El empate ante Caracas y la eliminación en la Copa Sudamericana terminaron de desnudar un semestre devastador que roza lo grotesco. Gustavo Costas, símbolo eterno del club, habló de “un semestre muy malo” y evitó confirmar su continuidad. La frase tuvo peso no sólo por lo que dijo, sino por quién la dijo: un hombre que siempre pareció inmune al abatimiento.
Por Marcial Ferrelli
Hay equipos que pierden partidos y otros con la sucesión de derrotas el rumbo, Racing Club hoy, parece habitar ese segundo territorio: más profundo, silencioso y peligroso. La sensación ya no pasa únicamente por los resultados. Lo que inquieta en Avellaneda es algo menos tangible, pero mucho más grave: Racing juega como un equipo que dejó de reconocerse, como un rejuntado de fines de semana.
El empate ante Caracas y la eliminación en la Copa Sudamericana terminaron de desnudar un semestre devastador que roza lo grotesco. Gustavo Costas, símbolo eterno del club, habló de “un semestre muy malo” y evitó confirmar su continuidad. La frase tuvo peso no sólo por lo que dijo, sino por quién la dijo: un hombre que siempre pareció inmune al abatimiento.
El Racing de hace apenas un año transmitía otra cosa. Había intensidad, convicción y una identidad emocional arraigada en cada uno de los integrantes del plantel. Incluso cuando jugaba mal, competía y no en términos «gagueanos», sino dejando cuerpo y alma en cada campo de juego. Hoy aparece fracturado en bloques, vulnerable defensivamente, con errores propios, un medio desequilibrado con prisa desordenada y sin imaginación en ataque. La estadística acompaña el diagnóstico visual: malos números en el torneo local, eliminación internacional y un funcionamiento que nunca terminó de consolidarse, coctel de final de ciclo.
La deriva también es institucional. La llegada de Diego Milito había despertado expectativas enormes. El famoso “salto de calidad” se convirtió rápidamente en un lugar común, vacío de ideas y planificación, una frase incómoda con aires arribistas europeos pero sin pasaporte. Parte de la hinchada ya comenzó a apuntar contra la dirigencia por varios mercados de pases insuficientes, desequilibrados y mezquinos, sumados a decisiones difíciles de explicar, como el estado del campo de juego a principios de año y las excusas de la herencia recibida.
Sería injusto reducir todo a nombres propios. Hoy Racing transmite agotamiento, desencanto emocional. Futbolistas desconectados, referentes fuera de nivel y un clima de nerviosismo constante. El equipo parece jugar perseguido por su propia ansiedad, nunca entendió los negocios resultadistas ni dentro ni fuera de la cancha, pagó carísimo la decisión de seguir buscando triunfos cuando sumar le servía, arriegando demasiado y sufriendo eliminaciones tempranas Cada error pesa el doble. Cada derrota acelera el murmullo. Cada partido da la impresión de ser una prueba terminal.
Y la paradoja del goleador, que nos vendió el paraíso y abrió las puertas de las tinieblas con ese penal picado-pecado que padecimos y pagamos desde aquel entonces. La estampita de San Tander que portó el jueves abajo del arco y nos hundió en este infierno.
Las reacciones de los hinchas en redes y foros reflejan ese hartazgo. Algunos apuntan al entrenador, otros a los jugadores y otros a la dirigencia. Lo único en lo que parece haber consenso es en el desencanto.
Todos los sectores tienen algo de responsabilidad, los que toman decisiones, nunca entendieron que luego de la dura derrota agónica en Santiago del Estero, había que depurar gran parte del plantel, confiaron en la base que bailó a Botafogo y alzó la Recopa, se relajaron a que la final sería una anécdota. Grave error conceptual, en ese cambio de año había que barajar y repartir nuevamente, rearmar y potenciar lo que andaba disfuncional. Vender antes de la competencia y equilibrar líneas. Hicieron todo al revés, cedieron a casi todos los volantes centrales, ofertaron a Almendra, liquidaron a Nardoni con el torneo iniciado igual que a Balboa, el suplente de Martínez, y lo que trajeron fue de apuro y sin convencimiento, como la apuesta de Pizarro, un chileno que había jugado un puñado de minutos en un semestre. Por supuesto que con toda esa impro adelantaron el matutino del lunes, que todos los hinchas olíamos. Un experimento abominable que se llevó con el viento las consagraciones del 24 y comienzos del 25.
El día después
Lo más preocupante no es la eliminación ni la mala racha. Los clubes grandes sobreviven a eso todo el tiempo. El problema aparece cuando un equipo pierde su eje y empieza a actuar por inercia. Ahí nace la deriva: cuando nadie sabe muy bien hacia dónde va, pero todos sienten que algo se está hundiendo. Gustavo siempre será parte de la institución, se sacó la espina, salió campeón y ahuyentó los 36 años de sequía continental, armó un equipazo y se plantó en todos lados.
Se perdió la conexión, ya no llega el mensaje pasional de la actitud, no hay propuesta de valor en el juego, todo se vuelve previsible y constante. Los errores se repiten y no se corrigen, pareciera que todo da lo mismo sin exhibir una vergüenza deportiva, lenguaje corporal derrotista.

Quedan dos partidos para cerrar un semestre hasta acá pésimo que se puede convertir en nefasto, si ese karma llamado Copa Argentina le propina el golpe de knock out a fin de mes en Jujuy ante Defensa y Justicia —rival siempre difícil para Racing— será el último baile de varios campeones que piden salida.
Ojalá que avanzando a octavos cambie el aire y el rumbo de la última mitad del año 2026. Correr la piedra con la que tropezaron varias veces los dirigentes y planificar seriamente el futuro para volver a ser felices viendo al equipo que superaba a casi todos los rivales.
Siempre estuvimos en las malas…las buenas ya van a venir.
Gracias Gustavo Adolfo Costas, siempre estarás bordado en el escudo, que no te traicione la pasión y te tengas que ir por la avalancha del repudio.
