El Comité Nacional de la Unión Cívica Radical difundió un documento titulado «El ex presidente que nunca morirá», para conmemorar los 40 años del fallecimiento de Arturo Illia.
El expresidente constitucional Arturo Umberto Illia falleció hace 40 años, un 18 de enero de 1983, en la ciudad de Cruz del Eje, en la provincia de Córdoba
Por lo que hizo, en 1966 fue derrocado por el general Juan Carlos Onganía:
-La anulación de los contratos petroleros del gobierno de Arturo Frondizi.
-La sanción de una ley que fijaba precios máximos a los medicamentos producidos por los laboratorios extranjeros -entre otras regulaciones que permitían que la población accediera a la salud- impulsada por el ministro de Salud, Arturo Oñativia y que se conoció como Ley Oñativia.
-La decisión de no enviar militares a participar de la intervención de Estados Unidos en la República Dominicana, lo que causó malestar en Washington y en los sectores castrenses propensos a la Doctrina de la Seguridad Nacional.
-En 1965 se reconoció mediante la resolución 2065, la condición de territorio colonial de las Islas Malvinas en poder de Gran Bretaña, y exhortaba a Argentina y al Reino Unido a iniciar negociaciones para resolver la cuestión de la soberanía de los archipiélagos del Atlántico Sur.
-Tuvo saldo favorable en la balanza de pagos
-Creció el Producto Bruto Interno y la participación de los salarios de los trabajadores en él.
-Se incrementaron las reservas de oro, disminuyó la inflación y bajó la deuda externa.
-El 15 de junio de 1964 se publicó en el Boletín Oficial la ley 16.459, del salario mínimo, vital y móvil, previa a la constitución del Consejo del Salario, integrado por representantes del Gobierno, los empresarios y los sindicatos
-La educación tuvo un peso significativo en el Presupuesto Nacional, llevándolo del 12% en 1963 al 23% en 1965.
Y por eso y otras cuestiones, el 27 de junio de 1966, las tres armas le comunicaron al Presidente que lo mejor era renunciar, algo que rechaza de plano con el intento de destituir a Pascual Pistarini como jefe del Ejército, una orden que los mandos militares desconocieron.
En la noche, fuerzas policiales rodearon la Casa Rosada mientras Illia permanecía en su despacho junto a un grupo de colaboradores, y pasadas las 5 de la madrugada, el general Julio Alsogaray ingresó a la sede gubernamental para exigir la renuncia de un jefe de Estado cercado por el autoritarismo.
Un autoritarismo que también se cristalizó en revistas como Extra, Todo, Panorama, Tía Vicenta y Confirmado que publicaron duros editoriales contra el gobierno en los que describían a Illia como un hombre lento, errático y perdido al que era caricaturizado como una tortuga.
Un autoritarismo que además se sustentó en la conducción de la CGT, liderada por el metalúrgico Augusto Timoteo Vandor, que lanzó un amplio plan de lucha con huelgas y movilizaciones, que no fueron contrarrestadas con la supresión de las garantías constitucionales por parte del Ejecutivo.
Ese oscuro 27 de junio, Alsogaray le dijo al Presidente que cumplía «órdenes» de su superior Pistarini, e Illia le replicó que era «un insurrecto» que no reconocía la verdadera autoridad del presidente como jefe comandante en jefe de las Fuerzas Armadas: “Usted no representa a las Fuerzas Armadas, sólo representa a un grupo de insurrectos. Usted, además, es un usurpador que se vale de la fuerza de los cañones y de los soldados de la Constitución para desatar la fuerza contra la misma Constitución, contra la ley, contra el pueblo. Usted y quienes lo acompañan actúan como salteadores nocturnos, que, como los bandidos, aparecen de madrugada”, le dijo Illia..
Luego, un grupo de la guardia de infantería al mando del coronel Luis Perlinger desalojó el despacho presidencial y consumó el Golpe de Estado.
Illia se retiró de la Casa Rosada por sus propios medios, en la calle Balcarce y rodeado de algunos adeptos, pidió un taxi y se marchó hacia el domicilio de su hermano, en la localidad de Martínez, pero luego se retiró a Cruz del Eje, donde volvió a ejercer la medicina.
Onganía asumió un día después la presidencia al frente de un régimen que se autodenominó como «Revolución Argentina, y que conculcó las libertades constitucionales, impuso la censura, intervino las universidades y aplicó con su ministro de Economía Adalbert Krieger Vasena una política de congelamiento de salarios.
Retirado de la actividad política, Illia asistió en noviembre de 1982 al acto de la corriente Renovación y Cambio, que impulsaba a Raúl Alfonsín y quien más tarde sería elegido como jefe de Estado.
Illia fue velado en el Congreso Nacional, y sus exequias se convirtieron en una manifestación de repudio hacia una Junta Militar que se encontraba en retirada, y sus restos fueron depositados en el Panteón de los Héroes de la Revolución de 1890, en el cementerio de la Recoleta, donde también descansan Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen.
