Por Diego Avancini
(concejal de Tigre)
El 2 de abril no es una efeméride más, es una verdad que incomoda. Es el día en que la Argentina se encontró con lo mejor de sí misma en medio de lo peor de sus decisiones. Miles de jóvenes dejaron atrás todo y fueron a defender la Patria en condiciones extremas, sin garantías, sin certezas, pero con una convicción inquebrantable: la celeste y blanca valía más que cualquier miedo.
En Malvinas se combatió en todos los frentes. En tierra, en combates como Tumbledown, donde el frío calaba los huesos, donde el brillo de las bayonetas significó la defensa de cada metro con la propia vida. En el mar, con hombres que enfrentaron la inmensidad y el horror, como los del Crucero Belgrano, que se hundió llevándose consigo a 323 compatriotas que no dudaron en cumplir hasta el final. O en San Carlos, donde cada vuelo rasante sobre el mar era una daga incontenible sobre los buques enemigos.
No es un relato, es memoria viva. Es el eco de órdenes gritadas en la oscuridad, de silencios que pesan más que cualquier palabra, de miradas que dicen todo cuando la munición ha sido agotada y ya no queda nada por decir, de no querer rendirse y salir del pozo de zorro con bayoneta calada al grito de ¡Viva la Patria!
Esos hombres tienen nombre. Son el Capitán Giachino, el Teniente Ibarlucea, el Subteniente Estévez, el Cabo Cisterna, el Soldado Almonacid o el Suboficial Castillo. Son 349 historias distintas unidas por una misma decisión: no retroceder. No abandonar. Combatir.
Y ese combate, el verdadero, no se enseña en discursos; se aprende en el barro, en el frío, en la incertidumbre, bajo el ruido ensordecedor del cañoneo enemigo, cuando la única certeza es la bandera que llevás en el pecho. Es la Patria en el alma.
Y, sin embargo, durante años, muchos intentaron minimizarlos llamándolos “los chicos de la guerra”. Como si eso justificara el olvido. No fueron “chicos”. Fueron hombres jóvenes que estuvieron donde había que estar, haciendo lo que había que hacer cuando la Patria llamó.
Reducirlos a esa etiqueta fue también una forma de “tranquilizar” conciencias, de mirar para otro lado, de no asumir lo que su ejemplo todavía hoy nos exige.
La herida más profunda no terminó en las islas. Continuó en el continente. Volvieron y los escondieron. Los silenciaron. Se los dejó solos mientras se construía un relato cómodo para la dirigencia. Distintos gobiernos, ministros de Defensa y parte de la conducción militar eligieron el camino más fácil: despegarse, acomodarse, preservar sus privilegios.
Se confundió deliberadamente la responsabilidad de quienes tomaron decisiones con el valor de quienes combatieron. Y en esa confusión, los héroes quedaron otra vez postergados.
La desmalvinización no fue un accidente, fue una decisión política. Una decisión sostenida por sectores políticos que prefirieron borrar la gesta antes que hacerse cargo de la historia. Pero también por dirigentes y jefes militares que, en connivencia con ese clima, eligieron el silencio para no perder las bondades de su cargo, aun cuando eso implicara permitir que se degradara el honor del uniforme que alguna vez vistieron.
Hoy, cuando la política se consume en una grieta permanente de amigos y enemigos, conviene mirar Malvinas de frente. Porque allá no hubo grieta. No hubo mezquindad. No hubo cálculo. Hubo argentinos peleando por la Argentina.
Y esa diferencia debería darles vergüenza a muchos de los que hoy ocupan cargos y no logran siquiera construir consensos mínimos para sacar adelante al país. La falta de acuerdos básicos, la pelea constante, el interés sectorial por encima del bien común, nos debilitan mucho más que cualquier derrota en el campo de batalla.
Malvinas no es pasado, es presente. Está más viva que nunca. En cada cruz blanca, en cada nombre, en cada historia que todavía duele. Nuestros muertos, nuestros centinelas eternos, y los que también se fueron después producto de ese abandono, no son solo memoria: son interpelación.
Nos están preguntando qué hicimos con el país por el que ellos pelearon. Y nuestros veteranos, que caminan entre nosotros, no solo recuerdan: exigen, con su sola presencia, una Argentina mejor, más justa, más digna. Una Argentina de la cual enorgullecernos.
Que este 2 de abril no sea un feriado cómodo más. Que incomode. Que sacuda. Que obligue a la dirigencia a bajar la cabeza y a la sociedad a mirarse sin excusas.
Porque hubo hombres que, en tierra, en el aire y en el mar, cumplieron sin especular… y hoy hay demasiados que especulan sin haber cumplido nunca.
A los que quedaron en Malvinas, eternos centinelas de la Patria: su silencio nos marca el rumbo y nos obliga a no fallar.
A los veteranos de guerra: ustedes son la voz viva del honor, la memoria que no se negocia, la conciencia que incomoda.
Y a todos ellos, el compromiso de construir la Argentina por la que pelearon. Sin grietas mezquinas, sin cobardías políticas, sin relatos que oculten la verdad. Con el mismo coraje con el que ustedes avanzaron cuando todo estaba en contra.
Porque si no somos capaces de estar a la altura de ese legado, entonces no habremos perdido una guerra, habremos perdido el sentido mismo de ser Nación.
¡Viva la Patria! Malvinas nos une.
