Hay que romper y pintarrajear todo si hace falta. Porque ningún cambio se produce sin tensiones, y ninguna batalla cultural se conquista con la quietud y el silencio.
Por César Morielli, periodista LaNoticiaWeb – @cesarmorielli
Las cosas cambian cuando un individuo se para firme frente a la intención de modificar su realidad. Cuando toma la decisión irreversible de cambiar el rumbo más allá de todo y de todos. Cuando la cotidianeidad lo abruma y aplasta de tal forma que pone en riesgo su naturaleza y lo reduce a un ente de piel y huesos. Cuando los padecimientos de cualquier tipo lo transforman en un ser indeseado por sí mismo.
Pero cuando el individuo toma esa decisión desesperada, meditada o insconsciente pero parida desde las entrañas, absolutamente nada puede frenar la embestida interior. Porque tomar la decisión de cambiar las cosas y cambiar uno mismo ya implica un cambio. Y los cambios readaptan por obligación al entorno que los envuelve. Aunque otros no quieran, la tormenta se desata de alguna u otra manera.
Y cuando un individuo toma la decisión irreversible de cambiar contagia a otros individuos con similares necesidades, que sienten coraje, valor o vaya a saber qué, y también buscan cambios. Algunos cambios son similares, otros cambios son diferentes, pero muchos sienten la necesidad de cambiarse a sí mismo o a otros, siendo protagonistas del cambio.
Entonces la acción individual aislada de algún ciudadano se encuentra con otras particularidades y coinciden en reclamos colectivos, que se adaptan a las circunstancias o van mutando. Cambian y producen cambios. Y nada los detiene.
No habrá perorata conservadora ni individuos con temores o intereses a que las cosas cosas cambien que puedan frenar las ondulaciones culturales que desde siempre tiene la humanidad para que las cosas cambien. No habrá taxista, ni periodista, ni comunicador, ni juez, ni institución, ni doña rosa, ni cura, ni rabino, ni nadie que puedan detener el cambio de las cosas. Aunque lo intenten. No habrá discurso conservador o represivo, o argumento sigiloso y subrepticio, o acusación encubierta, o fundamento clasista o pedido de explicación que pueda distraer. Aunque sientan pavor. Son los que siempre buscan una barrera para menospreciar o contener los cambios sociales, políticos o económicos. Son los que siempre están de la vereda que anhela la estática y se espanta por una pared pintada o una plaza rota.
Deberán ellos romper sus barreras y aceptar o sumarse a las cosas que cambian. Y sino, ser testigos pasivos de cómo pasa algo que no quieren que pase.
El cambio empezó hace rato y creció hace poco. Vayan las mujeres y cambien las cosas. Sigan cambiando las cosas. Que cuando el cambio empieza nada lo detiene.
Que bueno es que las cosas cambien.
Soy de los que creen que los hombres debemos observar y acompañar en silencio, pero con firmeza, los reclamos del feminismo. De los que piensan que hay que intentar cambios de conducta machista todos los días, y saber que nos toca un rol secundario en este proceso de cambio. Que nuestro protagonismo es interior, para hacer los cambios necesarios para erradicar comportamientos que someten a las mujeres de diferentes maneras. Que el protagonismo de ellas es externo y activo. Que hay que romper y pintarrajear todo si hace falta. Porque ningún cambio se produce sin tensiones, y ninguna batalla cultural se conquista con la quietud y el silencio.
Saludo a todas.
