La Scaloneta se quitó el respirador artificial y toma un aire renovado después de vencer a México y reacomodarse en su grupo. Fue de menos a más, cambió la actitud para el complemento —luego de un primer tiempo muy flojo— y recuperó la confianza, se animó y tuvo premio. Tendrá que usar este triunfo de trampolín para lo que sigue en el Mundial. El miércoles se define el liderazgo ante Polonia.
La premisa de toda la delegación argentina era ganar, se jugaba con el resultado del otro partido del grupo y no cabía otra posibilidad. El traspié en el debut le daba otra vida al equipo, depender de sí mismo para avanzar de ronda.
Durante el primer tiempo contra México, parecía una copia del encuentro anterior, desconexión, falta de sociedades, errores en los pases y esa larga distancia con el arco rival. No había forma de avanzar ni de generar juego, se veía un equipo fuera de acción. Se siente y mucho el nivel subterráneo de Rodrigo De Paul, ese fusible integral que supo mezclar recuperación, toque y habilitaciones durante el exitoso proceso de Scaloni, que en el Mundial no ha podido mantener el nivel ni hacer pie en el campo de juego.
La cosa se iba poniendo brava, corrían los minutos y la reacción no aparecía. Los futbolístas mexicanos se multiplicaban, cerraban los espacios y no dejaban mover al cerebro del equipo argentino, Leo Messi, que buscaba por el centro, se lateralizaba para confundir a sus marcas, la pedía pero nada salía desde su pie izquierdo. El descanso era una necesidad, saber qué directriz vendría de afuera para vulnerar esa barrera verde.

En la otra mitad que faltaba, la actitud cambió, el equipo se paró más adelantado, la pelota empezó a correr de un lado al otro y por el medio se podía romper líneas y avanzar por adentro. La constancia de eso fue una apilada de Messi que encontró una pierna fuerte al borde del área de Ochoa, le daba un tiro libre inmejorable para quebrar el cero. Desde su perfil ideal, remató el diez pero le salió alto y se fue por encima del arco. Desde ahí, cambió totalmente la fisonomía del encuentro. México interpretó que el punto le servía, se fue retrasando, entregó pelota y esperó muy cerca de su arquero.
Los cambios fueron agua en el desierto qatarí disfrazado de estadio. Hubo un click general en el equipo, que ya mostraba otra imagen. Pasada la hora de juego, apareció Di María que poco había hecho, asistencia y Leo sin dudar sacó un latigazo al ras, que se metió pegada al palo de Ochoa. Grito, desahogo y respiración profunda, adentro, en las tribunas repletas del Lusail y en un país que devoraba uñas y golpeaba paredes.

Un alivio desde el marcador, se manejó el tiempo que quedaba con balón en bolsa, lejos de Dibu, distribución, paciencia y lucidez para controlar el partido. Todo lo que faltó con los árabes aparecía frente a México, que intentó reaccionar pero ya era tarde, porque Enzo Fernández, sacó el pincel y en tres segundos pintó un gran gol con una variada paleta de colores, bicicleta, hamacada para despistar al defensor y caricia con el empeine para enroscar un remate que terminó su curva en el lateral de la red del lado de adentro. Obra de arte y cierre de angustias.
La selección recuperó la sonrisa con el resultado, el triunfo devuelve confianza y motiva para la final que queda el miércoles por el primer lugar del grupo. El recambio mostró el camino, la rotación conviene, con todos en plenitud física. El objetivo vuelve a recuperar espacio y enciende la llama nuevamente. La muestra de carácter suma más que los tres puntos.
Hay con qué soñar, la humildad y el trabajo por encima de la ansiedad, el triunfalismo y la fanfarronería, que nos hacen mucho daño. Aprender y corregir a tiempo abre el camino para seguir avanzando.
¡Vamos Argentina!
