El Gobierno celebró una reducción de la pobreza al 38,1% en el segundo semestre de 2024, pero los datos de consumo y el impacto del ajuste en los servicios ponen en duda la medición. Mientras el INDEC muestra una mejora, los salarios siguen perdiendo poder adquisitivo y la recesión golpea al empleo.
El Gobierno nacional celebró la reducción de la pobreza al 38,1% en el segundo semestre de 2024, según los datos publicados por el INDEC. La caída de 3,6 puntos porcentuales respecto al semestre anterior fue presentada como un logro de la gestión económica de Javier Milei. Sin embargo, un análisis más profundo de los datos muestra inconsistencias que ponen en duda la veracidad de la medición.
Uno de los puntos más cuestionados es el método utilizado para calcular la Canasta Básica Total (CBT), que define la línea de pobreza. La subestimación del peso real de los servicios y el transporte en el consumo de los hogares genera un efecto engañoso: al no actualizarse correctamente estos costos, la CBT queda artificialmente baja, permitiendo que más familias aparezcan por encima del umbral de pobreza, aunque sus ingresos no hayan mejorado en términos reales.
El sociólogo Eduardo Donza, del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, advirtió que la baja de la pobreza es relativa y responde más a factores coyunturales que a una mejora genuina de la situación social. «El descenso del 52,9% al 38,1% puede parecer un logro, pero en realidad refleja una comparación con un pico de pobreza generado por la devaluación de diciembre de 2023, que disparó los precios y destruyó los ingresos en los primeros meses del año», explicó.
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Los datos del propio INDEC refuerzan esta lectura. Durante el segundo semestre de 2024, el salario de los trabajadores informales cayó un 16,4% en términos reales respecto al año anterior. El salario mínimo vital y móvil perdió un 29% de su poder de compra, y los planes sociales se desplomaron un 72,3% en su capacidad adquisitiva. A pesar de esta situación, el organismo oficial sostiene que hay menos pobres en el país.
El consumo es otro indicador que contradice la versión oficial. Según informes privados, la venta de alimentos y bienes básicos cayó un 10% en el mismo período en el que, supuestamente, menos personas cayeron en la pobreza. En paralelo, la actividad económica, descontando el impacto del agro, cayó un 1% interanual. Es decir, no hay más empleo ni más consumo, pero el Gobierno dice que hay menos pobreza.
El economista Guido Agostinelli cuestionó duramente estos números. «Es insólito que se celebre una baja de la pobreza mientras el ajuste destruye el poder adquisitivo de la gente. La apreciación cambiaria les sirvió para frenar momentáneamente la inflación, pero eso no es sostenible. Cuando llegue la devaluación, la situación va a empeorar», advirtió.
En cuanto a la tasa de pobreza del Indec, en la franja etaria 15 – 29 años fue del 60,7% en el primer semestre del 2024 (la general fue de 52,9%) y del 44,9% en el segundo (38,1% en la general).
Este dato fue resaltado por un estudio de Fundar y el Centro de Investigación y Acción Social (CIAS), en el cual se encuestó a 600 personas de entre 15 y 24 en 6 barrios populares del AMBA durante el segundo tramo del 2024.
El futuro cercano no parece alentador. La inflación, que había mostrado una desaceleración, volvió a acelerarse en febrero y se espera que continúe esa tendencia en marzo. Si el Gobierno no logra sostener la estabilidad cambiaria, el impacto sobre los precios será inmediato y revertirá cualquier mejora temporal en los indicadores de pobreza.
El discurso oficial insiste en que la economía va por buen camino, pero la realidad de la calle dice otra cosa. Menos consumo, más desempleo y salarios pulverizados contradicen la idea de una mejora social. Si la pobreza realmente bajó, la pregunta es: ¿a costa de qué indicadores se logró? Porque los números, lejos de dar respuestas, generan más dudas.
