Cristina no será candidata a presidenta, salvo que exista un verdadero «operativo clamor» o un «estallido económico». La expresidenta se lo transmitió a un intendente y a un encuestador de confianza. Sólo esas situaciones podrían hacerla cambiar de opinión. La Cámpora, expectante
En la apertura de sesiones legislativas del 2011, en el Congreso, la entonces presidente Cristina Kirchner pidió a la oposición y los medios que “no se hagan los rulos”. Fue una respuesta a un rumor de aquellos días que indicaban que la mandataria podía intentar una reforma constitucional para buscar su segunda reelección. Fue además una respuesta al nacimiento del Frente Renovador, que hizo campaña política con el fantasma de la “reelección eterna”.
Aquella vez Cristina cumplió y los rumores de reformas fueron solo eso. Nunca se conoció ni siquiera un bosquejo de un expediente que permita la reelección. La realidad indica que sólo fue un discurso político de espacios opositores. El futuro electoral de la expresidente es hoy nuevamente tema de hipótesis. El respaldo de las urnas para el actual gobierno depende más de eso, de ser el antagonismo de Cristina que de poder revindicar banderas políticas y económicas.
Todos los sondeos lo dicen. La imagen del gobierno cae y un buen desempeño electoral se mide con una sola posibilidad: tener a Cristina enfrente.
La definición la escucharon de primera mano un intendente bonaerense y un encuestador de Unidad Ciudadana. Y el escenario que vislumbra Cristina es para garantizar la reelección de su hijo Máximo como diputado nacional, por Santa Cruz o por Buenos Aires. Los fueros le permitirían ganar tiempo en las distintas causas que lo acechan. En ese marco, la expresidente solo sería candidata si se produce un “estallido económico” similar al 2001, o si aparece un auténtico operativo clamor y coincidencia desde el peronismo y espacios cercanos.
Cristina está viviendo en las últimas semanas una primavera en las encuestas, en las que sigue con números absolutos en rojo pero relativamente mejor que el resto de los opositores.
Mientras Cristina cultiva el perfil bajo y se autoexcluye por ahora de la pelea electoral, quienes más los sufren son los estrategas del oficialismo. Ante sus propios traspiés, creen que la ex presidenta sigue siendo el mejor rival para ganar con la teoría del «menos malo».
