Milei eligió pararse en el mismo escenario desde el que Agustín Laje acusó a la izquierda de “gente enferma” y Nicolás Márquez llamó a “exterminar” a los enemigos.
Javier Milei eligió pararse en el mismo escenario desde el que Agustín Laje acusó a la izquierda de “gente enferma” y Nicolás Márquez llamó a “exterminar” a los enemigos. Lo hizo sin un solo reparo, sin tomar distancia, sin una palabra de repudio. Al contrario: los elogió, celebró la “batalla cultural” que encabezan y los ungió como soldados de un proyecto que —según dijo— “no va a parar hasta ser el país más libre del mundo”.
“La Derecha Fest” fue organizado como un acto de campaña, pero también como un festival ideológico donde se mezclaron consignas antidemocráticas, exaltación del odio político y celebraciones autoritarias. El cierre del Presidente no fue una excepción, sino el broche de oro a una jornada que transitó a paso firme por los márgenes de la violencia simbólica y verbal.
| El terror de los zurdos: El presidente Javier Milei (@JMilei) se abrazó con el escritor derechista Agustín Laje (@AgustinLaje) tras subir al escenario de La Derecha Fest, el evento organizado por La Derecha Diario en Córdoba. pic.twitter.com/8zOM5ySd6a
— La Derecha Diario (@laderechadiario) July 23, 2025
Agustín Laje, uno de los oradores principales y referente del ultraconservadurismo local, se refirió a la izquierda como “moralmente podrida” y afirmó que “el corazón de la izquierda es gente enferma, gente oscura”. Sostuvo que su motor es “la envidia” y que “la envidia ensucia el alma y provoca infelicidad”. No hubo metáfora: su discurso fue literal, binario y beligerante. “Hacían malabares para despegarse de la derecha y así les fue. Los destrozaron en la batalla cultural”, advirtió con tono de victoria.
El discurso de Nicolás Márquez fue todavía más extremo. “Estamos en guerra”, dijo desde el escenario, y advirtió que no se trata de una democracia pacífica. “Son enemigos. ¿Y qué tenemos que hacer con nuestros enemigos? No se puede dialogar. Hay que exterminarlos política, cultural e ideológicamente”. La palabra “exterminar”, dicha con tono épico, no generó ninguna incomodidad en el ambiente. El Presidente habló minutos después, sin mostrar sorpresa ni incomodidad.
En lugar de desmarcarse, Milei se abrazó al tono del evento. Agradeció a los asistentes, habló de “la casta” como enemigos que ya no tienen lugar en el sistema político, y convocó a sus seguidores a ser parte de la “batalla cultural” en cada rincón del país. Lo hizo sin disimulo: “Ustedes son los soldados que van a dar la batalla cultural. Es la que le va a dar sostenibilidad a este camino de gloria que estamos iniciando”.
A la par, lanzó nuevos dardos contra Victoria Villarruel —a quien calificó como “bruta traidora”— y reivindicó a sus ministros estrella, Federico Sturzenegger y Luis Caputo. Aseguró que su gobierno ya hizo “2.800 reformas estructurales” y que eso equivale a “28 veces más que las que hizo Menem”. Dijo que borró “cien años de legitimismo” y reafirmó su voluntad de profundizar el rumbo: “No vamos a parar”.
Pero lo más inquietante no fue el diagnóstico, sino la postal: Milei cerrando con aplausos un acto donde se incitó al odio, se deshumanizó a los adversarios y se reivindicó la idea de una guerra cultural como cruzada contra todo lo distinto. El Presidente, lejos de frenar la escalada, la acompaña con entusiasmo. Y en ese camino, borra los límites institucionales y éticos que separan a una democracia imperfecta de un régimen de persecución ideológica.
Mientras tanto, la palabra “libertad” se vacía en cada paso de ese recorrido.
