La campaña electoral que se termina puede ser definida por lo que no pasó. No fue intensa ni fue decisiva y apenas si la salpicaron algunas incoherencias de los candidatos, sin daños aparentes para sus protagonistas.
La lista de esas incongruencias es larga, pero puede ser resumida y reducida a algunos pocos ejemplos notorios.
Debate menos uno. La carrera a las urnas anota en su registro el primer debate de candidatos presidenciales. El cruce no pasó de ser un diálogo ordenado, inocuo en término de ganadores y perdedores. El logro de su realización quedó desteñido por el único dato que arrojó: la ausencia (atril vacío incluido) de Daniel Scioli, que sin mayores costos usó el recurso resumido en "el que gana no debate".
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Será porque la retórica de Cristina Kirchner saturó las pantallas que quienes siguieron la campaña no lamentaron la escasa capacidad oratoria de los aspirantes a sucederla. Esa ausencia expuso que la falta de un buen envase para los mensajes se extiende también a su contenido. Los principales candidatos dijeron poco, además de no decirlo bien.
Todavía más resonante es el ruido entre el esfuerzo por la coherencia y los resultados obtenidos en las acciones y los mensajes por los presidenciables.
Scioli, propio y ajeno. El candidato del Frente para la Victoria intentó limitar a los rasgos de su personalidad -en apariencia más pacífica- sus diferencias con el núcleo duro del Frente para la Victoria. Es Cristina Kirchner la que todavía se encarga de diferenciarlo en un ejercicio que tiene más de disciplinario que de ideológico. El propio cristinismo fue el que instaló la duda sobre si Scioli será su verdadero continuador.
Scioli recibió en los últimos tres meses los golpes más duros desde su propio bando antes que de sus rivales. Nada nuevo para él.
Es por lo menos llamativo que quienes reivindicaron a Héctor Cámpora quieran retratar a Scioli como un Cámpora un poco menos efímero que el original sometido a un líder obligado a decidir fuera de la Casa Rosada. Scioli carga además a su cuenta la mochila de tener en Aníbal Fernández un candidato a gobernador que si hoy le resta votos, mañana le puede resultar una pesadilla. No termina de saberse si Scioli tolera que le impongan esas realidades porque no tiene más remedio o porque usa y abusa de su paciencia.
Cambiemos pero no tanto. Casi en forma simultánea con el cambio de nombre de su oferta electoral, Mauricio Macri contradijo el significado de la palabra "cambiemos". El jefe de gobierno porteño ató el contenido de sus mensajes a la larga aclaración que pronunció en la noche en que Horacio Rodríguez Larreta se consagró su sucesor. El candidato de Cambiemos se sintió obligado a decir lo que no cambiará.
Macri arrancó la campaña desdeñando un acuerdo con Sergio Massa con un argumento aportado por su asesor Jaime Durán Barba. Macri eligió retratarse como un dirigente incontaminado por los fracasos de la política tradicional. "Los que gobernaron en los últimos treinta años." se convirtió en una frase repetida, en un guiño explícito a una construcción que excluyera al peronismo como protagonista de su esquema. Por eso no quedó realmente claro el sentido de inaugurar una estatua de Perón, salvo que esa decisión pudiese ser interpretada como un arrepentimiento tácito a una alianza más taquillera con los herederos del general. ¿Es Perón o es Macri el que estira los brazos a destiempo?
Candidato a pesar de él mismo. Massa inició su primera carrera presidencial tratando de no correrla. Se sintió tan diezmado por las fugas de caciques del conurbano que intentó ser candidato a gobernador de Macri. Fue ese rechazo lo que dio un impulso inesperado a su proyección.
Ya no aspiraría a ganar, sino a quedar bien instalado para el futuro que le prometen sus 43 años. Él también podría presentarse como lo nuevo, más por razones generacionales que por un recorrido que lo trajo desde la Ucedé hasta el peronismo heterodoxo, luego de un baño de kirchnerismo.
Massa eligió el efectivo camino de hacer promesas concretas sobre temas complejos. Es concreto y puntual en nombre del viejo truco de prometer lo que se sabe que difícilmente tenga que ponerse en el trabajo de tener que cumplir. Raúl Baglini lo enunció bajo la forma de un teorema que tiene su nombre.
Ese impulso juvenil fue sin embargo morigerado por él mismo al decidir presentarse acompañado por dos veteranos de la economía y de la política, Roberto Lavagna y José Manuel de la Sota. En un caso, el de Lavagna, porque a sus propuestas de prometer mucho tenía que ponerle una cara que despierte cierta confianza. En el otro, porque una cuarta parte del apoyo que sumó como propio en las PASO fueron votos al gobernador de Córdoba.
La lista sigue, podría seguir en verdad, pero es suficiente. Tanto para tan poco.
