Por Diego Avancini
(Presidente del Bloque La Libertad Avanza Tigre)
La captura de Nicolás Maduro marca, sin ninguna duda, un hecho de enorme impacto político y simbólico en toda nuestra región. Pero esto no nos debe llevar a caer en el error y hasta en una peligrosa simplificación de confundir la detención de un dictador con la caída de una dictadura. Maduro fue capturado, pero el régimen que sometió a Venezuela durante más de 26 años sigue gobernando. Sin desmerecer la lógica y merecida alegría de miles de venezolanos en el exilio, esto es apenas el primer paso de un proceso que, todavía, está lejos de garantizar libertad, democracia y justicia para el pueblo venezolano.
LA CONTINUIDAD DEL PODER REAL: EL CHAVISMO SIN MADURO
Mientras Maduro comienza a ser juzgado en los EE.UU., el aparato de poder permanece intacto. La estructura política, militar y represiva del chavismo sigue operativa, ahora encabezada formalmente por Delcy Rodríguez, pero sostenida en los hechos por figuras clave como Diosdado Cabello, verdadero arquitecto del control interno, del sistema de inteligencia, de la persecución política y de la represión sistemática. Cabello es uno de los máximos responsables del terrorismo de Estado en Venezuela, que incluye detenciones arbitrarias, desapariciones, censura, control de medios y uso de la violencia como herramienta política. Sin desarmar ese núcleo duro del poder, Venezuela sigue bajo el yugo de una dictadura asesina.
Las medidas adoptadas en las últimas horas por el régimen (estado de alerta, militarización, control informativo, detenciones de periodistas y restricciones a la circulación), confirman una verdad incómoda: la dictadura no retrocede, se atrinchera.
LA TRAGEDIA VENEZOLANA: 26 AÑOS DE DESTRUCCIÓN
El chavismo dejó un saldo devastador que no admite relativismos ni excusas ideológicas: millones de venezolanos forzados al exilio. Colapso económico, pobreza estructural y destrucción del aparato productivo. Violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Eliminación de la división de poderes y del Estado de derecho.
Esta tragedia no ocurrió de un día para el otro. Fue el resultado de 26 años de autoritarismo sostenido, tolerado y, en muchos casos, legitimado desde el exterior.
EL FRACASO DE LA ONU Y LA OEA
La situación venezolana expone como pocas veces el fracaso de los organismos internacionales. La ONU miró para otro lado mientras se consolidaba una dictadura; la OEA fue incapaz de generar una acción regional efectiva. Y ni hablar de la agonizante UNASUR que, bajo discursos cínicos e hipócritas cargados de ideología, simplemente se convirtió en cómplice. Hoy, muchos de esos mismos organismos parecen más preocupados por cuestionar la forma de la captura de Maduro que por condenar con firmeza la continuidad del régimen criminal que sigue oprimiendo al pueblo venezolano. Esa doble vara es parte del problema.
LA HIPOCRESÍA REGIONAL: LOS CÓMPLICES DE AYER, LOS INDIGNADOS DE HOY
Resulta imposible no señalar la connivencia de gobiernos y dirigentes políticos, tanto argentinos como de países de la región, que durante años reconocieron elecciones fraudulentas, sostuvieron vínculos diplomáticos con la dictadura, callaron frente a la represión y el exilio masivo, e incluso hicieron sucios negociados. Vale recordar las valijas llenas de dólares a la Argentina de la mano de Antonini Wilson durante el gobierno kirchnerista.
Hipócritamente, hoy, muchos de ellos se rasgan las vestiduras hablando de “soberanía” y “derecho internacional”. En realidad, no están defendiendo ningún derecho, están queriendo realizar un encubrimiento político.
EL RESPALDO AL LIDERAZGO FIRME: MILEI Y TRUMP
La posición política argentina anunciada por el Presidente Javier Milei deja una definición contundente: frente a dictaduras criminales, la tibieza no es neutralidad, es complicidad. El respaldo a su par estadounidense Donald Trump se inscribe en una lógica coherente: no se negocia con dictaduras, no se las maquilla, no se las legitima. Se las enfrenta con valentía y decisión política.
Eso no implica celebrar soluciones mágicas ni intervenciones vacías, sino reconocer que la libertad requiere liderazgo, convicción y ruptura con el consenso hipócrita que durante décadas protegió a los regímenes autoritarios.
LA CAPTURA ES UN COMIENZO, NO EL FINAL
La detención de Maduro puede ser el inicio de un camino, pero no alcanza. Venezuela no será libre mientras el asesino Diosdado Cabello y el núcleo duro del chavismo sigan manejando el poder, las fuerzas represivas continúen operando, los organismos internacionales sigan en un limbo y Latinoamérica siga eligiendo la comodidad del silencio. La libertad no se proclama con un arresto, se construye desmantelando la dictadura completa.
Hasta que eso ocurra, Venezuela seguirá siendo rehén de un régimen criminal. El mundo, y la región en particular, deberán decidir si se quiere ser parte de la solución o seguir siendo parte del problema.
