Los argentinos vamos a necesitar de toda nuestra paciencia, de toda nuestra capacidad negociadora, de todo nuestro aguante, de toda nuestra facultad de renunciamiento, de toda nuestra predisposición al diálogo y al acuerdo democrático, si no queremos que la gestión del próximo gobierno termine en el caos y en el desastre. Tenemos muy poco de todo eso, de modo que el desafío es, si bien un poquito aterrador, fascinante.
Por Alberto Amato, para Infobae
Gane quien gane en la segunda vuelta, Daniel Scioli o Mauricio Macri, la capacidad de maniobra del futuro gobierno va a estar acotada por el kirchnerismo que luce hoy, y acaso lucirá mañana, un nuevo estado de beligerancia rampante: la retirada en permanencia.
Los últimos tramos de la campaña de Scioli estuvieron signados por la actitud desdeñosa y petulante de la presidente Cristina Fernández, que parece pretender igualar el slogan del peronismo de los años 70 que proclamaba "Cámpora al Gobierno, Perón al poder". Esta vez es "Scioli al gobierno, Cristina al poder". Los esfuerzos de la Presidente por dejar en claro que Scioli es un simple delegado suyo, como Cámpora lo era de Perón, son tan notorios como turbadores, aunque esos sacos le quedan grandes a ambos.
Además de abominar del candidato, el pasado 29 de octubre, el día en que habló tres horas sin nombrar a Scioli, la presidente, que parece hacer campaña sólo a favor de sí misma, se comparó con Perón, a quien también repudió durante toda su gestión. "Tengo el honor de ser la presidente más votada después de Perón", dijo. Olvidó admitir que el General jamás recibió en las urnas un cachetazo siquiera parecido al de las elecciones del pasado 23.
El nombramiento urgente y casi clandestino de dos auditores para vigilar de cerca los pasos del próximo gobierno, demuestra que el kirchnerismo cubre su retirada casi con los mismos procedimientos de auto amnistía de los gobiernos autoritarios y, más importante aún, revela que a la Presidente no le importa quién triunfe el 22 de noviembre: intentará mantener su influencia, o la de sus mandados, en la próxima gestión.
Scioli, a quien la Presidente ni siquiera le deja el rol de líder de la oposición a Macri, luce cansado, desgastado y hasta resignado frente a un escenario al que enfrenta sin más armas que el de su voluntarismo de cemento armado y el de un nuevo gesto pleno de simpatía, el puño cerrado y el brazo hacia adelante como para cobrar impulso, que reafirman su fe, inalterable como su voluntarismo. Si tiene otras herramientas más efectivas, por ahora no las esgrime.
Prometió un dólar a diez pesos para enero, pero no habló del precio del dólar en febrero. Y si va a hacer algo con los jóvenes de La Cámpora, con los que va a tener que lidiar en la administración del Estado si triunfa el 22, es un secreto. Y cómo será su relación con el omnipresente Carlos Zannini, que ya lo amenazó con retirarse de la fórmula ni bien Scioli se aparte de los postulados fijados por la, para entonces, ex presidente.
La tercera pata en este escenario es el PJ. La incógnita es si el partido que Perón lideró con mano de hierro y guante de seda seguirá en el futuro en manos de los "sí señora" que ahora lo dirigen, o tornará a recobrar el protagonismo que perdió hace ya más de una década.
Todo se resolverá ya con el nuevo gobierno en marcha y en los febriles días que seguirán a la segunda vuelta.
Macri lo tiene todo peor. Si gana, deberá enfrentar una oposición más feroz que la que guía hoy la campaña por la segunda vuelta. Como Scioli, acaso con mayor énfasis y diferente suerte, también deberá lidiar con la capa geológica kirchnerista depositada a raudales en los últimos meses en la planta permanente del Estado; el Congreso le será, en buena parte, hostil e imprevisible; su estrella exclusiva, María Eugenia Vidal, va a tener que hacer más que malabares para conducir una provincia volátil, estremecida por la pobreza y sacudida por el narcotráfico, con una policía emparentada con el delito e indomable desde que, en 1983, se liberó del férreo brazo militar que la condujo durante la dictadura. Como muestra del porvenir, los intendentes peronistas del conurbano bonaerense que perdieron sus comunas a manos del PRO, practican en estos días la política de tierra arrasada que los rusos llevaron adelante cuando la invasión alemana de 1941. No le dejan a Vidal ni las hamacas en los parques.
Un eventual gobierno de Macri estará bajo la lupa del implacable "periodismo militante", remanente del kirchnerismo rentado, que si bien ya no contará con las sumas suculentas que dilapidó el Estado, no va a desdeñar los aportes de una parte del capital privado que ya preanuncia los meses por venir con una frase contundente: "Con Macri nos vamos a hacer una fiesta". O es una bravata estúpida, o es una amenaza latente. Igual, no presagia nada bueno.
Se supone que el candidato conoce los bueyes con los que debe arar el duro camino del poder, si triunfa el 22. Como su contrincante, si tiene alguna herramienta para enfrentar los peligros que le acecharán, lo mantiene en secreto.
Parece que la Argentina no va a transitar un camino democrático en paz, si las fuerzas políticas en danza no alcanzan un acuerdo de gobernabilidad indispensable que abarque al Parlamento, a los gobernadores, a la UCR, a Scioli, a Macri, y a Sergio Massa. El ministro del Interior del futuro gobierno, será clave. Algo del acuerdo de gobernabilidad, que excluye expresamente al kirchnerismo y a La Cámpora, se habla en reuniones secretas de las que participa, dicen las malas lenguas, gente muy allegada a Massa.
A estas alturas, Massa es el único que mira al futuro con una sonrisa.
