Axel Kicillof carga sobre sus hombros tres dimensiones que se superponen: un pasado marcado por la interna corrosiva del peronismo, un presente atravesado por un triunfo electoral que pocos esperaban y un futuro en el que ya proyecta una candidatura presidencial. Su lectura, con lógica de economista, lo lleva a creer que la suma de esos factores hoy le ofrece un saldo positivo. La victoria del peronismo sobre La Libertad Avanza (LLA) el último domingo lo colocó en el centro de la escena, reforzó su perfil de liderazgo y, al mismo tiempo, aceleró la discusión sobre la conducción en una coalición desgastada y en busca de un rumbo definido.
El gobernador bonaerense se percibe como el principal vencedor de la jornada electoral. No solo porque fue el rostro visible del triunfo ante los libertarios, con trece puntos de diferencia, sino también porque logró imponerse en la pulseada interna frente al sector de Cristina Fernández de Kirchner (CFK). La proyección hacia 2027, cuando espera competir por la Presidencia, ya forma parte de su estrategia. Además, siente que el respaldo de figuras cercanas como Verónica Magario y Gabriel Katopodis —ambos vencedores en secciones clave— consolidó su poder interno.
La sensación de fortaleza que lo atraviesa no es casual. Después de meses de tensiones, operaciones cruzadas y disputas intestinas, el caudal de votos lo reposicionó dentro del PJ Bonaerense. Con un núcleo propio ordenado, Kicillof busca conducir el espacio con mayor autonomía y dejar atrás la dependencia política del cristinismo. Ese impulso lo coloca como un referente que, al menos por ahora, consigue capitalizar el desgaste de los otros liderazgos del movimiento.
“Instalé la marca de Fuerza Patria en la provincia. Me puse la campaña al hombro. Recorrí muchos distritos. Fui el primer candidato”, expresó en una reunión con su círculo íntimo tras el triunfo. Sin embargo, no ocultó su fastidio con las críticas del cristinismo, que lo responsabiliza por el desdoblamiento electoral. “Ahora dicen que si perdemos en octubre, la culpa es mía. Son increíbles. Me llamaron para decirme cómo era la lista. Me la pasaron armada y pude poner dos lugares de los cuatro que me correspondían. ¿Y si perdemos la culpa la tengo yo? Es insólito”, lanzó con evidente enojo.
El resultado del domingo le otorga aire para profundizar su estrategia de diferenciación respecto de CFK. La lógica es clara: construir poder propio a partir de su gestión y evitar la subordinación que, según él, hizo naufragar a Alberto Fernández. La experiencia del expresidente es un espejo que Kicillof no quiere repetir. Por eso insiste en marcar independencia en las decisiones, convencido de que sin autonomía su eventual proyecto presidencial sería inviable. “Si cada vez que quiero llamar a un ministro de La Cámpora, le tengo que pedir permiso a Cristina, no puedo gobernar”, suele repetir en la intimidad.
La relación con La Cámpora es el eje más tenso. Desde que impulsó el desdoblamiento electoral, ese sector lo acusó de priorizar su conveniencia personal por encima del proyecto colectivo. Kicillof, en respuesta, los señala como responsables de las fracturas. “Estoy harto de que me acusen de haber querido quebrar el peronismo, cuando fueron ellos los que buscaron romper”, afirmó en un encuentro con intendentes. La desconfianza es mutua, y los gestos de hostilidad se repiten.
La crisis alcanzó su punto más crítico el 17 de julio de 2025, cuando el frente Fuerza Patria estuvo a minutos de disolverse. El relato de esas horas revela la profundidad del conflicto: sectores del cristinismo avanzaban en paralelo con la presentación de listas propias, mientras Kicillof ordenaba a Carlos Bianco preparar un plan alternativo para sostener su armado. La negociación solo se recompuso bajo presión, con la intervención de Sergio Massa como mediador y una tensión que rozó la ruptura definitiva.
Ese episodio dejó una enseñanza para el gobernador: no puede ceder el control estratégico de su proyecto. Desde entonces, redobló su decisión de no convertirse en el candidato “delegado” de CFK, convencido de que el costo de ese rol sería la pérdida de autoridad. En paralelo, el cristinismo lo acusa de apresurarse en una disputa que, según ellos, podía esperar. Para los seguidores de la expresidenta, Kicillof debería haber transitado su segundo mandato sin mayores confrontaciones, esperando a que la sucesión ocurriera de manera natural hacia 2027.
La mirada de la exmandataria es más ambivalente. Reconoce la necesidad de proyección de su exministro, pero cuestiona su estrategia y los tiempos elegidos. El trasfondo es claro: se discute quién conducirá el peronismo en el escenario post-CFK. Y esa discusión, plagada de egos y tensiones acumuladas, atraviesa cada movimiento interno.
Hoy, Kicillof goza de un momento de fortaleza política, pero sabe que la convivencia con La Cámpora será un camino plagado de conflictos. En su entorno temen incluso que el cristinismo intente condicionar la Legislatura bonaerense con la fragmentación de bloques. En público, el gobernador opta por bajar el tono: “Yo no quiero subordinación ni una guerra permanente. No se puede así. Hay que encontrar un camino lógico por el medio”.
La elección del 26 de octubre será su próximo desafío. Está convencido de que el resultado de las primarias anticipa otra victoria peronista. Y aunque la disputa con Javier Milei lo posiciona como ganador en la competencia nacional, su verdadero duelo es interno: lograr construir un liderazgo que no dependa de Cristina Kirchner y que le permita llegar al 2027 como candidato indiscutido. La pregunta abierta es si el peronismo aceptará ese cambio de mando o si, una vez más, las internas devorarán el proyecto antes de consolidarse.
