Mientras garantizan leyes clave para la Casa Rosada, los mandatarios dialoguistas enfrentan recortes profundos en sus distritos y un deterioro fiscal que tensiona su estrategia política.
Los gobernadores que eligieron sostener un canal de diálogo con la Casa Rosada entraron en una zona de tensión creciente. Osvaldo Jaldo, Gustavo Sáenz, Raúl Jalil, Carlos Sadir y Martín Llaryora aportaron votos decisivos para el oficialismo en el Congreso, pero al mismo tiempo ejecutaron fuertes ajustes en sus provincias para contener el impacto de la caída de recursos. Esa doble dinámica los colocó en una encrucijada que combina necesidad financiera y cálculo político.
El esquema quedó expuesto en debates recientes como la reforma de la Ley de Glaciares. Allí, varios de estos mandatarios alinearon a sus legisladores con el oficialismo. Esa conducta no resultó aislada. También se repitió en la Ley Bases y en otras votaciones sensibles. A cambio, las provincias recibieron asistencia parcial. Sin embargo, los fondos no alcanzaron para compensar la pérdida estructural de ingresos.
El caso de Jujuy mostró el nivel de presión que enfrentan los distritos. Carlos Sadir aplicó un recorte severo sobre el funcionamiento del Estado. Limitó contrataciones, frenó obras y centralizó cada decisión de gasto. La administración provincial quedó bajo control estricto. Desde su entorno describieron el esquema con una frase contundente: “Nadie gasta, nadie compra, nadie arranca obra, nadie recibe auxilio extraordinario sin pasar por el centro de comando del Ejecutivo”. El mensaje reflejó un cambio político interno y una señal hacia afuera.
El gobernador también reclamó asistencia nacional. Tras un encuentro con funcionarios del Gobierno, planteó: “Jujuy necesita decisiones urgentes”. La provincia recibió transferencias, pero los montos no cubrieron la caída de la coparticipación. En paralelo, el oficialismo local sostuvo su respaldo parlamentario a Milei.
En Córdoba, Martín Llaryora eligió otro formato, pero con el mismo objetivo: reducir el gasto. Creó un esquema centralizado que controla cada erogación del Estado. Eliminó fondos discrecionales y fijó prioridades estrictas. La provincia acumuló meses de caída en la recaudación. A pesar de ese escenario, no recibió aportes del Tesoro Nacional. El ajuste avanzó igual.
El gobernador mantuvo una posición ambigua frente a la Casa Rosada. Evitó confrontaciones directas, pero tomó decisiones que marcaron diferencias. Sostuvo obra pública con recursos propios y lanzó programas para compensar recortes nacionales. En ese marco, dejó una definición política: “Es hora de que la Nación se ponga los pantalones largos”.
Tucumán mostró otro ejemplo de ese equilibrio forzado. Osvaldo Jaldo reconoció el impacto directo de la crisis fiscal. Detalló la pérdida de ingresos y la caída de impuestos coparticipables. “Nosotros venimos bajando todos los meses entre un 8% y 9% en el impuesto coparticipable nacional, tanto IVA como Ganancias. Es decir, venimos perdiendo todos los meses entre $10.000 y $14.000 millones”, afirmó.
El mandatario recurrió a herramientas excepcionales. Utilizó fondos anticíclicos y frenó proyectos. También decidió asumir obras que la Nación dejó sin financiamiento. En el plano político, mantuvo el respaldo legislativo al Gobierno. Su espacio aportó votos clave en distintas instancias. Además, defendió el uso de anticipos de coparticipación: “No hay duda que con esto garantizamos un 2026 con total funcionamiento y con total paz social”. Aclaró luego el carácter de esos fondos: “Nos asisten con un anticipo de coparticipación, es decir, con plata que es nuestra y que debemos devolver dentro del mismo año”.
Salta avanzó con un plan de ajuste propio. Gustavo Sáenz dispuso medidas de austeridad por seis meses. Congeló salarios y frenó contrataciones. La vocera oficial justificó la decisión con una consigna: “el ejemplo debe empezar por casa”. La provincia sintió el impacto de recortes nacionales en programas sociales y obra pública.
A pesar de la cercanía política con Milei, el gobernador expresó tensiones internas. En un reclamo directo, sostuvo: “No es justo que yo pelee por obras y otros canten”. La frase expuso el malestar frente a sectores del oficialismo que cuestionan a las provincias mientras dependen de sus votos.
En Catamarca, Raúl Jalil llevó la estrategia de acercamiento a un nivel más profundo. Reconfiguró su representación legislativa y facilitó el avance del oficialismo en Diputados. A cambio, logró acuerdos clave en materia minera. La provincia ganó control sobre activos estratégicos y proyectó inversiones.
Sin embargo, el frente fiscal se deterioró. La caída de ingresos obligó a buscar financiamiento externo y a frenar obras. El propio gobernador reconoció la magnitud del problema con datos concretos sobre la pérdida de recursos. La tensión social también creció con conflictos laborales y cierres de empresas.
El patrón se repite en todos los casos: ajuste en las provincias y respaldo político en el Congreso. Los aportes del Tesoro resultaron insuficientes frente a la caída de la coparticipación. En varios distritos, los recursos recibidos representaron una porción menor de lo perdido.
La relación con la Casa Rosada quedó atravesada por esa lógica. Los gobernadores necesitan sostener el diálogo para garantizar asistencia. Al mismo tiempo, deben administrar el desgaste interno que provoca el ajuste.
La pregunta que sobrevuela es cuánto tiempo podrá sostenerse ese equilibrio. Las provincias ya mostraron señales de agotamiento. El calendario electoral de 2027 empieza a influir en las decisiones. En ese escenario, cada voto en el Congreso adquiere un valor mayor. También cada recorte en los territorios.
