El gobierno de Javier Milei acaba de sumar otro incumplimiento a su lista de promesas rotas ante el Fondo Monetario Internacional. Esta vez, el responsable de oficializarlo fue el ministro de Economía, Luis Caputo, quien admitió que la balanza de pagos sufrirá un déficit cinco veces superior al comprometido en el acuerdo que le permitió a la Argentina recibir otros 20.000 millones de dólares.
El dato no es menor. La cuenta corriente de la balanza de pagos es uno de los indicadores más sensibles de la economía, porque mide la diferencia entre el ingreso y la salida de divisas por exportaciones, importaciones, rentas y transferencias. En otras palabras, refleja si la Argentina es capaz de generar los dólares que necesita para sostener el consumo, la inversión y el pago de deudas.
Mientras Milei y Caputo se jactan de haber terminado con el déficit fiscal primario en pesos, en el frente externo los números vuelven a desmentirlos. Según las propias proyecciones del equipo económico, este año el déficit de cuenta corriente alcanzará el 2% del Producto Bruto Interno, cuando en el último staff report con el Fondo figuraba una estimación de apenas 0,4% para 2025. La brecha equivale a un aumento del 400% respecto del escenario comprometido con el organismo.
Lejos de reconocerlo como un retroceso, el viceministro José Luis Daza buscó relativizar el problema. Desde un foro financiero en el Banco Galicia, aseguró que el desequilibrio se debe a “buenas razones” como un supuesto crecimiento económico del 6%. Daza intentó justificar que “un déficit del 2% en un país que crece al 6% es algo absolutamente esperable”, aunque no explicó con precisión cómo se financiará esa salida neta de dólares en un contexto de reservas escasas y vencimientos de deuda que se acumulan.
La explicación oficial se ampara en comparaciones con otros países de la región que, según Daza, también tienen déficits externos significativos. Pero esos ejemplos corresponden a economías con estabilidad cambiaria y acceso a financiamiento voluntario, condiciones que la Argentina perdió hace tiempo.
Para el Fondo Monetario, este incumplimiento se suma a la admisión reciente de que el Banco Central no podrá acumular las reservas netas previstas en el acuerdo. La acumulación de divisas era uno de los principales pilares de la hoja de ruta que Caputo vendió como garantía de sostenibilidad del plan económico. Sin embargo, la proyección actual revela que el modelo libertario de Milei no logra revertir la dependencia crónica del endeudamiento externo.
La contradicción salta a la vista: mientras el gobierno proclama austeridad fiscal y superávit primario, multiplica los desequilibrios en dólares. El déficit de cuenta corriente expone un esquema que prioriza la apertura importadora y la liberalización financiera sin resolver la falta de divisas genuinas.
Luis Caputo insiste en que la situación es manejable y que el programa sigue encaminado. Pero los números muestran que la Argentina terminará este año con un rojo externo que multiplica por cinco el límite original que el propio gobierno comunicó al Fondo. La brecha se financia hoy con más préstamos internacionales y un endeudamiento creciente que hipoteca la estabilidad futura.
Las promesas de Milei y Caputo de reordenar la macroeconomía se chocan contra la evidencia. La balanza de pagos vuelve a ser la piedra en el zapato de un modelo que, bajo un relato de disciplina y pureza de mercado, termina agravando la vulnerabilidad externa que prometía corregir.
Mientras tanto, el FMI observa. El organismo ya concedió varios desvíos en las metas sin activar sanciones inmediatas. Pero el costo de esta complacencia es que la Argentina sigue alimentando un déficit en dólares que, tarde o temprano, exigirá un ajuste aún más duro o un nuevo ciclo de endeudamiento.
La receta libertaria no resuelve la fragilidad estructural. La profundiza. Y el propio Caputo, el mismo que prometió equilibrio, hoy reconoce que las cuentas externas se encaminan a un agujero que el gobierno juró cerrar. Una promesa más que se desmorona con la misma velocidad con la que se diluyen los dólares del Banco Central.
