Pocos años después de comenzado el Siglo XIX, la paz y el sosiego, la serenidad política e inmutable realidad europea, comenzaría a mostrarse como una precaria estabilidad. Con la autoridad que le otorgaban los hechos consumados, nuestros criollos optaron por “juntarse”.
Por Alberto Carbone, Profesor de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, UBA
“JUNTAS” POR LA LIBERTAD
Pocos años después de comenzado el Siglo XIX, la paz y el sosiego, la serenidad política e inmutable realidad europea, comenzaría a mostrarse como una precaria estabilidad. El creciente dominio francés sobre Europa operaba como suficiente preocupación a los habitantes del “viejo mundo”, situación suficiente como para que los criollos americanos pudieran comenzar a animarse a decidir acciones en favor de su propia autonomía. La posterior ocupación francesa de España por Napoleón Bonaparte precipitó la decisión. En América se establecerían “Juntas” de vecinos, a imagen y semejanza de las españolas, para resistir las supuestas pretensiones galas en el nuevo continente.
La Península Ibérica estaba decidida a oponerse al “francés” y para ello rechazó por medio de la instalación de “Juntas” a los elegidos que el Rey José Bonaparte enviaba a cada ciudad española.
Con la autoridad que le otorgaban los hechos consumados, nuestros criollos también optaron por “juntarse”. La diferencia fue que añadieron a aquella decisión, la de no aceptar la autoridad de Cisneros, a la sazón Virrey del Río de la Plata, nominado por la “Junta Central de Sevilla” en nombre del Rey Fernando VII, preso en París por orden de Napoleón.
Aquella “Junta Central” también había caído en las garras del invasor. Los futuros “patriotas” tenían las manos libres para decidir los normes del nuevo gobierno. Más o menos así se consumó el 25 de Mayo de 1810.
LOS UNOS Y LOS OTROS
Pero poco después de comenzado el derrotero juntista, el Río de la Plata comprobó dos líneas de acción política dentro del seno gubernamental. Dos derroteros u objetivos, que marcaban claramente la postura o intereses de ambos bandos.
Morenistas y Saavedristas discutirán enconadamente por imponer la Revolución a ultranza los primeros y el diálogo los segundos.
Sabemos ahora, después de doscientos años, que quienes triunfaron utilizaron artilugios non santos. La desaparición física de Moreno postergó las propuestas más innovadoras y la nueva administración política adoptó posturas conservadoras.
Unos y otros miraban esta tierra como fruto original de un nuevo país, pero los caminos que eligieron quienes triunfaron demoraron mucho las decisiones finales.
La coyuntura tampoco era tan favorable a los cambios, inundada por recelos interprovinciales. Esta situación provocó que en tres años alternaran vario gobiernos sucesivos: La Junta, la Junta Grande y los dos Triunviratos.
Es cierto que al fin la Asamblea del Año XIII tomo decisiones autónomas, pero sin embargo no se atrevió a proponer la Independencia.
CON NAPOLEÓN ERA OTRA COSA
Hasta que al fin sucedió. Napoleón fue derrotado.
Así como la acción de Francia precipitó el vuelco político criollo en favor de un proyecto político autónomo, la derrota del gran estratega galo condicionó esa decisión y hasta llegó a aterrar al grupo criollo enquistado en el Poder político.
En el Río de la Plata, por ejemplo, bastó enterarse de la recuperación de Caracas por el ejército español, para que se decidiera instaurar un gobierno unipersonal en Buenos Aires para representar a todas las provincias. Nació el “Directorio”.
De la mano del militar Carlos María de Alvear, quien había llegado al Puerto de Buenos Aires en 1812 con José de San Martín, el Directorio pretendió negociar con España con el objeto de defender sus prerrogativas y hasta persiguió a José Artigas que en la Banda Oriental, estaba decidido a impulsar la Independencia del Cono Sur de América.
San Martín, en las antípodas de Alvear, se definió más cercano a la visión artiguista exigiendo la proclamación de la Independencia, para llevar esa “bandera” posteriormente a Chile y Perú.
TUCUMÁN ERA UNA FIESTA
Así las cosas, Narciso de Laprida, mendocino y amigo personal del “Padre de la Patria”, promovió como Presidente del Congreso de Tucumán, instalado a partir del 24 de marzo de 1816, la Declaración de la Independencia, que fue aprobada el 9 de julio de ese año.
Tucumán fue una fiesta en las calles y en cada casa. Los boliches estuvieron de bote a bote toda la semana y hasta eligieron una reina, la de la “Patria”, galardón que curiosamente recayó en la hija del gobernador.
Hasta el joven Manuel Belgrano estuvo presente, bailando en cada peña popular con la mujer que poco después le diera una hija.
Sin embargo, a pesar de todo, no obtuvo la gracia de que aquel cónclave la aprobara aquella bandera azul y blanca con la que distinguiera al Ejército del Norte camino a la campaña al Alto Perú.
Acosada la incipiente Patria por el ejército español desde la Bolivia actual y desde Chile, la declaración de la Independencia fue crucial para demostrar que nuestro suelo estaba decidido a todo.
Por eso pareció una decisión urgente y por ello fue Tucumán el lugar elegido.
El año de 1816, podemos decir, que constituyó el cenit de aquella antigua propuesta emancipadora que había cumplido seis años. Lo que pasó después, es otra historia.
