Cuando se tomaron las primeras medidas contra el coronavirus en nuestro país, aún persistía el latido del paro y la movilización multitudinaria del 8 y el 9 de marzo. Después de un año en el que la percepción del tiempo transcurrido fue más subjetiva que nunca, estamos aquí una vez más: otra vez paramos, otra vez marchamos.
Las jornadas del 8 y 9 de marzo del 2020 fueron, para varixs, las últimas actividades en el espacio público antes de las primeras medidas contra el coronavirus. Luna llena, alta la marea verde y violeta en muchísimas ciudades del país. De alguna manera, en los primeros días de aislamiento, aún persistía el latido del paro y la movilización multitudinaria.
En el 2020 la percepción del tiempo transcurrido fue más subjetiva que nunca. Y, aunque pueda parecer increíble, estamos aquí una vez más: llegó el 8 de marzo. Otra vez paramos. Otra vez marchamos.
2020: Pandemia y Desigualdad de género
Durante la cuarentena, al contrario de lo que se intentó afirmar desde ciertos sectores, los feminismos no descansaron.
El recrudecimiento de la violencia fue denunciado de manera incesante. El Observatorio de Mumala en 2020 registró 298 femicidios, es decir, uno cada 29 horas. El 65% se perpetraron en la vivienda de la víctima, dejando en evidencia que, muchas veces, el hogar no es un lugar seguro para nosotrxs. La sobrecarga de tareas de cuidado y la disminución de ingresos también fueron señaladas como algunos de los hilos que entretejen la pandemia con la desigualdad de género.
Al mismo tiempo, en muchos casos, se afianzaron alianzas. A modo de ejemplo, Socorristas en Red destaca que en 2020 no solo acompañaron más de 17 500 personas en su decisión de interrumpir el embarazo, sino que los abortos en el marco del sistema de salud crecieron un 801% respecto del año anterior. Se tejieron redes: entre personas, entre activismos, con el Estado.
Y si hay un momento para atesorar, sin duda, es la madrugada del 30 de diciembre. Después de una larga genealogía de lucha: la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. No solo significó la conquista de un derecho largamente adeudado, sino también la multiplicación de otras formas de habitar el mundo, de construir y organizar colectivamente.
Pero, claro, cuánto camino hay aún. En los primeros dos meses de 2021, ya hubo 47 femicidios: uno cada 30 horas. Ni hablar del seguimiento constante que requerirá la efectiva implementación de la ley. La pandemia continúa y las desigualdades que profundiza, también.

«8 de Marzo de 1984: foto de Mónica Hasenberg»
El 8 de marzo como proceso histórico
En esa línea, el 8M es un momento de encuentro, confluencia de quehaceres feministas. No es un acontecimiento aislado, sino parte de un proceso histórico, donde la multiplicidad de acciones individuales deviene océano colectivo.
La historia más divulgada sobre el origen del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora hace referencia a un incendio en una fábrica textil en Estados Unidos. Alrededor de 150 obreras habrían sido quemadas vivas por el patrón durante una huelga. Sin embargo, algunas voces se oponen a la idea de que haya sucedido tal acontecimiento, al menos en esa fecha y en esas circunstancias. Atribuyen la elección del día a una cronología de diferentes hechos alrededor del mundo, con las mujeres del movimiento obrero y la lucha por sus derechos como denominador común.
No viene al caso si realmente existió tal incendio o no. Lo que importa es que este día nos remite a una larga genealogía feminista, a un proceso histórico de lucha por la igualdad de derechos, donde cada acontecimiento es parte de un entramado que lo precede.
Sin ir muy lejos, en nuestro país, el primer 8 de marzo en democracia marcó un hito emblemático en la memoria. Las fotos muestran consignas que se hilan indudablemente con los reclamos de hoy, evidenciando la continuidad y consecuencia de la lucha feminista.
Por eso, el 8 de marzo no es un día en el cual se sale a la calle para después guardar los pañuelos hasta el año siguiente, no es una acción que termina en sí misma, sino que se estructura como proceso histórico.
De la misma manera, el llamado a huelga desde 2017 (con el antecedente del primer paro en octubre del 16) abre un proceso organizativo que afirma el lugar de las mujeres como sujetas políticas, poniendo el quehacer en el centro de la escena.
Abre preguntas: ¿cuál es el tiempo de trabajo para nosotrxs? ¿Cuándo empieza y cuando termina la jornada laboral? Despliega el trabajo reproductivo sobre la mesa. Disputa tiempo. Tiempo para el encuentro, la organización, el entramado de un proceso que sucede y perdura. Acciona con lenguaje político ante el discurso que sitúa a las mujeres solamente como víctimas y las anula como sujetas.
Se enlaza con la memoria obrera de desobediencia y organización, pero derramándose por los bordes de la concepción productiva del trabajo remunerado. Habilita, aunque sea por unas horas, el desacato de ocupaciones y roles opresores.
Nos permite, una vez más, encontrarnos, desbordantes, y confluir en clave de insubordinación.
Foto Principal: Verónica Ojeda
