su favor está suspendido para protegerlo, y si ella tiene una restricción de acercamiento vigente, resulta evidente que no puede haber impedimento de contacto: el contacto está impedido legalmente por la Justicia para proteger a mi hijo.

06 SIN SOLUCIÓN

Lo concreto es que hasta esta fecha, el proceso de revinculación entre mi hijo y su madre está suspendido, únicamente porque ella no realiza el tratamiento psicológico que la justicia le exige.

Hace poco menos de un año, presentó el certificado de un hospital, con una constancia de un doctor que decía que estaba en perfectas condiciones mentales. La jueza pidió al hospital que se oficiara para tener la información completa. El hospital contestó que Laura Elías nunca se había atendido allí.

De más está decir que yo daría cualquier cosa con tal de que la relación entre mi hijo y ella se recuperase. ¿Cómo estar en contra de que tenga una relación sana con su madre? Pero hasta que ella no tome la decisión de enfrentarse a su problema, mi hijo estará bajo mi cuidado exclusivo. Mi convicción surge de verlo mejor cada día.

Es difícil ser padre solo. No solo porque el día a día de mi hijo depende de mí, y de nadie más, sino porque tengo una responsabilidad política que también me quita tiempo de su lado. Tengo a mi familia que nos ayuda, él ama a su abuela y a sus tíos, y por suerte puedo darle la contención psicológica que necesita. Tenemos mucho amor. Pero todos los días me pregunto si es suficiente, porque es imposible llenar el agujero que causa en un niño no tener a su madre cerca, o peor aún, aceptar que esa madre, la figura que tiene que ser sinónimo de cuidado, le causó tanto daño y dolor. Todo lo que hago es para que mi hijo se dé cuenta de que a pesar de todo lo feo, él está rodeado de gente que lo ama, y que quiere verlo crecer feliz.

Y como ya suficiente ha sufrido a lo largo de su breve vida, y cada uno de sus dolores repercute en mí cien veces, lo que más espero es que el resto del mundo entienda que lo que a él le sucede, debe tratarse en el ámbito privado, con la mayor de las precauciones, y bajo la atenta mirada de los especialistas.

Al día de hoy, me sigue diciendo que la idea de volver a ver a su madre le da miedo.
 

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