Apenas transcurre el segundo mes de este 2026, y ya el planeta ha sido sacudido por amenazas, conflictos bélicos, persecución y miserias orquestadas por las “nuevas viejas” derechas. Los autoritarismos parecen no dar tregua pero un fenómeno con sello latino llega para devolver un poco de dignidad a un continente golpeado.
Apenas transcurre el segundo mes de este 2026, y ya el planeta ha sido sacudido por amenazas, conflictos bélicos, persecución y miserias orquestadas por las “nuevas viejas” derechas. Los autoritarismos parecen no dar tregua pero un fenómeno con sello latino llega para devolver un poco de dignidad a un continente golpeado.
El pasado 8 de febrero, el artista puertorriqueño Bad Bunny fue el protagonista del show estelar de la versión número 60 del Súper Bowl. Un artista en su prime con un grito político potente.
El abrebocas para el despliegue en Santa Clara, California, se inició el 1 de febrero en la gala de los premios Grammy, donde consiguió la auténtica estatuilla, y no la de las versiones regionalizadas y mercantiles. Ahí comenzó la “revoluggaetón”, que hizo historia llevándose el premio a Mejor Álbum del Año, con un disco completamente en español (DTMF).
Entre puristas, melómanos, ignorantes e hinchapelotas
La discusión popular en estas latitudes —entre la admiración y la crítica artística—, giraba en torno a calidad musical y vocal, liderazgo, carisma y narrativa político—cultural. Todo esto antes de su incursión en tierras yankies y la conquista en la batalla cultural como publicó The New York Times: “The cultural war is over. Bad Bunny won”.
Aunque para muchos, las letras carezcan de poesía o buenos modales, es innegable que el hombre del momento tiene un aura que mueve montañas y sacude cuerpos. Su maquinaria de producción ha dado en la tecla reversionando salsa, uno de los ritmos caribeños más emblemáticos y atemporales, acercando a nuevas generaciones a la esencia musical latina y de paso añadiendo una necesaria voz de protesta contra la colonización, la turistificación y los atropellos migratorios trumpistas.
In your face
Al grito de «Qué rico es ser latino» y con una escenografía artesanal, creativa y protestante, el artista arrancó su revolución desde el minuto cero. La placa de apertura fue en letra cursiva y en español. Nombró al evento como “Súper Tazón”, y BB presenta, así fue como comenzó su gala latinoamericana de punta a punta.
Iconografías como la caña de azúcar, el dominó, los bailes autóctonos, los sabores callejeros y los sombreros, lograron encantar espectadores fanáticos y disidentes. Con el paso de la caravana, y entre el matorral verde, de repente estábamos todos nosotros (latinos), inflando el pecho, gritando a voz en cuello que somos importantes y defendemos lo nuestro con orgullo.
El espectáculo recorre, a través de un guion calculado, la mueca de una historia colonial y las huellas que la desigualdad ha dejado en unos pueblos que necesitan ser reivindicados desde adentro. Lo subliminal de la ambición con el oro, como medio de ahorro frente a los excluidos del sistema financiero de los superricos.
El golpe de gracia para Trump y su “Frankeinstein” ICE, fue la representación del niño Liam Conejo Ramos, menor arrestado por el comando migratorio en Minneapolis en enero, como a pedir de boca por el cantante, entre conejos visibilizaron la barbarie naranja. En escena, un muchachito frente a la TV observa el discurso de BB en la ceremonia Grammy donde dice “ICE out” y posteriormente aparece el conejo malo pero tierno para obsequiarle el premio al joven y le declara “esto es para ti”.
Congratulations Mr. Martínez Ocasio
El sincronismo fue perfecto, la caminata danzante triunfal del boricua iba abriendo puestas en escena sin la necesidad de inteligencias artificiales ni efectos rutilantes, todo era encantadoramente colorido, latinoamericano, sangrecaliente y diverso. Les montó un Macondo, una muestra de que seguimos creyendo en utopías, sueños y vivir en paz y a salvo.
Una nueva mojada de oreja al imperio llegó con “Nuevayol” la reversión Badbunnesca del Gran Combo de Puerto Rico de Un verano en Nueva York de 1975. Que reivindica la inmigración a la capital financiera como una colonización a la inversa y la fiesta latina regada por los barrios periféricos de La Gran Manzana. La referencia de las torres de energía con gente subida como repudio a lo que fue la desidia energética y el abandono de Estados Unidos a Puerto Rico, representada con la explosión de los transformadores en medio del show.
BB se dio el lujo de alzar la voz disconforme de casi toda la región ante 123 millones de espectadores en el mundo, lo compartió con artistas de géneros diferentes, y de paso homenajeó a sus ídolos. Lady Gaga, interpretó una versión tuneada de “Die With A Smile”, su hit con Bruno Mars y fue acompañada por un grupo de Salsa, invirtiendo el sueño americano y animándole la fiesta a una pareja latina en su matrimonio. La aparición de Ricky Martin, el fragmento de Gasolina, un breve homenaje a los artistas latinos que abrieron el camino en la hermética escena musical anglosajona de tiempos pasados. Todo coronado por el abrazo final con Residente, pieza fundamental del reclamo boricua y continental.
Todo se expuso con una sutileza admirable, aunque no faltarán los que no captan los mensajes subyacentes y solo seguirán coreando “un VIP…un VIP” y tapando el sol con la mano, negacionistas de tiempo completo. Pero el show fue contundente, político de punta a punta. Lejos quedó el debate sobre el virtuosismo vocal o el contenido de las letras de un reggaetón, tan básico como bailable, que al fin y al cabo levanta y le tiende la alfombra a lo que trae el reclamo y los disgustos que provocan las políticas neoliberales. Sin perreo no hay manifestación ni protesta.
Con el poder de la estela feminista de Taylor Swift y Lali Espósito y sus reclamos en vivo, Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, se atrevió a levantar la voz y ponerse al hombro a todo un continente que busca progreso, que no quiere volver al colonialismo ni a la supremacía. Hoy BB se convirtió en nuestro héroe, al margen quedarán las discusiones vanas y subjetivas, el tipo puso la cara adonde era, con lo suyo y con lo nuestro, mostrándole al planeta que somos importantes, que hay otra América, que no es el patio trasero de Estados Unidos. Se subió al bus de Lennon, Marley, Bob Dylan, entre otros tantos grosos de la música.
La diferencia es que este habla nuestro idioma, aunque plonuncie diveltidamente distinto. Me seguirá pareciendo que no es el mejor musicalmente hablando, pero el domingo demostró pelotas, expuso una queja masiva al imperialismo en la sala de su casa, les aclaró que las democracias y las soberanías se respetan. Aunque no seas mi cantante favorito, por ir al frente y poner más colorado de la cuenta a Trump y su troupe, a partir de ahora te veré como un Silvio Rodríguez, alimentado a Tostones y Mofongo.
Chapeau Comandante Benito, lo comercial no quita lo valiente.
