Desde hace tiempo, un claro desajuste distancia a los dirigentes opositores de su electorado. Ese desacople encierra un riesgo: la generalización de una creencia que quite al gobierno responsabilidad en la solución de los problemas, transformando a la oposición en sí misma en un problema.
El 13S y el 8N exhibieron a vastos sectores de la clase media reclamando transparencia, seguridad, división de poderes, cese de la confrontación, equidad, lucha contra la inflación, etc.
Una agenda igual a la que levanta la oposición partidaria.
Entonces ¿dónde radica la disconformidad, expresada en las encuestas, de esos ciudadanos con su dirigencia?
Creen que es posible hacer más para enfrentar al gobierno, aunque no queda claro qué: ¿una confrontación diferente? ¿unidad de las fuerzas opositoras? ¿más movilización callejera?
Las herramientas en manos de la oposición no abundan. Mientras es minoría en ambas Cámaras (cuando alcanzó la mayoría en Diputados sancionó la ley del 82% móvil para las jubilaciones mínimas y el Poder Ejecutivo la vetó), el oficialismo posee mayoría parlamentaria, gobierna casi todas las provincias (excepto Córdoba, Corrientes, Santa Fe, San Luis y CABA) y dispone de los recursos del presupuesto nacional.
Las demandas a la oposición suenan desproporcionadas en relación a sus recursos institucionales, que son aquellos que el electorado le ha otorgado con su voto. ¿Qué acciones puede encarar fuera de controlar en el Congreso, denunciar la corrupción de los funcionarios ante la justicia, proponer alternativas al oficialismo, expresarse en los medios de comunicación y movilizarse? ¿Será que la ciudadanía opositora refleja, en el reclamo a sus dirigentes, su frustración frente a un gobierno siempre a la ofensiva y por el cual no se siente representada?
Si es así, el electorado opositor se encuentra, quizás, tras la búsqueda de un liderazgo con rasgos distintos a los que definen a CFK. He aquí, entonces, el meollo del desajuste entre dirigencia y ciudadanía opositora.
Los posibles liderazgos emergentes (H. Binner, M. Macri, R. Alfonsín) no logran consolidarse, con lo cual, en términos de poder, la disputa intra-oficialista (CFK vs. Scioli) es más relevante que la constitución de un polo opositor que reequilibre el sistema político.
Entretanto la sociedad argentina sigue procurando respuestas a los problemas del poder mirando hacia el peronismo. Progresistas y conservadores, libre mercado y pro estado, es decir, veneno y antídoto, todo florece dentro del justicialismo, y ahí apela la sociedad a la hora de reclamar soluciones. Desde esta perspectiva, el peronismo posee una enorme ventaja: su firme convicción en la relevancia de la jefatura.
Por eso cuando la hora del liderazgo peronista suena, los sucesores irrumpen por doquier.
Además el peronismo en el gobierno contiene a las tendencias rivales y gesta el recambio dentro de su propio dispositivo. Pese a ser visto un contendiente, Scioli es una pieza clave del oficialismo. En consecuencia, la oposición enfrenta desafíos difíciles de sortear.
Por un lado, la capacidad del justicialismo para construir liderazgos y para contener sus facciones desde el poder. Por el otro, la presunción de numerosos sectores (incluyendo buena parte de quienes se dicen anti K) que ven sólo al PJ, en alguna de sus variantes, con capacidad para gobernar; suposición confirmada por el 60% de votos obtenidos al sumar las listas peronistas.
Frente a semejante potencia electoral, se reclama a la oposición la confección de una alternativa política única. Esta sugerencia olvida que la unidad es más fácil desde el poder y bajo un liderazgo con amplio apoyo ciudadano. El poder actúa como una amalgama de distintas expresiones que se alinean en función de intereses comunes, cargos, negocios e ideología.
La unidad opositora, en cambio, debe basarse en un programa compartido e ideas afines. Ambos son condición necesaria para construir una alternativa opositora, pero insuficiente sino emerge un liderazgo capaz de consensuar las aspiraciones de cambio de quienes se sienten defraudados por el oficialismo. Por eso, las elecciones de 2013 resultan estratégicas para definir cuál de las fuerzas opositoras logra posicionarse como la principal referencia de cara al 2015. Sin embargo, la alternancia será posible siempre y cuando asome un liderazgo opositor capaz de construir una alternativa de mayorías.
