En los últimos días se ha ido acrecentando la presencia de la cuestión económica en el discurso político producto de la proximidad de las elecciones presidenciales y, ante un debate de los candidatos, tomará mayor preponderancia aun.
Por Alfredo Mason
En los últimos días se ha ido acrecentando la presencia de la cuestión económica en el discurso político producto de la proximidad de las elecciones presidenciales y, ante un debate de los candidatos, tomará mayor preponderancia aun. Por eso buscamos poner en claro las condiciones políticas de los modelos económicos.
Algunos de los economistas que nutren a la oposición sostienen la existencia de un fuerte atraso cambiario, quieren combatir la inflación, achicar el Estado prescindiendo de empleados públicos y volver al mercado financiero internacional. Estas cuestiones no necesitan demasiada aclaración, pues son las medidas que llevaron adelante tanto José A. Martínez de Hoz como Domingo F. Cavallo, con las consecuencias conocidas. Lo que buscamos aclarar es la propuesta de la profundización del modelo que nos permitiera salir de la crisis en que nos sumieron las políticas neoliberales y el crecimiento durante una década.
Por el contrario, para Daniel Scioli, la economía está ligada a la producción y al trabajo, a lo cual llama desarrollo; y aquí, sintéticamente, aparece la concepción más genuinamente peronista de lo económico y lo social: la variable para medir la «salud» de una economía no es otra que la generación de trabajo. Una sociedad estructurada desde lo laboral genera una cultura inclusiva, recubriendo de dignidad a cada uno de sus miembros y consolidando identidades y colectivos en los términos que propician los Derechos Humanos expresados en nuestra Constitución.
Contrariamente a ello, el capitalismo financiero no necesita generar trabajo, lo que busca es el endeudamiento de los pueblos. En nuestra historia encontramos varios ejemplos de ello: la generación de la deuda externa que desde 1976 hasta 2004 encorsetó la vida no solo de los trabajadores, que se quedaban en la calle, sino también de quienes daban trabajo, que veían cerrar sus pymes; hoy también podemos ver la actitud de los «fondos buitre», que no les interesa negociar el cobro de sus bonos sino ejercer un poder de determinación sobre las políticas argentinas.
No hay ningún elemento en la situación política y económica de los Estados Unidos y de Europa que permita prever una situación de «campo orégano» para el próximo gobierno argentino, pues se está buscando la resolución de la crisis del neoliberalismo transfiriéndola a nuestras tierras, fijando bajos precios a la producción primaria y el petróleo. Ello determina la importancia de centrar la economía en el desarrollo y el trabajo, pero ya no sólo para el mercado interno sino ganar competitividad pensando en un mercado cuyos márgenes son los de la Patria Grande.
Es adquiriendo esa escala y no con una devaluación que licúe los sueldos de los trabajadores que nuestra economía impulsará el desarrollo. Para ello, el Estado debe tomar una activa participación, no sólo por medio de la realización de las obras públicas necesarias para construir las vías de logística comercial, sino orientado el ahorro nacional hacia esos fines productivos por medio de un banco de desarrollo, tal como expresara reiteradamente Daniel Scioli.
Desde el punto de vista social, una economía cuyo eje central es la generación de trabajo se refleja socialmente en los trabajadores y empresarios en su búsqueda de alcanzar una mejor calidad de vida, tanto para ellos como para sus hijos. Cuando no es así, la preocupación es llegar a fin de mes, la «tasa riesgo país» o la aceptación de un «contrato basura» o «trabajo en negro» para subsistir. Y esto no es una interpretación, es historia para varias generaciones de argentinos.
El proyecto propuesto se completa poniendo la educación al servicio del trabajo. Ello significa orientar el sistema educativo formal hacia las cuestiones y necesidades que consideramos los argentinos prioritarias, con el mismo espíritu con el cual Perón fomentaba las escuelas –fábricas y la Universidad Obrera, fuente de investigación y desarrollo tecnológico aplicado–. Aunando así dos tradicionales caminos de ascenso social: estudiando y trabajando, con una visión propia del siglo XXI.
Por ello, lo que vamos a elegir en octubre es mucho más que un presidente, tenemos que elegir entre dos modelos, y por eso la política hoy es una tensión entre seguir siendo nosotros, ese colectivo que llamamos argentinos, o ser parte de algo que determinan otros, según sus intereses, como les está pasando a algunos pueblos europeos sumidos en una crisis.
