“Comprá, no te la pierdas, campeón”, chicaneó Caputo y la divisa estadounidense superó un nuevo récord.
El dólar se disparó, volvió a marcar un récord histórico y dejó en evidencia la precariedad del relato oficial que el Gobierno insiste en sostener a fuerza de ocurrencias y frases de ocasión. Luis Caputo, ministro de Economía y principal artífice de una estrategia cambiaria cada vez más errática, eligió la peor semana posible para burlarse de quienes advertían sobre un dólar barato que, tarde o temprano, se dispararía.
“Comprá, no te la pierdas, campeón”, chicaneó Caputo ante un auditorio de ejecutivos en el Summit IAE, como si el mercado fuera un sketch de televisión y no un termómetro que mide la confianza o el miedo en la economía. Apenas unas horas después, la cotización oficial trepó a $1.255, un máximo histórico nominal que encendió todas las alarmas de la City y obligó al Gobierno a salir a intervenir de urgencia.
La ironía del ministro fue respondida con crudeza por los inversores, que tomaron nota del mensaje: en los primeros días de julio el dólar subió 30 pesos, los dólares financieros también repuntaron y la demanda privada de divisas se multiplicó. El desarme del carry trade –ese juego de apuestas financieras que el propio Gobierno celebraba como un éxito– empezó a tomar velocidad, alimentando la tensión cambiaria.
Mientras Caputo se regodeaba en su humor sarcástico, JP Morgan y Barclays encendían luces rojas sobre la sostenibilidad del esquema. El primero recomendó salir de las posiciones en pesos ante la inminencia de un salto del tipo de cambio. El segundo, más diplomático, sugirió que la administración de Javier Milei debía fortalecer la acumulación de reservas si pretendía sostener alguna credibilidad frente al mundo. La respuesta oficial, sin embargo, no fue un plan consistente sino un eslogan: “El dólar flota”, repitió Caputo, como si bastara con anunciarlo para conjurar el problema.
La supuesta “Fase 3” del plan económico se revela como un conjunto de parches que se alternan con gestos de soberbia. Las reservas del Banco Central no acumulan el ritmo esperado, a pesar de la liquidación récord del agro. El déficit de cuenta corriente se expande con importaciones, turismo y atesoramiento en alza. La política cambiaria oscila entre la amenaza de flotación libre y las intervenciones de último minuto que consumen divisas.
Mientras tanto, el dólar futuro trepa a $1.268 y el mercado empieza a descontar que la presión acumulada terminará en una nueva devaluación. El propio Caputo ya reconoció que el Tesoro tendrá que comprar dólares para recomponer reservas, desdiciendo su promesa de no pagar más de $1.000 por unidad. El margen de maniobra se achica y el costo político de cada volantazo crece.
La escena de un ministro de Economía ironizando sobre el dólar barato que en menos de 48 horas pulverizó otro récord debería servir como síntoma del extravío oficial. Convertir la chicana en política de Estado puede sonar ingenioso en un auditorio repleto de empresarios, pero se parece demasiado a la frivolidad con que otros gobiernos terminaron socavando su propia estabilidad.
En el fondo, la frase de Caputo refleja la incomodidad de un equipo económico que no logra definir qué quiere hacer con el tipo de cambio: disciplinar expectativas con intervenciones millonarias o dejar que la divisa “flote” mientras la inflación erosiona cada pronóstico. Hasta ahora, la única certeza es que la flotación a la que alude Caputo es más parecida a un naufragio.
