El gobernador bonaerense acelera su proyecto presidencial con señales de autonomía política, aunque descarta una ruptura con Cristina Kirchner y la considera clave para sostener competitividad electoral.
Axel Kicillof dio un paso más en su construcción nacional. En un acto con tono de campaña, dejó señales claras sobre su estrategia hacia 2027. El gobernador apuntó a consolidar liderazgo propio dentro del peronismo, sin romper con Cristina Kirchner, a quien considera indispensable dentro del frente opositor.
El diagnóstico que circuló en su entorno marcó un cambio de clima político. Un funcionario cercano aseguró: “Axel entendió que en la calle se empezó a vivir una situación diferente respecto al gobierno de Milei y que no puede mantener su discurso de la misma forma. Hay que subirse a ese momento y empezar a acelerar”. La lectura interna indicó que el descontento social abrió una ventana para reposicionar al peronismo.
En ese marco, Kicillof introdujo una autocrítica sobre la experiencia reciente del Frente de Todos. Durante su exposición, afirmó: “No nos puede pasar que logremos una expresión electoral que pueda ganar las elecciones y después tengamos dificultades para gobernar”. La frase dejó un mensaje hacia adentro del espacio. Distintos dirigentes interpretaron que apuntó a la conducción compartida que caracterizó al último gobierno.
El planteo central del kicillofismo giró sobre una idea: si el peronismo vuelve al poder, debe existir una conducción única. Esa definición marcó distancia con el esquema que tuvo como protagonistas a Alberto Fernández y Cristina Kirchner. En ese punto, el gobernador empezó a construir un perfil propio.
Sin embargo, esa diferenciación no implicó una ruptura. En La Plata descartaron cualquier escenario de quiebre. Un funcionario de máxima confianza fue tajante: “Esperar una ruptura de Axel con Cristina es una fantasía que no tiene asidero. El que intentó romper definitivamente con ella, desapareció del mapa. No tiene razón de ser que algunos piensen que hay que tirarla por la ventana. Es algo que no va a pasar”.
La estrategia de Kicillof combinó autonomía política con integración del liderazgo de Cristina dentro del armado. El gobernador sostuvo que la ex presidenta debía formar parte del frente opositor. Consideró que su figura resultó necesaria para garantizar volumen electoral. Esa postura convivió con un vínculo personal distante. No hubo diálogo reciente ni con ella ni con Máximo Kirchner.
Las tensiones con La Cámpora siguieron activas. En ese sector cuestionaron el posicionamiento del mandatario. Algunos lo calificaron como apresurado. Otros lo acusaron de tomar distancia del liderazgo histórico del kirchnerismo. El malestar quedó expuesto en distintas reuniones y movimientos internos.
Desde el entorno de Kicillof rechazaron esas críticas. Un ministro de su gabinete planteó: “Axel no hace lo que quiere Cristina y no por eso es un traidor”. Incluso, en la gobernación ironizaron sobre los cuestionamientos del camporismo. “Nos hacen el trabajo ellos”, deslizó un funcionario, en referencia a las comparaciones constantes entre el gobernador y la ex mandataria.
A pesar del conflicto, el esquema de gobierno se mantuvo sin cambios drásticos. Los ministros vinculados a La Cámpora conservaron sus cargos. Kicillof evitó una ruptura institucional y priorizó la estabilidad del gabinete, mientras reforzó su autoridad en las decisiones clave. En su entorno destacaron que todas las definiciones estratégicas pasaron por él.
Uno de los ejemplos que citaron fue el desdoblamiento electoral en la provincia. La medida generó rechazo en el kirchnerismo, pero el gobernador avanzó igual. “Mostró que es jefe el día que decidió adelantar las elecciones, pese a que CFK no quería. No le hace falta echar a los ministros”, sostuvo un dirigente cercano.
En paralelo, el escenario interno del peronismo sumó nuevos actores. Sergio Uñac activó su propio armado nacional. Propuso una interna abierta para definir candidaturas y planteó un esquema de votación por regiones. Su iniciativa buscó ordenar la competencia en caso de que se suspendieran las PASO.
Al mismo tiempo, los gobernadores del norte marcaron distancia del kirchnerismo. Raúl Jalil, Osvaldo Jaldo y Gustavo Sáenz consolidaron un espacio propio. Cuestionaron la agenda del sector más cercano a Cristina Kirchner y defendieron una lógica de gestión con diálogo con la Casa Rosada. Jalil sintetizó esa posición con una frase: “el peronismo tiene que salir de la agenda del conurbano y del no”.
Ese entramado reflejó un peronismo fragmentado. Las tensiones cruzaron provincias, bloques legislativos y conducciones partidarias. En ese contexto, Kicillof buscó posicionarse como un articulador posible, con autonomía suficiente para liderar, pero sin romper con la figura más influyente del espacio.
La hoja de ruta hacia 2027 quedó planteada. El gobernador avanzó en su proyecto presidencial. Apostó a consolidar poder propio. Al mismo tiempo, sostuvo que Cristina Kirchner debía estar dentro del esquema. Esa combinación definió el núcleo de su estrategia política.
