La salida de Guillermo Francos del Gabinete fue más que un simple recambio. Detrás de la decisión de Javier Milei se esconde una disputa de poder interna y el cierre de una etapa en la que el exministro representó el puente entre el Presidente y la política tradicional que juró combatir.
El viernes en que Mauricio Macri llegó a la Quinta de Olivos, Javier Milei ya había echado a Guillermo Francos. La decisión se tomó al mediodía, por teléfono, y tomó por sorpresa a buena parte del entorno presidencial. “El viernes de la reunión de Macri con Milei. Cuando llega Macri el presidente Milei ya había echado a Guillermo Francos, lo había echado al mediodía por teléfono”, relató Eduardo Feinmann. El periodista agregó un dato que reconfiguró toda la historia: Macri estaba al tanto de la salida y alguien le pidió que intentara convencer al Presidente para que lo reconsiderara.
Francos, apodado “La Cabra”, no era un funcionario más. Con 75 años y más de medio siglo en la administración pública, fue el rostro amable del gobierno que prometió demoler a “la casta”. Había sido secretario privado de un ministro de Justicia en los años setenta, concejal en la Capital, diputado con Domingo Cavallo y presidente del Banco Provincia bajo el mando de Daniel Scioli. Su currículum era un compendio de la política argentina de los últimos cincuenta años. En palabras que circularon en los pasillos oficiales: “En un gobierno que dice combatir la casta, Francos no es una excepción: es la regla.”
El tuit con el que el propio Francos comunicó su salida se conoció en medio de la comida entre Milei y Macri. Hasta ese momento, el despido no era público. “Al momento de la llegada de Macri a la Quinta de Olivos, no se sabía nada públicamente que Francos no era más el jefe de Gabinete, se supo a partir del tweet de Francos ocurrido en el medio de la comida entre Mauricio Macri y Milei”, detalló Feinmann.
El trasfondo fue más político que administrativo. Francos había sido la pieza que le permitió al Presidente mantener un canal con los gobernadores y el Congreso, en un esquema de poder dominado por el círculo de Santiago Caputo. En los últimos días, el estratega libertario se habría adjudicado un rol decisivo en la gestión, con una frase que desató roces: “Yo soy el único capaz de hacerlo. El único que tiene capacidad para hacerlo soy yo”. Según el relato del propio Feinmann, Milei no interpretó esa declaración como un desafío, pero en la práctica la centralidad de Caputo desplazó al funcionario que mejor entendía los códigos de la política tradicional.
El reemplazo de Francos por Manuel Adorni, de 45 años, generó ruido incluso entre aliados de Milei. Mauricio Macri hizo notar la inexperiencia del nuevo jefe de Gabinete, quien no cumplió aún dos años en la función pública. Adorni representa el perfil técnico y comunicacional que prefiere el Presidente, alejado del pragmatismo negociador que encarnaba Francos.
Francos atravesó todos los gobiernos, desde los militares hasta el kirchnerismo, y siempre mantuvo una silla cerca del poder. Fue radical, menemista, cavallista, sciolista, albertista y finalmente mileísta. Su salida no solo marcó el fin de un ciclo dentro del Gobierno libertario, sino también el cierre simbólico de una etapa en la que la vieja política intentó convivir con la nueva retórica antisistema.
Su figura encarnó una paradoja: mientras Milei prometía “dinamitar la casta”, Francos era la garantía de que el Estado siguiera funcionando. En la práctica, fue el amortiguador entre la furia libertaria y el pragmatismo de los gobernadores. Con su salida, Milei rompe ese puente y se aferra al control de su núcleo más ideológico.
En su largo recorrido, Francos aprendió a sobrevivir. En palabras suyas, tomadas de una vieja entrevista, parecía anticipar este final: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí, resucitando.” Pero esta vez, su salida no tuvo épica. Fue un llamado al mediodía y un tuit en la noche que cerró medio siglo de permanencia en la primera fila del poder argentino.
