Cortes de pollera, piquitos, barro y ahora un baño de agua fría en una pantalla cada vez más hot. ¿Perfomances dignas de un comediante o un conductor que se va de mambo? Todas las opiniones.
Primero fue el corte de polleras. O los piquitos. Después, en un ShowMatch cada vez más caliente, se dejó embarrar, literalmente, por una embarrada Karina Jelinek. Y en la noche del martes, Marcelo Tinelli aceptó que Mónica Farro lo duchara en cámara para que el agua fría bajara la temperatura que había levantado, minutos antes, la presentación de la vedette con un nuevo ritmo, el strip dance, un espectáculo casi pariente del porno soft para las noches de la televisión abierta. “Basta –gritó mientras se mojaba–, ¡que me voy a tirar de cabeza a la espuma!”. ¿Cuál será el límite de las performances de Marcelo Tinelli?
Para Adriana Amado Suárez, analista en Medios de Comunicación, el conductor “está cada vez más zarpado. La voracidad por mantener el rating lo hace cometer excesos. Tiene impunidad para probar cualquier cosa porque se le conciente y se le festeja, aun en la crítica.
La ducha produjo el efecto buscado. ¿Qué le queda después? La escatología es infinita. El límite lo pondrá la audiencia”. Discrepa Laura Ubfal: “Yo creo que este año Tinelli mató a Olmedo y a Francella juntos. ¿No viste lo que hace con la pollerita? Parece el Manosanta. Él es totalmente consciente de cada uno de sus actos y de cómo repercuten. Si se lo ve más suelto ahora, es porque explota sus dotes actorales. Hablar de inconciencia en Tinelli es no conocerlo”.
No es la primera vez que Marcelo aporta a su programa sketches humorísticos (vale recordar sus hazañas devorando alfajores triples en la prehistoria de VideoMatch). Pero sus humoradas ganaron, en pocos meses, muchísima temperatura. “Marcelo es cada vez mejor conductor. Está distinto porque fue ganando en recursos a lo largo de estos años. Ahora se caga en todo y no le tiene miedo al ridículo y es uno de los pocos en la televisión que se permite tanta espontaneidad”, dice Pablo Granados, ex integrante de la troupe Tinelli.
Desde las monerías en el suelo con Xifo, el lazarillo del ya eliminado Serafín Zubiri, hasta la noche del martes, ha corrido mucha agua bajo el puente. Sólo en esta edición del certamen son varias las anécdotas del showman hábil, absoluto e infalible que antes y después de cada baile, logra conservar el rating a costa de los demás. Si a los inventos de años anteriores (el mencionado corte de la pollerita o los desfiles de las chicas) se le suman los que van apareciendo en cada programa con la cooperación incondicional de los participantes (el que se luce, siempre, es Tinelli), el resultado es un combo de posibilidades capaz de llenar muchas horas de televisión.
Una de las que aportó al lucimiento del conductor-cómico fue Karina Jellinek: más allá de las burlas a las que se somete antes de cada presentación, el hito del año fue la coreografía que involucraba una pileta de barro con el que la modelo embadurnó al conductor. No hace falta decir que el rating trepó hasta el cielo –hizo 29.5 en promedio– en ese jugueteo en el que Tinelli parecía, sí, olvidarse de las cámaras que lo grababan, confirmando la teoría.
Luis Ventura discrepa: “Marcelo está todo el tiempo mirando el minuto a minuto. Lo que pasó el martes fue que Farro se puso en pelotas, midió bien y él supo prolongar su aparición en cámara. La gente lo sigue porque tiene magia y él sabe cómo usarla. Los que se asignan los puntos de Marcelo se equivocan: Farro también se puso en pelotas en el Tabarís y a los dos meses la tuvieron que levantar”.
