La Generación Dorada del básquetbol argentino emprende una de sus últimas aventuras. En Mar del Plata, consiguió pasaje para los Juegos Olímpicos de Londres 2012, donde intentará quedarse con alguna medalla como broche soñado para un grupo de jugadores que quedará en las historia por siempre.
Por Juan Pablo Varsky, para Canchallena.com.ar
José Juan Barea habrá soñado tener la última bola y embocar ese tiro para dejar congelado al estadio entero. Será la próxima. La Generación Dorada se toma el último tren a Londres. No sonó como una orquesta. Debió sobreponerse a la adversidad de las lesiones y a los límites que fija el paso del tiempo. Dosifica energías porque le cuesta sostener el ritmo y la intensidad. Las transiciones rápidas son más espaciadas. Pero no correr todo el tiempo no significa dejar de jugar. Sigue manejando los fundamentos con inteligencia y talento.
Es un deleite verlos compartir la bola, dar ese pase adicional para encontrar al compañero mejor ubicado para tirar. La pelota no pica: corre de mano en mano rápidamente con todos los jugadores involucrados. Son sabios que compensan la diferencia atlética con conocimiento y experiencia. Marca otra diferencia con su increíble mentalidad colectiva. Cuando un partido clave está en peligro, siempre encuentra la manera de ganarlo. Un rebote, una marca dura, un lanzamiento sobre la chicharra, un tapón.
De entrada, el formato del torneo le planteó la obligación de llevarse la semifinal del 10 de septiembre, marcada con resaltador. Debía llegar hasta ahí, por supuesto, pero ese día tenía que estar a la altura de los acontecimientos. Por momentos, se vio afuera. Ellos mismos confesaron ese miedo. Sintieron la mochila cargada. Pero este equipazo odia perder y expresa ese sentimiento durante el partido, no después. Por eso nunca hay lugar para reproches, ni adentro ni afuera. Cada jugador aparece en el momento necesario para contribuir con la causa. El gran capitán Scola hace 16 puntos en el primer cuarto del match por excelencia. Ha perfeccionado su tiro de 5 metros. Llega al gimnasio dos horas antes para entrenarlo. Un profesional ejemplar.
Hernán Jasen aprovecha sus minutos para fajarse en la zona pintada y meter un triple cuando no hay otra vía de ataque. Pancho vuelve a destacarse como jugador de rol, con aportes que no se ven en las estadísticas. Andrés Nocioni ratifica, una vez más, que tiene la fortaleza de un caballo, la testosterona de un toro, el alma y el corazón humanos. Un deportista fuera de lo común. Con un tobillo a la miseria, salta a la cancha. No produce en el juego, pero su mensaje les llega a sus compañeros. Entonces, irrumpe el enorme Kammerichs, el hombre de los intangibles. La planilla nunca refleja su valiosa contribución. Con sus brazos largos, molesta al tirador, mete una tapa y concreta una jugada de tres puntos que levanta al público. Bajo presión, como responden los grandes de verdad, cuando todo el mundo lo espera, Manu Ginóbili asume todo el peso del ataque, mete seis triples y defiende como un condenado. Prigioni también encuentra el aro, una palangana para él durante el Preolímpico. Además de repartir sus habituales asistencias, el base se disfrazó de Larry Bird con un extraordinario 70% de eficacia en triples. Pero no hay tiro exterior sin cortinas, ese trabajo sucio que hacen los hombres grandes para impedir los bloqueos rivales. No figura en los números. Y entonces aparece Fabricio Oberto, el monstruo de Las Varillas. El cordobés volvió del retiro para ofrecer su corazón y su imprescindible juego interior. Conmueve verlo rasparse bajo los tableros.
Pepe Sánchez también regresó y asumió con grandeza su nuevo lugar como suplente de Prigioni. Y Pipa Gutiérrez. Y Leiva. Y Quinteros. Y Leo Gutiérrez, que se perdió el torneo, pero estuvo siempre al lado de sus compañeros.
La final ante Brasil fue fiesta, regalo y revancha. Carlos Delfino, se la tomó como un asunto personal. Siente la rivalidad con espíritu futbolero. Dejó su firma con dos triples en el primer cuarto y fue el dueño de los rebotes. Pero la figura (y MVP del torneo) fue Luis Scola. Dio una clínica de básquetbol. Cuando uno cree que ya vio todo su repertorio, siempre ofrece un recurso para admirarlo un poco más. Los brasileños lo sufrieron otra vez, como en los octavos de final del Mundial de Turquía. Fue un acto de justicia divina que anotara los últimos puntos del tremendo clásico. Emociona y asombra por partes iguales de juego y carácter. Como todo este equipo, nuevamente campeón.
Este grupo de amigos nos ha dado todo lo posible y más también. Probablemente, ya hayamos visto lo mejor de este histórico y maravilloso equipo. Queremos que sigan juntos hasta los 60 años, pero son deportistas, no músicos. Ya han dejado un legado imborrable. A disfrutar lo que viene porque los extrañaremos mucho. Londres 2012 allá vamos. Gracias eternas a estos colosos. Ahora, el sueño es nuestro.
