América latina está inserta en un proceso mundial, aunque parte de la dirigencia no logre verlo. Por qué la crisis no afecta a Sudamérica. Los cambios que se avecinan.
En América latina se combina un período particular del mundo signado por la incertidumbre, con sus propios desafíos, los de la postransición democrática. Nuestra región vive una época donde el principal tema político ya no consiste en evitar el regreso del autoritarismo sino en construir democracias de bienestar.
En numerosos casos en América latina se desvincula lo que nos sucede de lo que pasa en el mundo. Creemos que somos fenómenos únicos, que cada país vive una historia propia, en la bonanza y en la desgracia. Así, nos olvidamos que gran parte de lo que nos sucede no es producto de nuestra voluntad ni de nuestro ingenio ni de nuestra torpeza. Como diría Bill Clinton, ¡es el mundo, estúpido!
En ese mundo, los últimos treinta años fueron tiempos de cambios profundos e incertidumbres. Entre otras cosas, vivimos el fin de un sistema bipolar, la desaparición de la amenaza del holocausto nuclear, la segmentación de los conflictos, la caída de un sinnúmero de barreras que liberaron el proceso de globalización, la emergencia en fuerza –y posterior debilitamiento– de la Unión Europea, la crisis fiscal de Estados Unidos y el nuevo liderazgo chino. Se podría ocupar una página con la enumeración de los cambios que se han sucedido.
A medida que todo esto pasaba, algunos mitos se construyeron con la rapidez de la espuma para concluir en el inexorable destino de todas las espumas.
Uno de ellos, a comienzos de los noventa, fue que estábamos en el inicio de un nuevo orden mundial que se mostraba como algo acabado. La idea era mala: cualquiera se da cuenta de que la vida nos cambia y de que nosotros cambiamos la vida, con lo cual la historia es siempre otra. Pero, además, ese nuevo orden, definitivo o provisorio, nunca llegó. Nuestro mundo siguió incierto y es incierto.
En la última nota de esta columna comentamos algunas consecuencias que trae vivir con la incertidumbre. Por lo pronto, supongo que usted coincide: se trata de un gran desafío. Las cosas no son claras. Las potencias de hoy pueden no serlo mañana y muchas de nuestras creencias acerca de cómo funcionan las naciones se tornan inconsistentes.
Donde hay humanos siempre hay incertidumbre. Pero en estos tiempos, cuando se desordenaron las cosas del pasado y todavía no se han vuelto a armar, vivimos una realidad aún más incierta. En este contexto, para la política, que debe fijar los objetivos y los caminos de las sociedades, usar la razón y el conocimiento es una cuestión esencial. Pero eso no es nada fácil, sencillamente porque la política no sólo se nutre de la razón y el conocimiento. También está habitada por las pasiones, el interés personal, la ambición de poder, el dinero y también –lo que no es nada menor– la ignorancia.
Nuestro mundo tiene un destino que aún no se desplegó. Ese destino será el establecimiento de un cierto orden en las relaciones mundiales por un cierto tiempo. No es buena cosa para los países, sobre todo los que no son poderosos, ignorar estos desafíos y, peor aún, despreciarlos.
En América latina este no ha sido un problema menor. La calidad política en algunos casos se ha mostrado francamente deficitaria. En la región hay países donde el conocimiento no parece ser un atributo necesario de quienes toman decisiones. No hablo, por cierto, del conocimiento decorativo, de la mal llamada cultura, sino de la comprensión sistemática de lo que sucede, de lo que pasó antes y de la imaginación sobre lo que puede acontecer.
Por ejemplo, un hecho llamativo es la notable ignorancia (espero que no sea ocultamiento) de que los fenómenos buenos o malos que nos suceden no son exclusivos a nuestros países, sino que forman parte de hechos que ocurren simultáneamente en varios.
Hay quienes creen que la insurgencia armada y el terrorismo de Estado pasaron sólo en su país y olvidan que fue un fenómeno continental. Sucedió al mismo tiempo en muchos lados. Con los tonos locales de cada sociedad, todos eran la expresión en nuestro territorio del conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética y sus aliados. Del mismo modo, vinieron transiciones democráticas que vivieron bajo el yugo de deudas externas generadas por dictaduras y que provocaron hiperinflaciones. Más tarde, con la globalización, llegó el período de las reformas económicas, con enormes consecuencias sociales y políticas. Ninguno de estos hechos mayores pasó en un sólo país, se dio, simultáneamente, en varios.
Lector, usted comprenderá la diferencia enorme que existe cuando un fenómeno sólo es propio de una sociedad y cuando es regional y reiterado. Sencillamente, la diferencia consiste en entender o no que la causa no está sólo adentro de un país sino que tiene que ver con el mundo y la región.
Algo semejante se puede decir de estos últimos años en que una serie de hechos positivos se han producido en Sudamérica. Todos vivimos una etapa de crecimiento importante, a pesar de la crisis mundial. La pobreza en casi todos los países se redujo notoriamente (a excepción de Chile que venía mostrando una disminución sostenida desde hace veinte años), los desequilibrios fiscales se achicaron, las reservas aumentaron, el desempleo bajó y la desigualdad varió, ligeramente, para el buen lado.
Si la impresión anterior es correcta, así como muchos creían que los males eran exclusivos de sus sociedades, no sería extraño encontrar que haya quienes digan que los avances también son hechos singulares y únicos. Por ignorancia o escamoteo, cometer ese error consiste nada más ni nada menos que en desconocer las causas de lo que pasa y no reconocer cómo el exterior tiene que ver profundamente con esos fenómenos nacionales. Este error, en un mundo incierto y desconcertante, es una combinación no deseable para los países de la región. Incluso es más bien peligrosa. Para entusiasmar multitudes, algunos pueden decir que los logros son propios. El problema no es ese sino creer que es así.
En este momento de incertidumbre, los desafíos para la política son enormes. No alcanzan la astucia y el ingenio para moverse en este mundo que nos toca habitar. El primer paso, que me parece útil para sostener el período que vivimos, es saber que en cierta medida no tenemos mucho que ver con lo que nos pasa.
