Diecisiete años de sangre, muerte, tortura, prohibición, desmantelamiento, saqueo, encabezados por la dictadura del Genocida chileno Augusto Pinochet.
Un pueblo que festeja pero lamenta que no haya sido tocado por el peso de la justicia
YERBA MALA…MUERE
Por Mara Fernández Brozzi
En el Día Internacional de los Derechos Humanos, 10 diciembre, murió quien los violó de todas las formas existentes. El Dictador Chileno, Augusto Pinochet, dejó de existir.
Diecisiete años de sangre, muerte, tortura, prohibición, desmantelamiento, saqueo, encabezados por la dictadura del Genocida chileno Augusto Pinochet.
Un pueblo que festeja por un lado y, por el otro, lamenta que no haya sido tocado por el peso de la justicia, un lamento que nos alcanza a todos como seres humanos.
A sus 58 años, allá por el año 1973, Pinochet asume como presidente de facto derrocando al Gobierno Socialista de Salvador Allende; un mes antes del golpe fue designado como sucesor del Gral. Carlos Prats, como comandante en jefe del Ejército.
El 11 de septiembre de 1973 comenzó el sangriento y coordinado golpe de estado a un hombre, a un gobierno que marcará la historia de los pueblos desde una conducta intachable y humana, lo contrario a las bestias que lo derrocaron.
Al igual que en nuestra Argentina, los militares chilenos contaban con el apoyo total de los Estados Unidos, quien intentaba evitar que Chile se convirtiese en una segunda Cuba.
El día del golpe a Allende, el Palacio de la Moneda, emblemático lugar del pueblo, fue bombardeado, y Salvador Allende se quitaba la vida en manos de un fusil AK-47, obsequio del Presidente Cubano Fidel Castro.
Los planes a seguir en lo inmediato, después de producirse el golpe, fueron trastocados abruptamente, Pinochet escondía sus formas, mostrando otra cara de lo que en realidad era; se había acordado que la junta militar debía gobernar como un cuerpo colegiado cuya presidencia sería rotativa, cosa que jamás se cumplió. A Pinochet le correspondió primero la presidencia por ser Comandante en Jefe de la rama más antigua de las Fuerzas Armadas, no por mérito alguno; al año siguiente se hizo nombrar Presidente convirtiendo el régimen en una dictadura personalista. Se disolvió el Congreso, se suspendió la Constitución y se ilegalizaron los partidos políticos.
Una represión atroz, como cualquier represión claro está, que incluyó persecución política, arrestos en masa, juicios sumarios y torturas sistemáticas, ejecuciones y detenciones secretas.
Miles de desaparecidos, torturados, familias mutiladas, voces calladas, una generación asesinada, un sueño que quisieron enterrar de una vez y para siempre. Pero como ocurrió también acá, en nuestro suelo y en muchos otros suelos latinoamericanos, creyeron enterrarlos pero no se dieron cuenta que esas semillas estarían vivas siempre en el recuerdo y en la bandera que hoy se continúa flameando desde el no olvido y la exigencia de justicia.
Quien asesinó obreros, estudiantes, intelectuales, hombres, mujeres, niños, se fue de este mundo sin haber estado detrás de las rejas, lugar donde debió pasar sus últimos años, muchos años. Lo sorprendió la muerte, viejo, pero fiel a su sangre depredadora y asesina, convencido que sacó a Chile de las sombras, del peligro marxista, del terrorismo posible, que dio bienestar allí donde no lo había, fiel a su lema de: “los ricos son los que producen más plata, a ellos hay que tratarlos bien para que den más plata”, era ésta una de sus máximas. Pero este cuento de fantasía le duró poco, hasta que lo alcanzó la crisis de 1982 cuando se devaluó la moneda, los precios aumentaron y la desocupación sobrepasó los 20 puntos.
Momento en el que empezaron las primeras huelgas, la clase obrera comenzó a levantarse contra la dictadura, un poder que parecía empezar a caer, pero que todavía le quedaban varios tiros que disparar, más sangre que derramar, mayor terror que impartir.
En 1983 el país se paralizó con la primera Jornada de Protesta Nacional preparada por los sindicatos y organismos de Derechos Humanos, jornada que fue reprimida dejando un saldo de 27 muertos y decenas de heridos.
Es ésta una crónica breve, reducida en detalles, pero precisa en lo maquiavélico de un plan de exterminio donde 20 mil trabajadores fueron asesinados, se multiplicaron los campos de concentración, miles de exiliados, cárceles repletas de obreros, campesinos, estudiantes, intelectuales.
Las voces debían ser calladas, los cuerpos mutilados, las ideas borradas. Pueden silenciar voces, asesinar cuerpos, pero las ideas no pueden extirparlas, son semillas que renacen de la más cruenta oscuridad, y permanecen siendo lo que eran, con mayor fuerza, con mayores convicciones, ésa fue la pelea dada. El que hoy un pueblo, celebre la muerte de ese “ASESINO DEL PUEBLO”, es fruto de esas semillas que continuaron germinando recuerdo, no olvido, juicio y castigo: MEMORIA.
Pinochet ha muerto, el pueblo festeja: TODOS SOMOS PUEBLO!
