El organismo habilitó un nuevo desembolso aun con metas incumplidas y consolidó un esquema en el que el equilibrio fiscal quedó por encima del resto de los objetivos. La acumulación de reservas perdió peso y las exigencias se corrieron hacia adelante.
El Fondo Monetario Internacional avanzó con la aprobación técnica de un giro de 1.000 millones de dólares para la Argentina tras el encuentro en Washington entre Kristalina Georgieva y Luis Caputo. La decisión expuso un cambio relevante en el acuerdo: el respaldo se sostuvo incluso frente a incumplimientos en variables clave.
El entendimiento quedó sujeto al visto bueno del Directorio. Sin embargo, el dato central no estuvo en el monto, sino en el contexto. El organismo convalidó la revisión a pesar de los desvíos en la meta de reservas, uno de los pilares del programa original.
En este escenario, el Fondo reordenó sus prioridades. El foco se concentró en el frente fiscal. El Gobierno proyectó un superávit primario del 1,4% del PBI. Para el organismo, ese número alcanzó para sostener el acuerdo. La aprobación del Presupuesto 2026 y el paquete de reformas completaron el cuadro que el FMI interpretó como una señal de disciplina macroeconómica.
Así, el ajuste fiscal se consolidó como el eje que justificó el aval, aun cuando otros compromisos no se cumplieron. La lógica resultó explícita: preservar el equilibrio de las cuentas públicas y tolerar desvíos en otras áreas.
El punto más débil continuó en las reservas. El Banco Central cerró 2025 con un saldo neto negativo cercano a los 14.100 millones de dólares. Esa brecha dejó al programa lejos de sus objetivos iniciales. Lejos de frenar el acuerdo, el FMI optó por modificar las metas. Ahora proyectó una recomposición de al menos 8.000 millones durante 2026, junto con compras por unos 10.000 millones. La exigencia se desplazó en el tiempo.
La inflación también se mantuvo como un factor de tensión. Desde el Fondo advirtieron que el nivel de precios complicó el frente cambiario y afectó la acumulación de divisas. Esa señal no alteró la estrategia oficial ni la decisión del organismo.
El esquema dejó al descubierto otra debilidad. Los dólares no surgieron de una generación genuina, sino de financiamiento externo, deuda y operaciones financieras. Esa dinámica explicó la dificultad para fortalecer las reservas. El economista Andrés Asiain describió ese mecanismo con una frase directa: “Este año todavía no juntó reservas netas, porque básicamente todo lo que juntó fue para pagar deuda o por un repo”.
El desembolso cumplió además un rol político. Funcionó como señal de respaldo en un contexto frágil. “En términos de mercado, al gobierno le aporta porque muestra que el FMI lo respalda y le alivia la carga”, sostuvo Asiain, quien también advirtió que un rechazo hubiera tenido consecuencias más severas.
Aun así, el nuevo enfoque abrió interrogantes. La flexibilización de metas debilitó la consistencia del programa y reforzó una dependencia del ajuste fiscal como única ancla. El aval evitó un escenario crítico en el corto plazo. Sin embargo, postergó la resolución del problema estructural: la falta de divisas y la persistente fragilidad de las reservas.
