Dos momentos, siglos distintos, una coyuntura política y social diferente. El fútbol y la máquina del tiempo, idéntico rival, imágenes que se asemejan, una en blanco y negro, la otra full HD, pero ambas comparten el mismo sentimiento y pasión por la Selección Argentina. El anhelo colectivo de que el final sea igual que en el 78.
Cuando se disputó el Mundial 78 en el país yo era muy niño. Tenía cinco años pero ya me dejaba contagiar por la emoción ante este deporte tan lindo y cruel al mismo tiempo. La remembranza de aquella Copa me recuerda inexorablemente a mi viejo, a su poca afición por el fútbol y a su parquedad mundialista. Era un tipo intuitivo y ese mes no quiso acompañar a la selección de Menotti, ni a los pelilargos guerreros que vestían esa camiseta gruesa (de bastones anchos celestes y blancos) peleando cada pelota como si fuera la última de sus carreras.
La razón de su apatía se debía a la dictadura que gobernaba de prepo la Nación, la Junta Militar criminal que sometía al pueblo. Él decía que estaba todo armado, que lo usarían de propaganda para tapar lo que sucedía puertas adentro de los cuarteles. En mi cabeza, sin embargo, seguía ganando la ingenuidad del niño que era, entonces me maravillaba con las transmisiones de tv en blanco y negro y el color de las fotos de la revista El Gráfico. Las hojeaba una y mil veces hasta aprenderme de memoria los nombres y los números de esos jugadores que defendían los colores de nuestra selección.
En ese entonces el formato de la competencia era diferente, los partidos pasaban y la selección hacía cuentas. No era una tromba pero le iba alcanzando para avanzar. El camino estuvo plagado de angustia y dramatismo. Llegaron los seis goles a Perú para clasificar a las instancias finales, esa definición marcó la primera escena de nervios que sufrí con un partido de fútbol. La final la compartimos con toda la familia, Holanda era el cuco naranja —por su lisérgico uniforme—, sin su figura (Joan Cruyf) pero con todos jugadores de jerarquía que venían de lograr un sub campeonato en Alemania ´74, donde se ganaron el apodo de «Naranja mecánica», creadora de un nuevo concepto en este deporte, el del ‘fútbol total’ y sucesora del Brasil del ´70.
La final no fue fácil, entre el pato Fillol, el palo y el aliento de las 60.000 voces presentes, llevaron el partido al alargue. La fuerza arrolladora del matador Kempes y minutos después, Bertoni, sellaron la victoria y el desahogo. Argentina era por primera vez campeón del Mundo. El campo de juego se llenó de algarabía y festejos multitudinarios y desordenados. En un sector de la cancha y de rodillas, Fillol y Tarantini, se fundieron en un solo abrazo que inmortalizaría el talentoso y reconocido fotógrafo Ricardo Alfieri, en el retrato apareció un joven (Víctor Nicolás Dell’ Aquila) sin brazos, que salió corriendo después del pitazo final del italiano Gonella, para «abrazar» simbólicamente a algún protagonista de la epopeya albiceleste. Vio la escena que Alfieri captó con su cámara y contempló parado al lado de los futbolistas con sus mangas al viento. Esa imagen quedó elegida como la mejor foto del Mundial, a la que el periodista, Ernesto Cherquis Bialo, bautizó como «el abrazo del alma» y se convertiría en un retrato histórico del deporte argentino.

El viernes, 44 años y medio más tarde, la selección Argentina se volvía a enfrentar con Holanda, actualmente llamado Países Bajos, no por la final de la Copa —el fixture cambió— sino por los cuartos de final. Coincidencialmente empataron durante los noventa minutos de juego regular —agónica igualdad sobre el final para los europeos—. También hubo prórroga, pero en esta oportunidad, no se sacaron ventajas a diferencia de aquella tarde del 25 de junio. Esta vez fueron a los penales y el arquero argentino, Emiliano Martínez, fue el héroe de la tanda, atajó de gran forma dos ejecuciones y el equipo que dirige Scaloni pudo clasificar a la semifinal en Qatar, a 13.306 kilómetros del Estadio Monumental. En esta ocasión también hubo abrazo del alma II, el capitán y líder Lionel Messi, cuando todos los compañeros fueron tras los pasos triunfales de Lautaro Martínez, para celebrar su última conquista de la serie, desafiando lo obvio, Leo fue por el arquero que estaba tirado en el piso festejando la épica, se arrojó encima y se enlazaron en un solo grito. No hubo un tercero velando la mini fiesta, pero si cuarenta y pico de millones de abrazos virtuales como aquel domingo gris del 78.

La selección sigue su camino, la semifinal será frente a Croacia. Creemos en este equipo, somos entusiastas, esperamos otros abrazos del alma, en democracia, en libertad pero con el mismo objetivo: Salir campeones del Mundo nuevamente.

