El modelo económico de Javier Milei mostró una recuperación apoyada en actividades primarias y extractivas, mientras el consumo interno continuó débil y gran parte de la economía siguió sin encontrar motores de crecimiento.
El Gobierno celebró los números de actividad de marzo como una señal de recuperación definitiva. Javier Milei y Luis Caputo difundieron el dato con entusiasmo. El problema apareció cuando se observó qué sectores empujaron realmente el rebote: el agro, la minería y algunas ramas vinculadas al esquema financiero explicaron gran parte de la mejora, mientras el mercado interno continuó sin señales sólidas de reactivación.
El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) del INDEC marcó una suba interanual de 5,5% y un avance de 3,5% frente a febrero. El dato permitió compensar la fuerte caída del mes anterior. Sin embargo, detrás de ese número apareció una estructura económica cada vez más concentrada en actividades primarias y exportadoras.
La foto dejó un mensaje incómodo para el relato libertario: la economía creció donde menos empleo industrial y valor agregado existe. El impulso principal salió del campo y de la explotación minera. El resto apenas acompañó o continuó golpeado por la caída del poder adquisitivo, el freno del consumo y la apertura importadora.
El sector de Agricultura, ganadería y silvicultura avanzó 17,9% interanual. Explotación de minas y canteras registró una mejora cercana al 17%. Pesca encabezó la lista con más de 30%, aunque con poca incidencia en el total de la economía. La industria manufacturera mostró una recuperación estadística después de meses de derrumbe. La construcción también exhibió una mejora, aunque sobre niveles muy bajos.
En paralelo, el Gobierno profundizó un esquema económico que favoreció actividades extractivas y sectores ligados a exportaciones primarias. El modelo dejó en segundo plano al consumo, la producción industrial orientada al mercado interno y las actividades intensivas en empleo.
La consultora LCG sintetizó el problema con crudeza. “Más allá del rebote de marzo, no esperamos un crecimiento elevado para este año. Mantenemos nuestra proyección de una expansión de la actividad por debajo del 3% anual promedio, traccionado por unos pocos sectores (petróleo, minería, agro e intermediación financiera)”.
Ese diagnóstico expuso el núcleo del debate económico actual. El crecimiento apareció concentrado en pocas ramas, con baja capacidad de derrame sobre el resto del entramado productivo. La escena recordó más a una economía primaria exportadora que a un proceso de desarrollo industrial.
La propia consultora agregó otro dato relevante: “Para el resto no hay drivers claros que impulsen el crecimiento. La demanda interna no logra consolidar una recuperación, afectada por el bajo poder adquisitivo y la retracción del crédito”.
La frase describió uno de los límites más evidentes del programa económico libertario. El ajuste fiscal, la caída salarial y el encarecimiento del costo de vida afectaron el consumo. Muchos comercios continuaron con ventas deprimidas. La industria ligada al mercado interno tampoco encontró una recuperación firme.
Incluso dentro de los sectores que mostraron números positivos aparecieron señales frágiles. Parte del repunte industrial respondió al rebote posterior al desplome de 2024. Otro segmento se sostuvo gracias a actividades vinculadas al agro, energía y minería. No apareció todavía una recuperación amplia y homogénea de la economía.
Luis Caputo intentó instalar otra lectura. “El nivel de actividad económica alcanzó un nuevo máximo histórico en marzo”, afirmó el ministro en redes sociales. Javier Milei replicó el mensaje y escribió: “ACTIVIDAD VOLANDO…!!! TMAP. MAGA. VLLC!”.
Pero detrás del festejo oficial persistieron señales de alerta. La economía comenzó a depender cada vez más de sectores con bajo impacto sobre el empleo masivo. La minería y el agro generan divisas, aunque no poseen capacidad suficiente para absorber la caída laboral de otros rubros.
Además, la apreciación cambiaria comenzó a generar tensión sobre numerosas actividades productivas. La apertura comercial sumó otro problema para la industria nacional. Varias consultoras detectaron un traslado del consumo hacia bienes importados.
LCG advirtió también sobre ese escenario. “Consideramos que el posible derrame de los sectores ganadores hacia el resto estará limitado”, sostuvo la consultora. Después agregó que el tipo de cambio “afecta los márgenes de varios sectores mano de obra intensivos”.
El resultado final dejó una postal contradictoria. La actividad económica mostró números positivos después del golpe de febrero, pero el rebote descansó sobre una estructura cada vez más primaria. El Gobierno exhibió crecimiento, aunque gran parte de ese crecimiento salió de sectores extractivos y exportadores, mientras el resto de la economía continuó sin una recuperación consistente.
La discusión de fondo comenzó a tomar otra dimensión. Ya no se trató solo de cuánto creció la economía, sino de qué tipo de economía comenzó a consolidarse bajo el modelo Milei. Y la respuesta apareció cada vez más cerca de una vieja lógica latinoamericana: exportar materias primas, depender de sectores extractivos y resignar desarrollo industrial.
