Esto no es un problema de mujeres, o de grupos de mujeres solamente. Se trata de una cuestión de tal envergadura que ha merecido la atención de Organismos Internacionales como las Naciones Unidas y el Consejo de Europa, de Gobiernos de distintos países que, desde hace 20 años se dispusieron investigar, asistir y desarrollar programas de prevención, con el objetivo último de disminuir el caudal de violencia.
Por Mirta Ward
El tema de la violencia de género despierta casi siempre una serie de actitudes
defensivas y desconfiadas. Para muchos, señala cuestiones desagradables que
nadie quiere ver asociadas a su entorno, esos núcleos sociales de alta valoración.
Luego, se exponen que en circunstancias de esos núcleos situaciones de violencia
cuando las principales víctimas son las mujeres. Otra nueva capa de recelos se
levanta cuando se sospecha la intención de estar desarrollando un ataque o
cuestionamiento hacia los hombres.
Esto no es un problema de mujeres, o de grupos de mujeres solamente. Se trata
de una cuestión de tal envergadura que ha merecido la atención de Organismos
Internacionales como las Naciones Unidas y el Consejo de Europa, de Gobiernos
de distintos países que, desde hace 20 años se dispusieron investigar, asistir y
desarrollar programas de prevención, con el objetivo último de disminuir el caudal
de violencia.
El primer obstáculo que se comenzó a vencer, fue el constituido por la idea acerca
de que la violencia conformaba un ámbito privado e intocable. Sin embargo, en
ese reducto en el cual sucedían toda clase de delitos frente a los que la sociedad
acallaba y no intervenía, por respeto a la intimidad y a la autoridad de quien
estaba al frente, EL JEFE de hogar.
Pero con el correr del tiempo, se hizo inocultable la acumulación de arbitrariedades, abusos y crímenes que ocurrían dentro de infinidades de hogares. Así, lo comprobaron las distintas instituciones sociales que venciendo su renuencia a mezclarse en asuntos privados, privilegiaron la necesidad de proteger a las personas en peligro.
Los poderes públicos que se frenaban debieron intervenir en auxilio de las
víctimas, con el tiempo, al fin, se comprendió que no podía haber neutralidad ante
situaciones de vida o muerte, de graves lesiones o daños frente a ciertas
condiciones personales de indefensión como las que pueden presentar por
ejemplo una mujer.
Si la comunidad estaba protegida por leyes, estas también debían seguir
amparando a sus integrantes de las puertas para adentro… EL DELITO ROMPE
CON EL DERECHO A LA PRIVACIDAD Y EXIGE EL AUXILIO DEL ESTADO O
DE LAS INSTITUCIONES APROPIADAS. La dificultad residía precisamente en
admitir algunos fenómenos ocurridos y previstos en el Código Penal, pero la
importancia esta en otros no contemplados como la violación marital.
Había que llevar a la conciencia y a la práctica lo que las leyes ya estipulaban, y
hubo que vencer prejuicios y reconocer los fenómenos desagradables con
instrumentos legales que lo preveían.
El desarrollo de las investigaciones científicas en diversos países, demostró la
magnitud del problema, la bastedad de la población afectada, la gravedad de los
crímenes que se cometían y las deficiencias, los mitos y los obstáculos que
entorpecían el acceso de las victimas al amparo, a la comprensión y al apoyo sin
censuras ni suspicacias.
En 1985 las Naciones Unidas a través de algunas resoluciones sintetizaron los
conocimientos habidos hasta el momento y efectuaron una serie de
recomendaciones. El Organismo Internacional se manifestó preocupado por la
violencia, cuyas víctimas principales resultaban ser las mujeres de todas las
clases sociales, sin distinción de raza, nivel económico o cultural. Dicha
preocupación se extendía a los efectos del fenómeno en las generaciones futuras,
dictadas bajo el influjo de conductas violentas intrafamiliares.
Efectuaba también, una condena a las actitudes discriminatorias y abusivas
respecto de las mujeres y, postulaba la necesidad de un mayor compromiso de un
sistema de justicia, de los servicios de asistencia, de los medios de comunicación,
a fines de incrementar la conciencia pública. Por último, realizaba una
convocatoria a los Estados, la cual debía ser encarada en toda su extensión y
gravedad por los Gobiernos y las diversas instituciones involucradas.
El daño, no terminaba en las víctimas. Lo comprobaron diversos estudios que
atravesando paredes, puertas y ventanas se irradiaba a otras áreas de la
comunidad.
En 1990, la Comisión Interamericana de Mujeres inició un proceso de Consulta
Interamericana sobre la Mujer y la Violencia. Tuvo como objetivo iniciar los
trabajos de investigación y propuestas para la regulación del fenómeno de la
Violencia contra la Mujer.
El proceso arrojó conclusiones y, sobre esta base se consideró la viabilidad de
una Convención Sobre la Mujer y la Violencia.
En 1994, la Convención de Belém do Pará establece por primera vez, el derecho
de las mujeres a vivir una vida libre de violencia. Trata a la violencia contra las
mujeres como una violación de sus derechos humanos y la enfrenta desde los
ámbitos políticos, jurídicos, sociales, económicos y culturales. la Convención de Belém do Pará pone bajo la lupa del Derecho Internacional y de los Derechos
Humanos, la realidad que enfrentan las mujeres a diario en la región, adoptando
como nuevo paradigma de los Derechos Humanos – y en especial de los Derechos
Humanos de las Mujeres – que lo privado es público y, en consecuencia, le
corresponde a los Estados asumir el deber indelegable de prevenir, erradicar y
sancionar los hechos de violencia en la vida de las mujeres, tanto en las esferas
públicas como en las esferas privadas.
Sin embargo, su implementación no fue, ni es fácil y, la violencia se ubica en un
punto crucial, como usina generadora de variados y graves problemas que afectan
a una sociedad y que hasta ahora han sido encarados de manera aislada. Se
perfila como el denominador común de una serie de dificultades sociales y
culturales que se han abordado fragmentariamente.
Aún, existen resistencias para admitir que es en la familia o, en los núcleos de
crecimiento en donde también de generación en generación se cultivan las
semillas de la violencia que, se implantan en los niños bajo forma de maltrato
generalizado, la ignorancia de sus necesidades como personas y la represión de
sus sentimientos.
Muchos padres, encadenados en su propio pasado de hijos humillados y
frustrados no hacen más que reproducir y vengar las afrentas sufridas sobre sus
descendientes, lo cual perpetúa la seguidilla de víctimas.
Mientras tanto, un cuidadoso silencio envuelve con su manto de impunidad el
espíritu de violencia que anida en tantos hogares o, grupos o, instituciones
induciendo los crímenes más atroces.
El mandato de honrar al padre y, la madre silenciosa, ha impedido la toma de
conciencia y la denuncia de los abusos sufridos en la infancia y en la juventud.
Para esto, también las mujeres no pueden acusar de malos tratos y pagan en
silencio con su cuerpo y su alma castigados.
Hoy… la falta de reacción aún de la sociedad revela la existencia de una
prohibición de darse cuenta que rompería con muchas de las creencias míticas
que rodean a las personas!!!
Es una muestra más el culto hacia las figuras ideales y no reales. La realidad de
muchas mujeres transcurre por el lado sombrío del sufrimiento reprimido y de las
prácticas innombrables que quebrantan su voluntad y, las dejan hundidas y
paralizadas.
Las cifras son elocuentes por sí mismas en las limitadas estadísticas que se
registran. Sabemos que se publican los hechos relevantes, los cuales reflejan,
según los especialistas, menos del 20 % de la totalidad de los episodios reales
ocurridos. ¿Qué se puede alegar frente a la crudeza de los datos que se encuentran al alcance de todos? Contra este sólido muro que representan vidas humanas se estrellan todos los prejuicios. Hoy, la violencia masculina desatada es
la que conlleva el mayor peligro y produce el mayor número de femicidios. Se
explicaría así el hecho de que los hombres dominantes de esta sociedad, no todos
desean tomar conciencia, ni quieren hacer nada para controlar ni prevenir la
violencia masculina que perjudica tantas vidas.
Esta denuncia no intenta atacar a los hombres como género, sino poner de relieve
un problema estructural de la sociedad que se refleja a diario. Lo que sucede, son
los síntomas de un sistema social, histórico y cultural en crisis. Estas anomalías
disfuncionales y nocivas deben ser encaradas estructuralmente y no por
coyunturas o parches que disimulan, en lugar de transformar en lo profundo las
raíces que inducen la aparición de la Violencia de Género. Para superar las
anteojeras que la angustia o las conveniencias suelen ponerle a la pretensión de
las cosas importantes que suceden, es necesario replantear y reconversar una
política pública dirigida sobre bases realistas, sin falsedades ni utopías.
Es inocultable que la Violencia de Género configura uno de los mayores
problemas sociopolíticos de la actualidad. Y, es responsabilidad de los dirigentes,
funcionarios y gobernantes el hacer suya esta causa indelegable. NO HAY
EXCUSAS.
Son variadas y complejas las dificultades que se oponen a la identificación de la
gente con el sufrimiento. No es sólo con el gran despliegue de recursos con que
se la previene y se la frena, se trata de un cambio de actitudes, que en muchos
casos hace falta ver un aparato propagandístico y agencias publicitarias para
convencer de que la mujer es inútil y despreciable. Estas publicidades contribuyen
con propagandas, notas, programas ideológicos de los medios de difusión que
implantan en la mente de las personas la discriminación de la mujer, la ideología
machista, la noción de niños y jóvenes que sólo necesitan consumir, la seguridad
basada en la aniquilación del otro, la representación de la cultura de la violencia.
Por eso, se necesitan líderes que con libertad y sin miedo se atrevan a enfrentar
esta realidad.
Pero todo esto, revela la necesidad de un proyecto abarcador que elabore
políticas públicas dirigidas a lograr objetivos precisos de concientización de la
población, de sensibilización y capacitación de los profesionales de la salud y de la
justicia, de información y recursos a las fuerzas de seguridad, a los docentes, al
los educadores y trabajadores de los medios de comunicación. Esta es la gran
tarea curativa y preventiva, que solo puede ser impulsada por un gobierno
esclarecido y, que a su vez capitalice y estimule la colaboración de las organizaciones no gubernamentales que ya se encuentran trabajando en este
problema.
De otra forma, tales esfuerzos se diluirán como gotas en el océano al no darse el
apoyo de un marco correspondiente programado e impulsado en el nivel nacional
por un estado responsable. Es inútil abordar este problema con acciones aisladas
y fragmentarias, o desde un marco de prioridades desordenadas. Se necesitan
políticas públicas reales a corto, mediano y largo plazo que transformen valores y
aptitudes dentro de las relaciones interpersonales y, para que las instituciones
cesen de funcionar como reproductoras de la discriminación social, de los
estereotipos culturales, del abuso de poder, de la censura consiente e
inconsciente a los cuestionamientos y de la represión a los que denuncian sus
sufrimientos.
Por los efectos perniciosos de la Violencia de Género, se ponen en riesgo bienes
humanos fundamentales como la vida, la salud, la dignidad, la propiedad, los
derechos y la educación cuya restitución y preservación deben ser prioritarias para
una comunidad y para quienes la gobiernan.
