Todo giró alrededor de la pandemia y la negociación con el FMI. Luego llegó la agenda electoral. Y ahora, la prioridad de gestión es la lucha contra la inflación. A diferencia de los últimos dos años, el Presidente encara la nueva etapa sin respaldo del kirchnerismo duro y con fuertes críticas públicas de La Cámpora. El Frente de Todos cruje.
Por César Morielli
Las diferentes posiciones dentro del Frente de Todos se manifestaron desde el principio. Quizás el primer capítulo haya sido la fallida intervención de Vicentin. Luego llegó la pandemia y la urgencia sanitaria. La necesidad de evitar una catástrofe y la imperiosa prioridad de asistir a los sectores más vulnerables. La agenda trajo un inédito operativo de vacunación y la ortodoxia económica quedó de lado para apostar a medidas intervencionistas. En el oficialismo aparecieron algunos roces mientras también se desarrollaba la negociación con el Fondo Monetario Internacional por la inaceptable deuda que tomó Mauricio Macri.
Los ánimos sociales se alteraron y, tras cartón, llegó la agenda electoral. Las urnas fueron una mala noticia para el oficialismo y Alberto Fernández avisó que 2023 traerá la posibilidad de competir en las PASO a toda la fuerza peronista. Es una estrategia que siempre buscó esquivar el kirchnerismo. Y ese anuncio ya lejano abrió el juego a cada espacio dentro de la coalición. Antes, se produjo el episodio más duro de la novela oficialista, con una catarata de renuncias por parte de funcionarios kirchneristas. Hubo recambio en el gabinete, pero los más duros allegados a Cristina se mantuvieron en los cargos. El proyecto de la negociación con el FMI llegó al Congreso y los quiebres se explicitaron. Máximo Kirchner renunció a la presidencia de la bancada y los votos negativos arrinconaron al presidente, que tuvo que ponerse el frente de una batalla igual de urgente: una inflación que coquetea con ser híper.
El Frente de Todos cruje como nunca. La oposición interna es tan salvaje como la de los adversarios. El fuego cruzado hiere a todos, y para colmo apareció una nueva disputa: la de los jóvenes K con los históricos referentes de Néstor, quienes son acusados de traidores, como Aníbal Fernández, Agustín Rossi o el piquetero Luis D`Elía. El albertismo se reconfigura, pero el kirchnerismo también tiene un debate sobre quiénes son sus verdaderos intérpretes, y donde la portación de apellido no es argumento suficiente.
El Presidente asegura que no será él quien rompa la unidad. En La Cámpora parecen buscar solamente debilitarlo, vaciarlo de poder, y recuperar una idea que flotaba al inicio de la gestión, la de tener un gerente a control remoto en Casa Rosada.
Andrés Larroque, el ministro de Desarrollo Social bonaerense, se convirtió en la voz más crítica y recordó que Alberto Fernández fue el jefe de campaña de un espacio que sacó 4% de los votos en 2017. En realidad fueron más de 5 puntos y no tiene memoria suficiente para las derrotas que sufrió el kirchnerismo consecutivamente en 2013, 2015 y 2017 por no abrazar a otros sectores del peronismo. Parece querer repetir la historia en 2023. Además, evitan la reflexión sobre por qué Cristina lo eligió como candidato en 2019.
La estrategia de Alberto Fernández busca resolver el tema más urgente de estos días como herramienta refundadora de la coalición de gobierno. La nueva etapa lo encuentra en soledad junto al puñado de fieles que lo acompañan desde el primer día. Y ya avisó que “la presidencia en este país no es colegiada”. Queda explícito que el diálogo con Cristina Kirchner es hoy inexistente.
En la nueva aventura hay algunos allegados que pueden ayudar a la gestión: la CGT, un importante número de movimientos sociales, algunos gobernadores, la fuerza que encabeza Sergio Massa y un pequeño número de grandes empresarios que buscarán fortalecerlo para debilitar al camporismo.
En el medio del ruido hay un grito que parece tener concordancia: la imperiosa necesidad de institucionalizar al Frente de Todos. La creación de un espacio o mesa de debate para la toma de decisiones o donde se vuelquen las posturas de todos los actores, a puertas cerradas y con la premisa de sostener la unidad, única herramienta posible para ser competitivo en 2023.
Las ideas para bajar la inflación también parecen ser diversas, allí radica el escollo de estos días. Alberto sostendrá al ministro de Economía Martín Guzmán, principal apuntado por el kirchnerismo. Mientras tanto el Presidente afirma que no se corre de su objetivo central de gestión, que es mejorar el bolsillo de los argentinos. No podrá ser bajando los precios, pero sí apunta a contener la suba y a mejorar el poder adquisitivo. En el medio estará el debate por los subsidios energéticos, la fijación de precios, el control en los combustibles y la garantía de la adquisición de alimentos.
El resultado de esta batalla que se librará durante todo el 2022 traerá la suerte del futuro para el presidente. Y lo que es más preocupante: será el prolegomeno de un 2023 que, si los resultados son adversos, puede ser aún más complicado para todos y todas.
